miércoles, 29 de julio de 2015

59. MISIÓN EN EL MAR DE LA VIDA. De Pupy


Para cumplir la misión había que encontrar vida inteligente  y poder capturar algún ser. El módulo espacial había estado sumergido seis meses  en  el  océano  y sólo  una  fauna marina bien conocida  había  sido el entretenimiento  hasta ese momento. Todo se  asemejaba  mucho a su planeta. Allá el mar había sido la fuente de la vida y por deducción lógica lo más probable era encontrar seres humanos, pero ¿donde estarían?
 La composición del aire y la temperatura exterior parecían compatibles con parámetros  aceptables para los tripulantes, pero las reservas del módulo sumergible se agotaban. El  jefe muy sosegado, confiaba que pronto vendrían los seres de allí a su encuentro. Más  no todos los tripulantes estaban dispuestos a esperar tanto. Habían venido obligados y estaban hartos del jefe. Un motín se gestaba. El jefe envió un mensaje a la nave madre, explicando la situación y la necesidad de  refuerzos. Los amotinados por su parte necesitaban el control de la nave y huir ante la amenaza de ser destruidos por sus jefes.
De repente se agruparon alrededor de la nave cientos de sirenas. Al parecer el mensaje enviado despertó la señal de alerta entre ellas. Las imágenes de tan singular y sorpresivo espectáculo impactarían al más avezado de los expedicionarios. Las sirenas estaban formadas en perfecto orden como si fuese para un desfile militar, todas lucían una especie de arma larga desconocida que poco a poco deponía al pie de la nave. Entonces tembló la luz dentro y los monitores  mostraron un mensaje de las sirenas que los dejó lívidos: ¡Bienvenidos nuestros hijos de regreso a casa con la misión cumplida!

Seudónimo: Pupy

58. LA NOCHE MÁS LARGA. De Pseudoagibílibus


Aprieta el interruptor y la lámpara parpadea unos instantes antes de apagarse. Agazapado en un rincón de la sala intenta acostumbrar sus ojos a la oscuridad, mientras sujeta con dedos trémulos el revólver. Sabe que ella ha venido a buscarle y que no desistirá. Siente el pulso acelerado y la ansiedad cercando su mente en una noche negra y silenciosa, desamparada de luna. El calor agobiante le envía lenguas regurgitando fuego que lamen sus temblores, y su respiración agitada mantiene sus ojos extremadamente abiertos. Bebiendo la oscuridad trata de rasgar la seda de la duda y siente la sombra que le vigila en la distancia. Es ella que, amenazante, se refleja en la pantalla haciendo que un líquido viscoso se deslice por sus sueños. Con la garganta atenazada y las manos sudorosas, jadeante y exhausto, se alza con ansiedad  y dispara contra la televisión. El estruendo rompe el silencio  en mil pedazos dejando paso al tic-tac inmisericorde que hace retumbar en sus oídos las campanadas del reloj de pared. El crujir de la madera y el temporal azotando las ventanas le incitan a volverse controlando su corazón desbordado. El temblor de las piernas le impide huir de aquellas paredes que le miran. Cree verla, ovillada en el sofá, desafiante, cubriéndose con el manto de su angustia y haciendo que un vértigo remoto cercene sus entrañas. Dispara… Dispara de nuevo… Descarga su pistola, y las entrañas del mueble se dispersan por la estancia. Después, comprueba que queda una bala en la recámara mientras un ciego escalofrío recorre su espina dorsal. Una puerta se abre súbitamente, y una silueta sigilosa e invisible repta por la negrura. Buscando una mirada cómplice en la estancia se precipita ante el espejo donde unos ojos vacíos, huecos, sin vida le hipnotizan. ¡Allí está! ¡Por fin ha podido descubrirla! El escenario siniestro creado por sus propios pensamientos conmina al cañón del revólver a descansar en su sien y… aprieta el gatillo. La señora de los dedos de hielo, depredadora de sonrisas, hace que el hedor impregne el suelo y las paredes.
Seudónimo: Pseudoagibílibus

