jueves, 22 de junio de 2017

43. NALÚ. De Walmares


Yo era un párvulo morocho, miope de pies planos, peinado con raya en medio y el mechón rebelde de la frente sujeto con maternal saliva y pulso diestro. Ana Luisa, Nalú, era desde la cuna un agravio a la belleza, física y espiritual, de todo cuanto recababa a su lado, por inconsciencia o accidente, enfrentado a la comparativa que era una batalla perdida de antemano; de bebé repollo enrabietó a las otras madres, de niñita con pollera y trenzas soliviantó a sus compañeras y amargó el esperanzador divorcio a una maestra cuarentona;de universitaria con chaqueta de lana y puño en alto repercutió con mayor firmeza en las atolondradas mentes de los muchachos revolucionarios que las consignas que les marcaban sus líderes desde los libros rojos o las verdes selvas.
Para mí, era como la luna. Dicen que se formó de nuestro mismo planeta, que no es ajena. Que no hay misterio en su cara oculta. ¡Qué sé yo! Pero desde que el hombre es hombre, y la mujer es mujer, nos han fascinado, la mujer y la luna, digo, con igual entusiasmo.
En fin, algo deberían de tener, Nalú y la luna, que me tuvieron arrebatado una vida entera, y todavía me estremezco con el recuerdo de verlas surgir, a ambas, por el extremo del malecón al caer la tarde; conservo nítido el recuerdo de sus colmillos sedosos desgarrándome la yugular aún palpitante. Nalú libando de mi sangre como de una amapola, y yo observando la luna enquistada en el tul del cielo.

Seudónimo: Walmares

miércoles, 21 de junio de 2017

42. EL COLECCIONISTA. De Izel Hanifah


Esa tarde, bajo el camuflaje que le ofrecía la lluvia, se robó de un mercado la novena muñeca. Llegó a su casa y organizó rápidamente su pequeño quirófano. Había tijeras que harían de bisturí, silicón en pistola que supliría las suturas, y semillas de alpiste, que rellenarían cual vísceras y sangre. Primero, las acomodó a todas por sus nombres en orden alfabético. De Ana, cortó el cabello, largo y rizado, aunque éste no olía a lavanda. De las siguientes tres, Daniela, Elena y Gaby, cortó respectivamente brazo derecho, brazo izquierdo y ambas piernas. A Karla le sacó los ojos, unas hermosas canicas color esmeralda. La ropa sin dudarlo se la quitó a Mariana, le encantaba ese vestido morado. El tórax y el abdomen serían de Olivia, ya se las arreglaría para hacerle el ombligo saltón. Luego, a Pilar le recortó labios y orejas, para nunca olvidar aquella noche en que no podía callarse y él no podía dejar de escucharla. Finalmente Silvia, ella daría la cabeza, como lo hizo en la vida real. El hombre duró toda la noche cosiendo, pegando y rellenando, quería que fuera perfecta, una muñeca que simbolizara en forma fidedigna los últimos ocho meses de su vida. A las seis de la mañana, la muñeca sólo tenía en el pecho un área de cinco centímetros sin coser, le faltaba lo más importante. Ese toque final lo daría Zoe, cuyo corazón tenía veinticuatro horas inmóvil, esperando en el refrigerador. Ahí en la cocina terminó su obra maestra, la abrazó, la besó, y luego la dejó en una silla pues aún quedaba un pequeño cadáver por enterrar. Bajó al sótano y descubrió aterrado que las cadenas estaban sueltas, el cuerpo de Zoe había desaparecido. Sintió náusea cuando se apagó la luz del sótano. Estaba inmóvil, sólo las palpitaciones corrían veloces. Escuchó pasos descendiendo la escalera, y entonces las vio. Diez pares de ojos brillantes lo acechaban, todas estaban ahí, pálidas y nauseabundas. El hombre ahogó un grito cuando escuchó hablar a la muñeca recién terminada, en brazos de Zoe.
—Buenos días Don José, venimos a que nos enseñe su colección…

  Seudónimo : Izel Hanifah

41. REVELACIÓN. De Calixto


Saqué el viejo pesebre de yeso de la caja y lo puse en la mesa junto al arbolito. Era de mi abuela.
El pastor se cayó. Se le rompió la cabeza contra el piso.
Las ovejas se hicieron las dormidas.

