domingo, 5 de julio de 2015

34. ENTOMOFILIA. De Lepidóptero


Al principio no me fijé en ella. No era una mujer que llamase la atención. Tras su incorporación, insistió en encargarse de traer el café para todos en la oficina. Empecé a reparar en ella cuando Alberto me dijo que no paraba de mirarme. Ella no me gustaba. Era demasiado bajita y me desagradaban sus trajes de flores. Preferí no hacerle caso para no darle esperanzas. Pensaba que había pillado la indirecta. Entonces fue cuando comencé a sentir un cosquilleo en el estómago. No quise admitir que se trataba de algo especial, pero el cosquilleo se convirtió en un revoloteo frenético. Solo me ocurría cuando ella estaba cerca. Y, sin embargo, seguía sin atraerme. El revoloteo era ya doloroso. Tenía que averiguar qué era lo que me estaba pasando con esa mujer. La seguí hasta su casa una noche. Me abalancé sobre ella cuando abrió la puerta de su apartamento. La tenía agarrada por las muñecas encima de la barra de la cocina. Las paredes de su casa estaban cubiertas por unos inmensos terrarios repletos de gusanos de seda, crisálidas y mariposas.
—Me los metiste en el café— le dije.
Ella estiró el cuello y me besó. Noté cómo algo daba piruetas en mi interior y ascendía por mi esófago. Ella se retiró. Estaba sonriendo. Abrió la boca y vi una mariposa azul posada en su lengua. Agitó las alas y voló hasta mi nariz. Escuché un crujir de cristales y un ensordecedor aleteo. La habitación se transformó en un torbellino de colores. Era como si me hiriesen la piel con caricias.
Seudónimo: Lepidóptero

miércoles, 1 de julio de 2015

martes, 30 de junio de 2015

32. ALERTA ROJA: ¡PELIGRO DE MUERTE! De Artífice de Sueños MARS Rh+∞


Seguramente un terrible dolor te habrá desmayado por tiempo impreciso. De pronto parecerá que has despertado del sueño malo, donde unos enmascarados empezaban a operarte aunque hayas luchado mentalmente por impedirlo. Luego te darás cuenta que puedes atravesar la realidad igual que un espectro y sentirás miedo salvaje. Sin embargo, después de minutos creerás que por fin has dejado las pesadillas producidas por extraños medicamentos. Algo estará claro, que te llevaron sin consentimiento a un sitio confuso, mezcla de iglesia y sala de juicios. Allí tendrá tu ser el frío más sepulcral, presintiendo que te han puesto en algo muy peligroso.
― ¿Dónde me han traído? ―balbucearás igual que un beodo, babeando.
Grande será tu sorpresa cuando consigas ver que desde las hornacinas donde antes mostraban estatuas de santos, observan docenas de gárgolas con ojos de fuego. Pronto comprenderás que te rodean los seres del miedo, mezclando jueces oscuros, sicarios, verdugos encapuchados, y hechiceros de los aquelarres. Delante del escalofriante conjunto tendrás a Bafomet dirigiendo la misa infernal o satánico juicio. En ese momento tratarás de huir mientras el Bafomet recita sus juramentos a una figura que tiene guadaña. Un demonio alabará tu nombre para exasperar a la concurrencia.
― ¡Es nuestro elegido! ―gritarán unos; ― ¡el rey de los muertos! ―dirán otros.
Y las Parcas repartirán estampitas que parecen muy religiosas con su figura del sacrificado, antes de comenzar la procesión. De inmediato mirarás el impreso.
― ¡Qué han hecho! ―exclamarás temblando, descubriendo que borraron su cara del resucitado y puesto tu rostro en su lugar, cambiando lo religioso por algo que asusta.
En ese momento unos esbirros te obligarán a seguir por un pasillo de luz cegadora, donde podrás recordar tu vida con sus detalles, forzando que implores retroceder en el tiempo para no encontrarte con inconciliable y fatal enemiga, ¡la muerte!