martes, 28 de julio de 2015

57. CADENA DE ESTRELLAS. De Jitrenka


Las constelaciones se apagan una tras otra. El trabajo de Johann Bayer ha sido infructuoso; su "Uranometria" ha quedado obsoleta porque ya no hay estrellas que contar. Centenares, acaso miles de razas alienígenas sucumben en el silencio de la oscuridad. He negado todo primer contacto a las generaciones venideras de este planeta.
Con hilo de plata uno los brillantes abalorios cautivos y confecciono una larga cadena de estrellas, una joya que adornará el cuello estilizado de mi amada... Sé, que a falta de inspiración poética, bienvenido será este presente…
En un caluroso día de asueto, hace largo tiempo, modelé en arcilla sus formas y con mi aliento le otorgué vida. La seguí en sus primeros pasos y en el transitar inquietante de su mocedad. Cuando inauguró edad suficiente para enamorarse, desafié a los demás, mezclándome entre los hombres y me presenté ante ella. Mi plan perfecto funcionó: fui su elegido.
Hoy, en nuestras nupcias, entrego mi regalo y el rostro de Margarita personifica las palabras sorpresa y gratitud, ignorando que soy su creador. Descubre la pieza y sus ojos reflejan el brillo de tantos mundos perdidos. Me dedica su sonrisa perfecta y soy el  más feliz de los dioses menores.
Entonces, estrecho sus manos, nuestros tiempos se conjugan en una pequeña eternidad, la única que conoceremos, envuelta en extraños aromas de azahar.
Mientras contemplamos el ciego firmamento guardo silencio por el mal cometido. Soy un dios genocida, condenado al castigo de sus pares quienes destruirán el mejor de mis moldes, arrebatándome el don de la vida... Y ya no habrá otra Margarita.
Cuando su vida mortal se extinga y quede solo, rumiando mi inmortalidad, me asaltará el remordimiento ¿habrá valido la pena tanta destrucción?     

Seudónimo: Jitrenka

56. EL SGUACHAT. De El Doctor CLOCK


En un cuarto de interrogatorio de la comisaria de Buenos Aires, dos policías estaba con el único sospechoso -a ver, a ver, quiero que me cuente todo- golpeando la mesa enciende un cigarrillo, el hombre sentado muy nervioso  - !tenia razón, le dije que no se lo llevara!- contó enloquecido -¡La señora Perquin era una vieja odiosa!, una hija de puta, nos venia a cobrar el alquiler y si no tenia nada, te sacaba hasta el mismo infierno- el policía seguía anotando, mientras el otro preguntaba, - ¿eso es suyo? -si- contesto el hombre - esa cajita me pertenece - y siguió contando que esa misma tarde la señora Perquin vino a cobrarle, pero como no tenia plata le saco la cajita, le suplico, prometió que la plata iba a estar que tenga paciencia, pero ella con su avaricia retorcida tomo la cajita y se lo llevo. Esa noche la señora Perquin dormía, de pronto se despertó asustada, escucho ruidos espantosos, ella tomo un cuchillo debajo de su almuada, salio en silencio, el comedor estaba a oscuro, solo se veía una luz en la cocina, al llegar era la heladera, de pronto su estomago se retuerce al oler lo pútrido del lugar, como si fuera un cementerio, luego sintió que alguien la obserba , tomo una linterna, no veía nada, hasta que piso algo que la pincho, apunto hacia el suelo, una linea de excremento y sangre, lo siguió hacia un cuarto donde terminaba en la cajita, con valor la abrió y de la nada, salto un bicho verde, con ojos oscuros como el abismo, con uñas afiladas por el mismo diablo, sus pelos eran agujas venenosas, empezó a morderle la cara y el resto de su cuerpo hasta desmantelar toda su piel. La policía termino de anotar y como considia con la escena del crimen, el hombre quedo detenido, pero la caja estaba vaciá 

Seudónimo: El Doctor CLOCK

lunes, 27 de julio de 2015

55. TIEMPO DE VIVIR. De Wasileus Flanagan


Desde pequeño le habían entusiasmado las novelas y películas de ciencia ficción, especialmente aquellas que versaban sobre la posibilidad de realizar viajes en el tiempo. Siempre estuvo convencido de que, si no se había logrado lo que aquellos visionarios habían plasmado en sus obras, ya fuesen literarias o audiovisuales, se debía sin duda a la impericia de los científicos, incapaces de desarrollar una tecnología que debía estar ahí, aguardando a que una mente inquieta la sacase a la luz, del mismo modo que un escultor permite que la figura que se halla prisionera en el bloque de mármol brote de su interior.
A sus quince años tomó una decisión drástica, que habría de marcar el resto de su vida: sería él quien le hiciese ese regalo a la humanidad, la posibilidad del desplazamiento dentro de un marco temporal. Desde entonces encaminó todos sus esfuerzos en esa dirección, preparándose concienzudamente, leyendo cuantos libros sobre física teórica caían en sus manos, y abandonando por completo su vida social, secundaria por completo.
Mientras se preparaba para pronunciar su discurso de agradecimiento ante la Academia sueca, que había tenido a bien premiar su fabulosa contribución a la ciencia con el Premio Nobel de física, el prestigioso erudito, ya anciano, se preguntó si le restaría aún algo de tiempo para vivir esa vida a la que había renunciado.

