domingo, 24 de julio de 2016

140. ANILLO DE DIAMANTE. De Una Supuesta Millennial


Globos rojos y blancos, en arcos y acomodados como ramilletes por el tejado. Todo a su alrededor son globos. Miriam sonríe, ella es fuerte. Se gira y ve a Roberto arrodillado. Le ofrece un globo y una aguja. Toma la fina tira de metal y lo poncha tan rápido como puede. Un anillo de oro blanco con un diamante encima cae en su mano. Llora y asiente, echándose a los brazos de su ahora prometido. No puede ir tan mal. Miriam suspira y niega la existencia de los globos hasta que escucha como otro explota. Voltea extasiada de ver al repulsivo objeto morir, pero en su lugar ve una cucaracha. Parpadea y ve como uno más se rompe, dejando un asqueroso bicho café. Se aguanta las ganas de llorar.
Roberto le ofrece una bandeja, habla de una parte de su vida que ella no conoce. Es momento de que sepa su otra forma de ganarse la vida. Miriam sonríe extrañada, pensaba que solamente era carpintero. Levanta la tapa y la avienta lejos. Dentro un traje moteado de payaso le sonríe. Aprieta los puños y siente la orilla punzante del diamante en sus dedos. Ella sabe que hizo mal al asegurar que amaba los payasos. Pero piensa que una mujer fuerte e independiente como ella, no puede decir que los odia. Menos cuando la llevó al circo en su primera cita. Roberto está entusiasmado. La sonrisa de Miriam se desvanece. No puede. Será la eterna solterona, nadie jamás volverá a mirarla con deseo. Le tocará cuidar a sus padres y alimentarles en la boca con papillas. Se levanta y se apresura a la puerta, pero no puede abrirla. Roberto se pone el traje. Miriam vuelve al zoo, tiene otra vez 9 años. El pánico fluye, llora y siente como una mano enguantada se mete bajo su vestido rosa de holanes. El diamante le lastima la piel, haciéndole sangrar los dedos. Cierra las piernas con fuerza, mamá le dijo que nadie debe tocarla ahí.  Los globos la rodean, las cucarachas trepan por sus pies. Miriam golpea las manos blancas lejos de sus pechos. La risa del payaso es el único sonido que conoce. Levanta las manos y cubre su rostro, el dolor le paraliza las piernas. Ya no puede, no lo resiste. Baja las manos por su rostro y cubre su cuello con ellas. Presiona el diamante contra él y corta.

Seudónimo: Una Supuesta Millennial

139. AQUELLA MUJER DE LOS GATOS. De Quisquilla


 No te mira nunca, pero yo sí la veo cada atardecer cuando paseo a Lulo. En esa plazuela a las afueras de la ciudad, con dos arboledas marchitas y otro par de bancos de piedra carcomido por los excrementos. Silenciosa, donde hace semanas se podían oír inquietas a las golondrinas. A la misma hora antes de cenar, las hojas de un arbusto se sacuden como si alguien o algo lo estuviera revolviendo desde dentro. Y la veo. De aquella mujer llego a ver su espalda ancha y jorobada, cubierta por una chaquetilla de punto, unas zapatillas de estar por casa de cuadros, y su grasiento pelo gris. Pero nunca me mira. Y nunca veo sus ojos. Veo de aquella mujer, entre los huecos de las hojas agitadas, una de sus manos de dedos raquíticos y temblorosos, y cómo parece ir a tocar algo escondida en los claroscuros. Lulo se acerca a husmear; tiro de la correa mientras le ordeno callar. El matorral deja de moverse. Quiero volver a casa, pero mi mano se queda sosteniendo la cuerda, tan paralizada como mi respiración, y no puedo dejar de intentar percibir entre esas hojas que no se mueven ya. Hay silencio. Silencio de abandono, como el de ese carrito de la compra sucio y abierto al lado de aquella mujer. Hasta que un maullido desde  allí me despierta. Quiero regresar a casa pero no puedo dejar de intentar acercarme para mirar, aunque mis pies procuren no hacer crujir las ramas del suelo, y tenga que tomar en brazos a Lulo y apretarlo contra mí. Y aunque acerque mis ojos entre los huecos de las hojas, y le susurre a mi perro que no diga nada. Hasta intentar mirar, con sigilo. Puedo ver cómo los gatos callejeros beben apacibles de un recipiente de agua, y comen callados bolas de pienso de un trozo de cartón. Y a ella. Su imagen encorvada, sacudiendo su tronco de espaldas a mí. Plumas que vuelan para todos lados. Algunas golondrinas muertas y desolladas entre el alimento seco de los gatos.  Casi grito. Y veo a aquella mujer que no te mira nunca, pero que entonces sí me está mirando, quieta. Y veo su boca ensangrentada.  A aquella mujer a la que nunca veo sus ojos. Miro sus ojos, y sus pupilas son dos líneas brillantes y delgadas.