Seudónimo: Artífice de Sueños MARS Rh+∞

lunes, 29 de junio de 2015

31. EDWARD. De Dr. Dreamer


Aún recuerdo el día que nació mi pequeño, Edward. La partera me miró con el terror reflejado en el rostro cuando me puso a mi pequeño en los brazos. Y entonces lo vi: Edward tenía algo extraño, tenía dos rostros. No podía creer lo que estaba viendo. Mi hijo había nacido con un segundo rostro en la nuca. Era un rostro de mujer. Ese segundo rostro podía gesticular, llorar e incluso gritar. Lloré por él pero, en contra de los consejos de todos, me negué a sacrificarlo. Era mi hijo y yo iba a criarlo.
El pobre Edward creció entre sufrimientos. Aquel rostro femenino en su nuca lo atormentaba. Decía que oía voces en su cabeza, voces que parecían propias del infierno. Aguantó cuanto pudo, muchos no lo habrían soportado tanto tiempo. Hoy ya no ha podido aguantar más, y se ha quitado la vida. Lloro su muerte, pero no siento pena por él, sino descanso. La vida sólo le había causado dolor. Me dejó una carta, explicando sus motivos y pidiéndome sólo una cosa: que le extirpara ese segundo rostro antes de enterrarle.

Seudónimo: Dr. Dreamer

30. INTERNO 11. De Peregrino


-"Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad". ¡Ja! Más bien una pequeña verdad dentro de una gran mentira. La frase se lo ocurrió realmente a Armstrong, ¿sabes? No estaba en el guion y la propuso justo antes de rodar la escena. Tenía tantas ganas de que fuera verdad que pienso que llegó a creérselo… al menos por un instante. Todo lo demás fue sólo un inmenso montaje. Lo sé bien porque yo estuve allí. Semanas de ensayos y grabaciones en aquel condenado plató. Era como una cárcel: veinticuatro horas vigilados por la Policía Militar, la CIA, el FBI y… ¡Cristo bendito!
Apartó con gesto de hastío la bandeja de comida, que chirrió al rozar contra la desgastada superficie de la mesa.
-¡Qué asco! Aquí todo sabe a esas putas medicinas.
-Es verdad —respondió el otro sin dejar de masticar la enorme bola de puré de patata que se había metido en la boca, ni siquiera cuando, casi ahogándose, hubo de dar un largo trago de agua del rallado vaso de plástico.
-No te confundas —continuó, mientras se rascaba la parte baja de la espalda: la áspera tela del uniforme le producía urticaria—. Yo no fui mejor que los demás. Me callé como una zorra y acepté la pasta que me ofrecieron. Y me hice el tonto como todo el mundo, simulando que también creía aquella absurda historia. Después de todo, lo vimos por la tele, ¿no? Entonces, tenía que ser verdad…
-A mí me gusta mucho la tele —le replicó alegre, mientras apuraba el plato y miraba con codicia la comida casi intacta de su compañero.
-Pero un día ya no pude más —continuó—. Tenía que sacármelo de dentro. Y esos hijoputas me encerraron aquí…
-Te entiendo perfectamente —le respondió recolocándose el bicornio de papel—. A mí me hicieron lo mismo. Pero la próxima vez que escape no volverán a encerrarme en Santa Elena.

Seudónimo: Peregrino

domingo, 28 de junio de 2015

29. EL HÁBITO NO HACE AL MONJE. De Mr. Fatiga


Sus movimientos, medidos para resultar ser más sensuales, conseguían que todas las personas que se cruzaban con ella tuvieran que observarla, sus pechos firmes y seguros arrebataban el sentido a todos aquellas miradas que se clavaban en ellos. Como sucedía con sus torneadas piernas que terminaban calzadas con unos altos tacones, imprimiendo así un ritmo que podía subir la temperatura a cualquiera, normal entonces que le llamaran Afrodita. Ella lo sabía y también que podía utilizar para su beneficio aquel don que le había sido dado por los dioses, o la genética, el de su belleza, tan grande que hasta ellos caerían rendidos a sus pies si se diera esa circunstancia, la de poder enamorarse de una mortal.
Lo sabía, como también que no todo el mundo admiraba esas caderas, la vecina del cuarto, machorra ella, solo admiraba aquellos cuerpos de guerreros musculosos, los que lucharían en la vida por ser mejores que nadie, por tener más que aquellos bohemios que también admiraba, pordioseros para ella, la mujer que sabía que una mirada suya podía lograr todo lo que deseaba. Aunque tampoco conseguiría a la vecina del tercero, aquella otra que estaba todo el día peleando, la que vestía de negro porque era fiel seguidora de la moda que imperaba en aquellos momentos.Eran dos fracasos, porque la otra vecina del ático vestía hábito de monja y ella no pensaba disputarle a Dios, aunque este fuese el hombre fuerte y musculoso que compartió ascensor con ella, que le dijo que iba al ático.
Con rapidez entró en su habitación, vistió sus ropas más provocativas y se perfumó sabiendo que en aquellos momentos ningún hombre podría negarse a sus encantos. Subió al ático y empujó la puerta que estaba abierta. Entró dejando un reguero de sexualidad hasta la habitación en la que dos cuerpos desnudos, entrelazados se entregaban a una pasión que ella no conocía, a la lujuria, el del macho impresionante y la vecina del ático, la monja con su cuerpo no era tan admirado como el suyo.