Seudónimo: Wasileus Flanagan

domingo, 26 de julio de 2015

54. EL CONCIERTO DE LA MUERTE. De El concierto de la muerte


Las luces se apagaron y el humo comenzó a llenar el escenario. La multitud rugía mientras cientos de cámaras disparaban sus luces incandescentes. En la tarima se encontraban los cuatro músicos de OSIRIS. La banda hizo alarde de un enorme derroche de energía durante su presentación. Las canciones transcurrían una tras otra, sin descanso. El sonido era impecable así como la puesta en escena. Casi al final del concierto llegó el turno de "Ofrenda a ti", la canción que había dado fama al grupo. Era fácil de aprender así que la segunda vez que tocaron el coro ya todo el público la estaba cantando. Andrés estaba concentrado en dar lo mejor de si con su guitarra cuando sintió que alguien le sujetaba por la espalda haciendo que sus manos se apartaran de su instrumento. Luchó con todas sus fuerzas pero por más que lo intentó no pudo soltarse. Escuchó la voz fuerte, ronca y profunda del hombre que lo sujetaba. Era Johan, el vocalista, quien gritaba palabras extrañas.
– Urtus maggot vein druc Osiris. Urtus reagal merae von Osiris.
Debido al tono violento con el cual dichas frases eran pronunciadas un escalofrío recorrió la espalda de Andrés. A los pocos segundos sintió como se deslizaba un cuchillo por su garganta, abriendo la carne y disparando un chorro de sangre que salpicó a aquellos que estaban frente a la tarima. La gente comenzó a salir corriendo de aquel recinto mientras gritaban con desesperación. Andrés, angustiado, cayó de rodillas sobre el escenario mientras intentaba contener la hemorragia con sus manos. Alrededor sólo había pánico mientras él se ahogaba en su propia sangre. Cayó en el piso, dándose un fuerte golpe, mientras el líquido vital empapaba su ropa. En medio de los estertores de la muerte pudo ver a Carlos retorciéndose entre los tambores de la batería hasta caer en el piso mientras derramaba sangre a su alrededor. A su lado estaba Freddy, el bajista, quien sonreía con los ojos cerrados mientras sostenía un cuchillo en su mano derecha.
El concierto había terminado.

Seudónimo: El concierto de la muerte

viernes, 24 de julio de 2015

53. LAS LLAVES. De Leandro Montero


Escucha las breves líneas de esta carta, es lo mínimo que puedo hacer para explicarte lo que te va a suceder. He tenido que drogarte y lo siento, créeme.
Mi vida ha vuelto a tener sentido gracias a ti. Entiendo que estés en shock, si te calmas, tal vez logres comprenderme.
Esta mañana me levanté. Tras una ducha y un amargo zumo de naranja, me he vestido y he salido a la calle para despejarme, fue entonces cuando te vi.
Seguramente no reparaste en mí, pero yo no he podido dejar de recordarte ni un solo segundo. Me has devuelto a estados de excitación que ya tenía olvidados. Me esquivaste para no chocarte conmigo, seguiste por la acera a toda velocidad. Fue entonces cuando sucedió, ese punto en el que mi fortuna y tu destino coincidieron.
Sin darte cuenta, tus llaves cayeron al suelo. Las recogí siguiéndote hasta tu portal, al que entraste sin  percatarte de lo sucedido puesto que la puerta estaba abierta.
He esperado pacientemente durante todo el día hasta  averiguar cuál era exactamente tu piso, y a que estuvieras sola.
Estar mirándote mientras dormías, me ha llevado hasta el límite de la locura.
Estoy convencida de que es una suerte para ti que haya sido yo quien encontrase las llaves y no algún simple violador ¿verdad?
Sé que no puedes entenderme, pero ¿qué puedo hacer si necesito arrebatar la vida a los demás para llenar la mía?
Me activo con tu terror, con tu piel temblorosa en este mismo instante mientras te leo esta carta. Me siento como una auténtica diosa. Por cierto me llamo Pilar, igual que tú, y estoy encantada de haberte conocido.