Seudónimo: Quisquilla

sábado, 23 de julio de 2016

138. NO ME GUSTA MI CASA CUANDO LLEGA EL INVIERNO. De Casi Casita


No me gusta mi casa cuando llega el invierno. Hace mucho tiempo que dejó de gustarme. Desde muy pequeño, desde donde recuerdo, según se acerca el frío y los días se hacen más cortos, me invade un extraño desasosiego y un ardor en el estómago me quita  el apetito.
Cuando veo a mis padres entrar en el viejo baño del sótano, con utensilios de limpieza, donde pasaré los próximos meses aislado del mundo, me pongo a temblar.
Bajan en silencio, procurando que yo no me dé cuenta. Los veo desde lo alto de la vieja escalera de madera. Se hablan al oído mientras frotan el baño con lejía hasta dejarlo de un blanco inmaculado.
Como saben del sufrimiento que acumulo estos días, ellos intentan consolarme y parecen más felices que de costumbre. Me responden siempre con una sonrisa fingida,  y a diferencia del resto del año, parecen más atentos a mis opiniones mientras intentan satisfacer mis deseos cotidianos.
 Esta entrañable actitud comienza antes de que empiece a notar que todo me cuesta mucho, que me duermo en cualquier lugar y me siento todo el día perezosamente sedentario.
Cuando mis padres ya tienen el baño del sótano preparado, desinfectado y todo en perfecto orden, es entonces cuando mi familia alcanza el apogeo de la amabilidad.
Durante esos días previos, soy el miembro mimado. En mi casa se respira verdadera felicidad.  Saben que me queda muy poco para que me instale en él, que me tendrán  aislado hasta que comience la primavera y me vaya despertando de mi letargo invernal. Para ellos es un verdadero alivio impagable tenerme  apartado unos meses. No es muy agradable tener un erizo enfadado en casa porque las púas se me ponen erectas y  mi familia se pasa el día evitándome.

Seudónimo: Casi Casita

137. EL CORAZÓN DE LA SELVA. De Foe


Llevaban meses avanzando siguiendo el curso del inmenso río. La noche anterior dos soldados habían  desaparecido sin un murmullo, como si la propia negrura los hubiera devorado. Aquello parecía formar parte de un sueño brumoso. Un ejército de más de cien hombres bien pertrechados de armas, caballos, víveres y dos indios cholos reducidos a ocho supervivientes. A la semana de partir, las fiebres afectaron a más de un tercio incluyendo al teniente De Castro que gritaba por las noches cruzado en delirios. La expedición dejó atrás la enorme fosa común siguiendo las indicaciones de los indígenas. El capitán comenzó a sospechar cuando, inmunes a las fiebres, les vio tomar a escondidas una mixtura que llevaban. A uno le traicionó un cocodrilo oculto, el que sobrevivió y el capitán caminaron muy juntos desde aquel día, aunque una extraña animadversión fue creciendo como un dolor sordo sabiéndose dependientes. Los soldados empezaron a desaparecer misteriosamente, no sólo de noche -a pesar de doblar la guardia-, también de día. Una mano invisible borraba al último soldado de la formación sin que el resto lo advirtiese sino tarde. Conforme remontaban el río éste parecía estrecharse del mismo modo que sus esperanzas. El desánimo les hacía más vulnerables hasta quedar aquel puñado con el miedo pegado a la piel. Una noche, el capitán contemplaba el dormir descuidado del cholo cuando, sin más motivo, ahogó sus sueños abalanzándose con la espada en alto. Esta vez sí oyó un grito, el desgarro dibujó en su rostro una expresión de sosiego, como si pensase que así era como debían morir las personas. Envainó su espada y despertó a sus soldados que apenas hilaban un sueño tenso sintiéndose en la boca de la muerte. Los contempló cansados, sucios, enfermos de selva y resignación. Ascendieron juntos, apretados. El follaje parecía no acabarse nunca aunque continuaron al límite de sus fuerzas. Cuando divisaron de alborada un raso a los pies de la montaña, una nube de dardos les mordió desde cada árbol. Atenazados por el curare vieron acercarse los ojos de la selva con sus cerbatanas y machetes afilados.