Seudónimo: Calixto

40. VENGANZA ESLAVA. De Nahuel


Llevaba tres días, y sus tres noches, con el mismo sueño. Desde que me dejó Arcadia y su felicidad. Me iba a la cama, triste y abatido, y entonces, en sueños, mi almohada cobraba vida. Y me intentaba asesinar, ahogándome. Yo notaba esa presión y me deshacía de ella. Luchaba contra ella y al final conseguía vencer, pero notaba que esa presión era cada vez mayor. Llegaría el día en que ella podría conmigo. Me despertaba entre sudores y escalofríos. Y mi almohada estaba ahí. Inocentemente colocada dónde la dejé. Cambié de almohada, mi nueva almohada aparcó a la antigua entre la indiferencia y el olvido. Enterrada entre horas de sueños y de descanso mis pesadillas cesaron.
Pasaron los años. Me casé de nuevo. Tuve un niño. Un bebé hermosísimo de rasgos eslavos. De piel clara y ojos azules, la faz marcada con pequeña pecas y un color pajizo en el cabello. La alegría de mi vida, la esperanza de mi hogar. Un caso atípico en mi familia, desde hacía siglos no había habido descendientes eslavos.
Repentinamente, y sin previo aviso, volvió mi antigua almohada a recobrar vida, pero ya no me intentaba asesinar. La almohada salía de su funda. Reptaba por el pasillo y ahí perdía su pista.
Pasaron los días. La imagen se repetía una y otra vez, hasta que llegó la noche que marcó la venganza. Estaba soñando. La almohada se desplazaba por el pasillo y entraba en la habitación del niño, que dormía plácidamente, testigo mudo y anacrónico de la venganza. Cuando llegué sólo pude certificar su muerte por asfixia. Tenía marcas en el rostro y en el cuello.
Me atrapó la ira. Fui al cajón de mi cómoda y agarré la glock. Bajé al desván. Y vacié el cargador sobre ella. Hilillos de sangre brotaban de las plumas y un rostro barbado y rubio, de piel clara, marcado por la viruela y la vejez apareció entre ellas para deshacerse en humo blanco. El inconsolable y horrorizado rostro de mi mujer detrás de mí era un drama de proporciones épicas.

Seudónimo: Nahuel  

39. INGENUOS CRIMINALES. De León M. Duncan


— Siempre llegamos tarde señor, ya no podremos auxiliarle.
— Es inevitable ¿Cómo saber cuándo sucederá? Míralo, yace moribundo.
— ¡Ya no contaremos con tiempo para castigarle! ¡Por Dios! Que crimen
tan reiterado.
— ¡Estoy harto de pertenecer a tan inefectivo escuadrón!
— Mientras agoniza, dejémosle que corra…tal vez lo atrapemos para la próxima.
— Si hubiese tenido una justa razón.
— No es este el caso señor, y lo sabe.
—Alguna que otra vez nosotros estuvimos en su lugar.
— Lleva razón. El tedio o la inacción nos llevaban a asesinar el tiempo.
— Pero usted lector. No se preocupe. No hay mejor manera de matarlo
que con una buena lectura.