Seudónimo: Leandro Montero

52. EL CARTEL. De Jhusun


El colapso «natural» de su mundo los impulsó al Universo y el tercer planeta de aquel sistema ubicado en la otra punta de la espiral parecía el más indicado.
Muy satisfechos se desplazaban por la zona; al fin habían hallado la salvación.
Pero…, tenían que continuar buscando. Porque muy pronto los habitantes de ese lugar también saldrían al cosmos para encontrar donde vivir. Mientras las naves se alejaban no podían borrar de sus mentes las imágenes al otro lado del inmenso pasquín: «National Park and  Reservation Yellowstone, Montana ».

Seudónimo: Jhusun

51. LA DAMA NEGRA. De Edgar Phillips Ligotti


Cada madrugada me despertaba a las 3:33 bañado en sudores fríos, paralizado de pies a cabeza. Este trastorno es conocido como parálisis del sueño; te despiertas repentinamente, plenamente consciente, pero incapaz de reaccionar. Sólo puedes abrir los ojos, escudriñar la oscuridad y rezar. Rezar si crees que la oración puede ayudarte a recuperar la movilidad.
La parálisis del sueño venía acompañada de alucinaciones, una de las cuales era especialmente terrible y reiterativa. Alguien, yo la llamaba la Dama Negra, aparecía en mi reducido campo visual. Entonces se sentaba en la cama y el colchón se hundía. ¡Juro que se hundía! Luego el bulto opaco de su cuerpo acercaba su cabeza a la mía, lentamente, como si fuera a besarme en la boca, y antes de que nuestros labios se tocaran me susurraba unas palabras en una lengua ininteligible, diabólica.
Probé a poner el despertador a las 3:30, pero alguien lo apagaba. Intenté no abrir los ojos cuando la dama aparecía, pero un impulso irresistible me empujaba a hacerlo. Traté de mantenerme despierto hasta esa hora, pero el sueño, irremediablemente, me vencía. Una noche, haciendo un tremendo esfuerzo y recurriendo a toda mi fuerza de voluntad, conseguí preguntarle qué quería. Percibí sus labios curvándose en una siniestra sonrisa. Eres escritor —me dijo—; escribe esto. Así podré entrar en los sueños de quien lo lea.

Seudónimo: Edgar Phillips Ligotti

50. LOS OJOS DE LA ROCA. De Manantial


Al nacer el día llovió sangre del Cielo. Las alturas se manifestaron agresivas dejándose  ver al rojo vivo cuando el propio firmamento echó a arder. Sus tonalidades candentes abrasaban las carnes al mirarlas, ahondando desgarros al romper. Así en el Cielo no  pudo ser; en la Tierra tampoco. El infierno les acogió en el crisol destructivo de su seno.
 -Un muerto nadando en un charco de sangre sin una sola herida ni signos de violencia que lo justifiquen –expone al ayudante el canoso inspector Cárpato desde  el centro de control terrestre. Por la pantalla pestañean los estertores de la brutal escena captada  por el dron espía Ácaro, en la plataforma espacial Corpúsculo. Próxima al aguamanil posa semivolcada una crátera. Y fuera de la alcoba flotando entre nenúfares celestiales, el cadáver atravesado de la mujer a pecho abierto y las vísceras colgando aporta pistas.
  La top secret operación, consensuada por ciertos organismos oficiales rusos, arrancó gracias a la biología molecular y los modernos sistemas tecnológicos. Se maquinó la síntesis de dos antropomorfos perfectamente dotados de las inteligencias múltiples, el pensamiento lateral y todos los rasgos propios de personalización. Tal sucedáneo partió del estudio de la evolución sexual y reproductiva humana en el  espacio. Y se cantó victoria cuando bajo el peplo se observaron en ella características hechuras de preñez. Pero al aparecer la Manzana de la Discordia el hombre sucumbió a un estado de pasión delirante. La felicidad les llegó vestida de luto sembrando el despecho en la nube Olimpo. Baco hizo las veces de  anfitrión, pero nada se atribuyó al enfado de los dioses.   
  -Encaja, "Mirlo"–dice el corpulento criminólogo-: ella transporta la crátera del caldo envenenado con destino al infiel. Reposa junto al aguamanil. Dentro del tríptico el bifaz homicida de la última tempestad de meteoritos dejará vía libre a "la otra". Asesinada la mujer, un brindis: "¡Oh, Bacovasija!", ambrosía de sangre, vino, ponzoña y muerte.
  La desclasificación documental explicaría como el caso "Truculencias" quedó a cargo del veterano M. G. Cárpato. Una urdimbre diseñada por él en el vientre de La Roca.

Seudónimo: Manantial