Seudónimo: Foe

136. DIÁSPORAS. De Magopitágoras


La nave salió del hiperespacio. Había partido de la Tierra hacía dos semanas. La Antártica era una de las 3200 que componían la flota terrestre encargada de evacuar a la humanidad de su moribundo planeta. La atmósfera apenas era respirable y millones de personas habían muerto.
El mando de la evacuación había seleccionado como destino final un planeta con alta probabilidad de resultar habitable, Encrucijada. Este había sido localizado por los científicos al investigar unas extrañas señales que no podían tener origen natural.
El gasto energético necesario para volar a través del hiperespacio resultaba ser enorme, lo cual imposibilitaba volver a buscar otro destino. Si Encrucijada no era habitable, la humanidad desaparecería para siempre.
Mientras surcaba el hiperespacio, la Antártica había detectado una anomalía  gravitatoria. Tras analizar los datos, los científicos concluyeron que había sido producida por naves que avanzaban en dirección opuesta.
La Antártica llegó al destino final, donde varias naves de la flota habían logrado arribar ya.
Encrucijada resultó ser un planeta muerto; su atmósfera se encontraba más contaminada que la terrestre. Sus últimos pobladores lo habían abandonado hacía unas semanas, en dirección a la Tierra.
Cuando llegaran allí, iban a encontrarse lo mismo que habían abandonado.
Contaminación.

Seudónimo: Magopitágoras

135. LA ESTUPIDEZ DE LOS HOMBRES. De Lumiere


El ciclope estalla encolerizado y acaba con casi todo a su alrededor.....al terminar de desquitar su furia llena de frustracion, se sienta y comienza a llorar profusamente. Entonces, el unico de los humanos que sobrevivio a la ira de ese momento, le dice:
-Tu, el mas poderoso de este lugar, que reinas sobre todo esto y puedes decidir sobre todos nosotros, lloras como un nino debil e indefenso, por Zeus que no lo entiendo.
- No hay nada que entender. Vas a morir tu tambien - replica el ciclope.
-Esta bien. Matame, ya no tengo nada porque vivir, pero antes dime el por que de tu llanto.
-El por que, quieres saber. Porque los dioses me dieron al igual que a los hombres, libre albedrio y no siempre hago lo malo por maldad o lo bueno por bondad.....ahora entiendes mi tormento, lo que agradezco es que a diferencia de ustedes, a mi no me dieron conciencia, si no, yo mismo me cortaria el cuello.
- Pero si el libre albedrio es el poder que tenemos de obrar segun elijamos y consideramos correcto y sabes diferenciar lo bueno de lo malo,¿no es eso tener conciencia acaso?.
-Si es de esa manera, entonces la maldad vive en mi y hago cosas que a veces no quiero hacer. Y sin mas tomo al humano, destrozandolo con sus manos, regando su cuerpo mutilado por toda la cueva. Para tiempo despues seguir llorando, maldiciendo la inconciencia y lamentando la estupidez de los hombres.

Seudónimo: Lumiere

134. MULTITUDES SOLAS. De Kijota


Ingresó al negocio y se dirigió al sector de juguetes. Era Navidad y su hijo le había pedido algo especial, el nuevo Holo Muñeco 6D con el que podía interactuar sin necesidad de cargarle nada. Simplemente se adaptaba al nuevo dueño cuando éste lo tocaba. Caminó siguiendo las indicaciones brillantes del piso y se acercó al lugar en que estaban exhibidos. Unos metros antes de llegar se encendieron unas luces celestes en las paredes y se alzó ante él una barrera. Era una pantalla que, muy amablemente, le informaba que hasta allí daba su crédito para compras de regalos, no podía pasar más allá. Miró a su alrededor, buscando ayuda pero no había nadie, maldijo para sus adentros y sintió el leve cosquilleo del impulso eléctrico que era normal cuando se maldecía. Volvió sobre sus pasos y compró otro de una calidad muy inferior mientras trataba de pensar cómo informarle al hijo que no podría este año contar con aquél regalo tan ansiado. En cada corredor temporal miles de personas solas recorrían en ese instante el mismo lugar sin verse ni ser atendidos por nadie.

