En el interior del
enorme recinto, cuyas paredes semitransparentes permitían admirar el universo
en toda su plenitud —con infinidad de constelaciones titilando en toda su
extensión y más allá—, se oyó el eco de unos pasos que se acercaban.
Una figura alta,
delgada en extremo, con el rostro oculto bajo la capucha de la larga túnica,
avanzó hacia la imagen de una gran esfera que se mantenía suspendida en el aire
y giraba con lentitud; se detuvo frente a ésta, durante unos breves instantes
que semejaron una eternidad, y la contempló. Una lágrima furtiva cayó al suelo,
alterando el silencio que imperaba en el lugar.
—Es hora —anunció
una voz potente e inflexible que parecía provenir de todas partes.
La figura se
estremeció, extendió una mano, vacilante y temblorosa, y la hundió en el
corazón de la esfera transparente, celeste y verde.
En ése instante, en
la Tierra, un botón rojo desencadenaba el final.
La imagen en el
aire comenzó a desvanecerse poco a poco hasta desaparecer. El observador
misterioso permaneció con la mirada clavada en el piso.
—Está hecho...—dijo
la misma voz. Esta vez, cierta tristeza empañaba su potente tono.
Un gran remolino
surgió de la nada, haciendo desaparecer poco a poco el recinto y al personaje
anónimo. Sólo quedó el universo, negro y silencioso, en espera de que los
polvos estelares reiniciaran la historia una vez más…
Seudónimo: Anne Rice