Seudónimo: Mr. Fatiga

28. PASIÓN A LA LUZ DE LA LUNA. De Awaky


Letha ocultó su esencia para evitar ser descubierto. Ella era una simple humana y él se estaba tomando demasiadas molestias para espiarla. En su fuero interno, se decía que solo era como protección y para evitar que sus hermanos la raptaran. Pero en el fondo había algo más… se obligó a sí mismo a desechar el pensamiento. Los rayos plateados de la luna se reflejaban en el cabello cobrizo de Clara. Su rostro, níveo y perfecto, se veía iluminado por la tenue luz de las estrellas, y la bella sonrisa que mostraba, hacía temblar el mismo centro de la tierra. Sus ojos, del mismo tono que la más pura llama, brillaban con curiosidad mientras inspeccionaba la cristalina agua del lago en el que se encontraba. Letha era incapaz de apartar la mirada… la belleza de la chica le tenía embelesado.  Sacudió la cabeza, como si con ese simple movimiento pudiese desechar los sentimientos que se estaban apoderando de él en ese instante. Él era un elfo de la raza Puritha, la más pura de todas. La sangre de su linaje jamás se había mezclado con ningún otro ser… Según los deseos de su padre, el Dirigente y Señor supremos de los Elfos Purithas, su destino era gobernar a los de su casta, convirtiéndose en el siguiente Dirigente. Sus hermanos no lo habían tomado muy bien y habían decidido tomar represalias. Clara, aunque en apariencia era inofensiva, guardaba en su interior lo único que podía detener la maldad de las acciones que habían emprendido. Era por eso que la seguía de cerca, para protegerla. Clara, sabedora de que Letha la observaba, y con una sonrisa juguetona en su rostro, deslizó con lentitud el fino y suave Kamese de lino blanco que llevaba, dejando su hermosa desnudez al descubierto.
—La temperatura del lago es perfecta, querido Letha… Y hay suficiente espacio para los dos —insinuó con voz sensual mientras se introducía en el agua.
Letha tragó saliva con esfuerzo… no podía dejarse vencer por una simple humana… sin embargo, la dolorosa tirantez de su entrepierna no estaba de acuerdo con ese pensamiento… lentamente y dejándose ver, fue al encuentro de la pasión.

Seudónimo: Awaky

sábado, 27 de junio de 2015

27. LOS CENTINELAS DE HIMDREL. De Revankhaar


Un silbido, solo un silbido, seguido del golpe y la vibración de la flecha al clavarse en la corteza del árbol. Duncan se quedó quieto en el sitio. Levantó los brazos, despacio. Miró en la dirección en la que señalaba la varilla de fresno, buscó el lugar desde dónde habían disparado. Solo vio árboles. Ni rastro del arquero. Sabía que no lo vería. Los elfos conocían el bosque mejor que nadie. Podían ser completamente invisibles si así lo decidían.
—¡Vengo en son de paz! —gritó a la nada—. ¡Traigo un mensaje para Lady Gwyn!
Escuchó el suave chasquido de las ramas al moverse. Las siluetas de tres elfos aparecieron de la nada, deslizándose con elegancia por el tronco del árbol hasta tocar el suelo, a veinte o veinticinco pies de donde estaba él. Dos de ellos le apuntaron con sus arcos largos de tejo. El tercero le miró con ojos recelosos.
—¡¿Quién eres?! —preguntó aquel. Era un individuo recio, de larga melena gris con los aladares peinados hacia atrás, formando una trenza que caía sobre la cascada de pelo que cubría buena parte de su espalda. Un veterano.
—Soy Ser Duncan, de Paso Austero. Vengo de parte del rey Tancred. Vuestra reina me conoce. He estado antes en Himdrel. —El elfo se acercó unos pasos. Le retó con la mirada.
—¿Qué asuntos tiene que tratar un humano con la reina Gwyn?
—Asuntos de vital importancia, que solo son de su incumbencia, de la del rey y la mía.
El elfo frunció el entrecejo, pensativo.
—Está bien. Te escoltaremos hasta Himdrel, pero irás desarmado. Entrégame tu espada.
El elfo tendió la mano. Duncan la miró. Dudó. No se sentía cómodo renunciando a su única herramienta de defensa. Aun así, de nada le serviría si le acribillaban a flechas. Así que agarró el pomo. Desenvainó. Miró al elfo a los ojos por un segundo, y se la entregó. «Todo sea por evitar un mal mayor», se dijo, mientras los elfos y él se ponían en marcha.