Seudónimo: León M. Duncan

martes, 20 de junio de 2017

38. UNA BESTIA EN LA TORMENTA. De Pastor de Letras


Su nombre era Río. Así lo bautizaron sus padres adoptivos hacía unos siglos. Hubo un tiempo en que su aspecto era humano, pero él era diferente: su carne nacía cada día, cada minuto, cada segundo, y también moría, cambiaba, evolucionaba, como el curso de un río. Esta capacidad de adaptación al medio lo había transformado en una criatura de habilidades increíbles, pero de aspecto monstruoso. Imaginad un ser antropomorfo capaz de saltar 10 metros en vertical; con una piel y un esqueleto tan duros como perder a una madre; dos pares de brazos, con los que realizar las tareas de un mulo y también las de un colibrí; visión telescópica; dos cerebros que se alternaban y, todo ello, sumado a la capacidad de regenerarse, que le hacía gozar de cierta inmortalidad.
Aunque él se consideraba un agricultor y un artesano, para el Rey era una máquina de matar en potencia. Cuando Río recibió una orden del monarca para enrolarse en el ejército, la desobedeció. Esta decisión lo convirtió en prófugo, por lo que tuvo que esconderse para no dañar a ningún humano. Abandonó sus tierras y su masía hasta casi morir de hambre. Pero su capacidad de supervivencia hizo cambios en su cerebro derecho, que tomó el control total de sus acciones. Se atrevió a pedir comida, se atrevió a robarla y finalmente mató. Fue en defensa propia, pero su odio crecía. Fue entonces cuando decidió luchar para el Rey, quien le perdonó sus crímenes mientras se frotaba las manos. Río se ganó el afecto de todos gracias a su nueva "virtud": la hipocresía.
Durante las campañas militares se convirtió en un héroe, una divinidad. Sus proezas eclipsaron el liderato del Rey; así que éste decidió deshacerse de la criatura a tiempo; pero ya era tarde. Cuando se ordenó la ejecución de Río, el ejército se rebeló a la casa real y ofrendó sus cuerpos al nuevo líder. Aquello hizo emerger su cerebro izquierdo, que, horrorizado, quiso volver a la masía. Pero también vio esperanza en todas las miradas. Ahora que era un verdadero monstruo se le respetaba, era venerado. "Una paradoja", pensó. Fue entonces cuando Río decidió dedicarse al pastoreo...

Seudónimo: Pastor de Letras  

lunes, 19 de junio de 2017

37. UN MAL BONACHÓN. De Oculta Entre Páginas


Allí estaba el dragón amarrado con cadenas. Gruñía, o eso parecía. En realidad lloraba. Todos se defendían de él, le clavaban las lanzas y arpones. Él no podía hacer otra cosa que intentar salir de allí. El dragón solo quería volver a ser feliz como antes; era inofensivo.
Lo habían encontrado en medio del bosque, detrás de la casa del alquimista. Los árboles estaban arrancados de la raíz y la casa del alquimista estaba destrozada. Todo el pueblo pensó que la bestia se había merendado al pobre anciano. «Eso le pasa por confiar en esa cosa horrenda», decían.
El dragón no se perdonaría jamás a sí mismo. Todos pensaban que era una bestia salvaje y agresiva. Y siempre se recriminaría por haber chamuscado accidentalmente a su amo y único amigo cuando este le pidió que cociera el pavo para la pócima.
No podía hacer otra cosa que demostrar que era una buena criatura. Así que, cara al invierno, sopló fuego de sus fauces para hacer una hoguera que calentase al pueblo. Lo calentó tanto que todos murieron. El fuego había perdido el control.
Y otra vez había metido la pata por dejarse llevar por sus impulsos de bondad.

Seudónimo: Oculta Entre Páginas

domingo, 18 de junio de 2017

36. UNIÓN SECRETA. De Rubén Levi


Él sabe que ella sabe; ella sabe que él sabe; viven juntos aunque no se aman; les une un terrible secreto.