Seudónimo: Kijota

133. NOOZGHULL, FIN DE UNA ERA. De A. Lortgalian


Un solo caballero, hijo, marginado de la luz, aprendiz del firmamento, portador del espadón forjado por dioses, único testigo de su poder. Que así sea, en pos de la justicia que su señor disponga, la noble empresa debe instarse a cumplir. Los ve, cientos... millares... más aún que la vez anterior. Incansables peones de la muerte vienen con su señor a ser enviados al seno de la eterna viuda. Un fugaz arroyo de la nana, que forjó su tez oscura, vino a hacerle parte de este mundo de nuevo, siendo el dulce cantar de una madre moribunda narrando entre melodías cuanto quiere a su hijo... Las estrellas le aguardaban. Su destino no encontraría paz alguna, no en esta vida. Sintió el clamor de su alma impía, situado ya bajo su maestra celeste levanta su brazo. A lomos de su yegua, su confidente, el mismo Praagorian Vrexo empuña con firmeza lo que por virtud de los dioses ahora es parte de su ser. La hoja gime entre cueros, satisfecha de vislumbrar una nueva masacre. Ahora enfrentada al cielo, desprende un murmullo que ensordece a todo ser capaz de verla. Su maestra celeste deja caer una larga lágrima sobre la punta de su hija, empapándola hasta la empuñadura, cubriendo así la mano de su portador, el cual grita de dolor al ser liberado de su martirio. Las garras de su auténtica naturaleza afloran con el esplendor del dios más puro, enseñando al mundo la belleza del horror que guarda. La explosión de color azul resultante se ofrece efímera al ojo del hombre pero recrea todo el sufrimento del portador de la espada a través de sus huesos. Desvanecido el haz de poder divino la armadura, antes plateada, se torna azul incandescente, no daña a su corcel, pues este es puro. Solo la hoja juzga, solo su portador quema, ya que el acero no arde... solo quema a los culpables. Hacia su titánico enemigo avanza, solo, avanza. Sin lamentos, sin plegarias, sin miedos, avanza. Puramente corrupto, ser negro como la muerte, oscuridad en hombre, adalid de la sangre y el juicio, avanza...

Seudónimo: A. Lortgalian

132. ÚLTIMA RETRANSMISIÓN. De Argonauta


Retransmitiendo a bordo del buque Argos. No estoy segura de que alguien vaya a recibir este mensaje. De hecho, ni siquiera sé en qué parte del cosmos me encuentro. Si es que me encuentro aún en él. Hace tiempo que dejé atrás la constelación de Virgo –aún recuerdo las luces enceguecedoras de las estrellas gemelas Alfa Virginis- y atravesé el cúmulo galáctico Abell 1835.
No reconozco ya ninguna estrella, ninguna constelación. Hace un mes que crucé la frontera del universo observable, aunque ya no puedo asegurar que el tiempo transcurra de la misma manera. Todas las leyes del espacio-tiempo parecen aquí caprichosas, se retuercen sin orden ni concierto aparente. Sigo sin poder redirigir la Argos, y cada vez estoy más lejos de casa. El tiempo sigue transcurriendo de manera errática, y no siempre hacia adelante. Temo no encontrarme ya en la misma época de la que procedo. Es posible que haya retrocedido a los albores del cosmos, cuando la Tierra todavía era un protoplaneta orbitando el disco circunestelar de un Sol que empieza a brillar, o que ya no exista, engullida por un Sol convertido en una supernova. En cualquier caso no hay nada que pueda hacer.
Me está sucediendo algo que no consigo entender. Algo qué es imposible que me esté pasando y sin embargo me pasa. Estoy empezando a tener miedo. Toda la tripulación de la Argos ha muerto ya. Murió hace eones de tiempo, cuando se agotaron los alimentos y se averió el sistema de reciclaje de oxígeno. Pude haberlo arreglado y no lo hice porque quería economizar la energía, así que no sería del todo inexacto decir que yo los maté, o que no hice nada para que sobrevivieran. Supongo que simplemente quería sobrevivir yo. Ahora dejaré de retransmitir para seguir ahorrando energía. Éste será el último mensaje que enviaré. Se despide, A.L.B.A., ordenador inteligente del buque Argos.

Seudónimo: Argonauta

131. PORQUE A UN PUNTO LA PIEL NO CRECE. De Lanark


Veinte años y no llega. Veinte años esperando, trabajando para nada. Veinte años de vejez prematura, de canas, arrugas, fatigas y problemas de articulación. No vale en realidad veinte años arreglando sus jodidas puertas. Y ellos, jóvenes, atléticos, con pocos años de trabajo y les regalan la vida eterna. Un año en el Criadero, cinco en la Bolsa... ¿A cuántos años de arreglar puertas equivalen? ¿Cuarenta, cincuenta? Que me la den cuando tenga tumores como cuernos, a punto de morir, con la vieja al lado, cuando ya no sirva de nada... Y encima ella me recrimina, me tortura, irónica... “Nunca llegarás, cacho de mierda... estás dejando que tu mujer se marchite”. Me amenaza con irse con otro. Pero tengo la esperanza, la seguridad de que ella nunca se irá. La vejez le sienta bien: el hedor de sus partes, su calvicie presumible, sus pechos trenzados como antenas de caracol. Le sienta bien el aire a muerta y lo sabe. Aun así me recrimina, hiriente, cuando hacemos el amor: “Veinte años y nos morimos”; pero en realidad sé que imagina a dos esqueletos retozando, rasgándose la delgada piel que recubre los huesos que acaban quebrándose. Bueno, y si no lo quiere lo tendrá, porque arreglar puertas no vale la vida eterna, y porque a un punto la piel no vuelve a crecer.

Seudónimo: Lanark