Seudónimo: Revankhaar

26. EL INVITADO. De El Morlock


"Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos", empiezo a leer, y casi no puedo reprimir una carcajada ante tal ironía. ¡Ah, Poe, si tú supieras!
Cierro con cuidado el libro, una primera edición, un tesoro de más de un siglo, y acaricio su cubierta de oscura piel desgastada. La lividez de mi mano destaca tanto sobre el oscuro tomo que casi parece brillar. Con mi pequeño tesoro entre las manos me acomodo en el sillón y estiro las piernas. Recorro con la mirada la balda de la librería: Shelley…Byron…Poe…Hoffmann…Tolstoi…Le Fanu…Stoker…Lovecraft…King…
Todas primeras ediciones. Mi anfitrión es todo un coleccionista, además de un amante de lo más oscuro y macabro, con especial fijación por mi gente, por lo que puedo observar. En mis tiempos yo también atesoré libros, antigüedades y curiosidades, tanto por propia afición como para mostrarlas orgulloso a las visitas. Eran otros tiempos, no había internet, ni televisión, ni teléfono, e incluso la luz eléctrica era considerada en muchos sitios una excentricidad o una moda pasajera.
Oigo la cerradura de la puerta. El dueño de la casa vuelve.
Justo a tiempo. No me gusta perderme en mis recuerdos. Podría pasarme días inmóvil, mirando a un punto fijo, sin siquiera parpadear, antes de volver en mí. Una vez me ocurrió en un oscuro y sucio callejón de Londres, y desperté a los tres días en el interior del refrigerador de un depósito de cadáveres. ¡Menudo susto se llevó el forense cuando abrí los ojos y le dije que ya me encontraba mejor y que sus servicios ya no eran requeridos!
Pero estoy divagando de nuevo y debo recibir convenientemente a mi anfitrión. Me pongo en pié, estiro mi chaqueta, y repaso con la lengua mis colmillos en toda su longitud. Me gusta que estén bien limpios y brillantes.
¡Aquí llega! ¡Felicidades, amigo, parece que al final te haré protagonista de tu propio relato de terror! ¡Es lo menos que puedo hacer tras auto invitarme a cenar en tu casa!

Seudónimo: El Morlock

viernes, 26 de junio de 2015

25. LOS PERROS. De María Claudina Martínez


Dentro de dos horas amanece, no falta tanto. No he podido pegar un ojo en toda la noche, pero bien sabido es que el que baja la guardia, corre serio peligro. Es increíble como se han agudizado mis sentidos en estos últimos años. Mis oídos son capaces de escuchar cosas que antes no podían. Instinto de supervivencia, dicen algunos. Miedo puro, digo yo.
Tengo las puertas y ventanas bien cerradas, pero eso parece no detenerlos. Ellos también han visto sus sentidos afinarse, y sus narices me huelen. Casi puedo sentir el aliento de las bestias por debajo de mi puerta de ingreso. Respiran. Reconocen mi olor. En este momento deben ser más de veinte. Tienen hambre y eso es lo que los vuelve implacables. El hambre moviliza, agita, envilece y los hace temerarios. Quizá también tengan miedo, puede ser, pero tienen más hambre. Entonces no se detienen ante nada. Ni siquiera mi puerta de madera maciza los frena. Escucho el sonido de sus uñas rasgando, tratando de romper, de entrar. De comerme.
Quizá los antecesores de estas bestias fueron, alguna vez, mascotas en alguna casa, mimados, acariciados por los niños que compartían con ellos las mantas y una galleta. Pero años de soledad y maltrato los hicieron así, como son hoy. Por generaciones vivieron solos, en las calles, y prosperaron alimentándose de la basura que nosotros dejamos descuidadamente a su alcance. Ahora mandan. Durante el día tenemos alguna ventaja siempre y cuando no vayan en grupos, pero en la noche son los dueños.
Debimos hacer algo mientras pudimos, nosotros, los seres humanos. Fuimos dueños del planeta, pero ya no. Acabó nuestro reinado. Debemos permaneces escondidos, temerosos, rogando que las puertas resistan la embestida de los animales hambrientos. Falta poco para que amanezca. Creo que lo he logrado, al menos una noche más.

Seudónimo: María Claudina Martínez