Seudónimo: Rubén Levi

35. EL SECRETO DEL GATO. De Marlon C. Lewis


Las formas de una lámpara se esbozaron en mi cerebro. Debía encontrarme en una cama de un lugar desconocido en donde el techo resplandecía. También podía oírse un ruido monótono, lento y pausado como paso de tortuga. Ese ruido sí me sonó conocido, mas estaba como cuando bebo demasiado y no pude identificarlo de inmediato.
 Me pregunté dónde estaba; no recordaba cómo había llegado a ese sitio, y me sentía tan débil. Mi boca se movió de manera involuntaria, como si la pregunta en mi cabeza pugnara por salir a toda costa. Me percaté de que tenía un tubo conectado, y hasta pude sentir el sabor a goma. Por otro lado, el aire olía fuerte y nada agradable, de un modo tal que pude percibirlo aun en mis condiciones. Eso me llenó de terror, y éste creció cuando intenté moverme. El sonido pulsante se aceleró de pronto, y me recordó el que hace un camión con la reversa puesta. La única parte de mi cuerpo que se movió fue mi cuello.
En la cama cercana a la mía había una persona de rostro irreconocible. Tenía vendas y estaba tan rodeada de instrumentos, cables y tubos, que era horroroso. Del otro lado de la cama había una señora sentada. El rostro de esta última regeneró mi memoria y me sentí recuperado, o por lo menos durante un instante. Era mi esposa, aun cuando había envejecido mucho, sus ojos estaban rojos e hinchados, y tenía grandes ojeras.
–¡No! –grité sin emitir sonido cuando comprendí el significado de su presencia. Me pareció como si mis ojos intentaran salirse de sus órbitas–. ¡Mi niña no, coño!
El golpe fue demasiado duro. En mi pecho se instauró un dolor insoportable, como si un enorme peñasco me lo comprimiera. Mi respiración se hizo casi imposible. Mi vista se oscureció rápidamente. Y los pitidos cercanos a mí se fueron alejando a la vez que se estiraban como una liga.
–Tranquilo, hombre… si sólo llevas diez minutos en el simulador de vidas –dijo mi amigo Esteban y me sonrió cuando abrí los ojos de nuevo; otra vez tenía dieciséis años y aún poseía otros seis turnos.

Seudónimo: Marlon C. Lewis

miércoles, 14 de junio de 2017

34. UNA DURA DECISIÓN. De Máximo A. Campo


Todo empezó hace dos semanas atrás, cuando mi esposa decidió planificar un viaje al bosque. Hasta ese momento, mi vida era perfecta. Un excelente trabajo, muchos bienes lujosos, pero lo más importante una esposa que me ama. Pero este viaje está a punto de arruinar mi vida, y esto como es posible. Es simple, ya que en el bosque hay centenares de osos sedientos de sangres.
 Y como se esto sobre los osos, es muy sencillo. Ya que es la página número 46 del Manual secreto del hombre, aquel libro con el que cada hombre nace. Dice esto.
… Si por algún motivo de la vida, deben adentrarse en un bosque. Recuerden que los osos están sedientos de sangre, debido a que en el pasado los hombres los matábamos para probar nuestra fuerza. Y gracias a esto, ellos buscan venganza. Pero no preocupen hombres, ya que si llevan una tupida barba, se puede matar osos a mano limpia fácilmente. Así que si van al bosque, déjense las barbas y estarán a salvo….
Sabiendo como lidiar contra los osos, me empecé a dejar la barba. Pero lo malo, es como trabajo en un banco no me permiten llevar barba. Luego de algunos días, que la barba se notada demasiado. El gerente del banco me llamo, y ese día casi me despiden. Pero luego de explicarle porque me dejaba la barba, me permitió llevarla por unos días.
Pero una tragedia ocurrió la noche anterior al viaje. No sé que le habrá pasado por la cabeza a mi esposa, pero esa noche, mientras dormía tomo la afeitadora, y me la paso por toda la barba. Y como era de esperar, mi barba desapareció.
Y ahora estoy, pensando que hacer. Si ir al bosque sin barba, y poner en riesgo a mi esposa. O decirle toda la verdad, sobre porque no podemos ir al bosque, pero esto ameritaría contarle sobre el manual secreto. Y como todo hombre sabe, la primera regla del manual, es nunca contarles a las mujeres sobre el manual. Y ahora no se qué hacer, si revelar el secreto más antiguo de los hombres, o poner en riesgo al amor de mi vida.

Seudónimo: Máximo A. Campo