domingo, 19 de mayo de 2013

34. VOLVER A EMPEZAR de Anne Rice



En el interior del enorme recinto, cuyas paredes semitransparentes permitían admirar el universo en toda su plenitud —con infinidad de constelaciones titilando en toda su extensión y más allá—, se oyó el eco de unos pasos que se acercaban.
Una figura alta, delgada en extremo, con el rostro oculto bajo la capucha de la larga túnica, avanzó hacia la imagen de una gran esfera que se mantenía suspendida en el aire y giraba con lentitud; se detuvo frente a ésta, durante unos breves instantes que semejaron una eternidad, y la contempló. Una lágrima furtiva cayó al suelo, alterando el silencio que imperaba en el lugar.
—Es hora —anunció una voz potente e inflexible que parecía provenir de todas partes.
La figura se estremeció, extendió una mano, vacilante y temblorosa, y la hundió en el corazón de la esfera transparente, celeste y verde.
En ése instante, en la Tierra, un botón rojo desencadenaba el final.
La imagen en el aire comenzó a desvanecerse poco a poco hasta desaparecer. El observador misterioso permaneció con la mirada clavada en el piso.
—Está hecho...—dijo la misma voz. Esta vez, cierta tristeza empañaba su potente tono.
Un gran remolino surgió de la nada, haciendo desaparecer poco a poco el recinto y al personaje anónimo. Sólo quedó el universo, negro y silencioso, en espera de que los polvos estelares reiniciaran la historia una vez más…

Seudónimo: Anne Rice

33. UN DÍA EN EL CASTILLO de Bautista Bidegaray



Yo vivo en un catillo en Transilvania. Muchos creen que es macabro pero yo pienso que es muy bonito. Tiene grandes y antiguas habitaciones, en casi todas hay chimeneas que iluminan los cuadros de mis antepasados. Las salas son grandes y silenciosas, interrumpidas ocasionalmente por el ruido de algun rayo.
La sala de estar es mi lugar favorito. Algunos piensan que está abandonada pero debo discrepar (con todo respeto). He puesto con mucha paciencia las telas de araña y los tapetes gastados para que hagan juego. A veces, en ocasiones especiales, dejo una neblina misteriosa que le da un toque sofisticado.
Mi familia, mis hermanos y mis padres, vienen poco a verme. Tal vez se deba a que soy vegetariano. La verdad es que ellos y yo no nos parecemos mucho. Cuando vienen, no obstante, trato de animarles contando historias de terror sobre políticos y banqueros.
Aun asi la mayoría del tiempo estoy solo. Para compensarlo tengo un jardín muy grande donde me gusta dar largos paseos. A veces volando por encima de los árboles, convertido en murciélago, veo las ventanas abiertas de los vecinos y se me abre el apetito. Entonces me alejo lo más rápido que puedo.
Cuando estoy solo en casa paso mucho tiempo en la biblioteca. Me gusta leer sobre familias lejanas que viven aventuras y encuentran la felicidad. Me pregunto cómo será eso.

Seudónimo: Bautista Bidegaray

sábado, 18 de mayo de 2013

32. LAS PERSONAS Y LOS DUENDES de Amado Storni



Los duendes no siempre fuimos duendes. Antes de serlo fuimos personas normales, con preocupaciones, con ilusiones, con rutina. Con deseos, con fracasos, con insomnio. Los duendes no tenemos ni las orejas alargadas ni la nariz puntiaguda. Tampoco somos de color verde, ni nos alimentamos de frutos silvestres, ni nos relacionamos con las hadas. Las personas nos convertimos en duendes cuando morimos y dependiendo de la relación con nuestros semejantes, acabamos siendo duendes buenos o duendes malos, duendes inquietos, tranquilos, escurridizos o duendes extrovertidos. Antes de convertirme en duende yo era un hombre felizmente casado con Sofía, una rubia a la que conocí en la fiesta de cumpleaños de un amigo común. Nos enamoramos locamente. Dos años después fuimos padres de una niña, preciosa como su madre e inquieta como yo, a la que bautizamos con el nombre de Tamara. Era un hombre feliz que tenía todo lo que deseaba. Pero un día veintinueve de un febrero bisiesto Katty, la nueva directora llegada desde Miami para pintar de azul el color rojo de los números de la empresa, se cruzó en mi camino. Una mujer arrogantemente bella, que amaba su trabajo y que siempre imponía su criterio, aunque fuera equivocado. Una mujer que conseguía todo lo que se proponía. Y se encaprichó de mí. Fue entonces cuando con la excusa del exceso de trabajo, empecé a llegar tarde a casa. Días que terminaban a las tantas de la mañana en algún pub donde le metíamos mano a nuestros deseos más incontrolables. Una de esas noches el taxista que me llevaba de vuelta a casa chocó de frente contra un camión. Fallecí en el acto. Y así fue como acabé convertido en duende. Ahora mi misión es hacer feliz a otras personas; es la oportunidad que los dioses del reino de los duendes nos dan a los que nos arrepentimos de nuestros errores. Desde mi cárcel invisible veo crecer a mi hija. Se parece a su madre. Alguna noche me meto en su habitación, la arropo y le doy un beso en la frente. Entonces me alegro de ser lo que soy. Aunque a veces pienso si los humanos no serán los duendes y nosotros los duendes, los humanos.

Seudónimo: Amado Storni

jueves, 16 de mayo de 2013

31. RENOVACIÓN de Loken



Insectos… Cucarachas, saltamontes, hormigas, moscas, abejas… no, espera, ya no quedaban abejas, no desde hacía dos años al menos, el sistema de noticias Notiplex decía que un estudio científico contrastado lo había certificado, así pues, una cosa menos en el menú. Ya no quedaban subespecies cárnicas como los roedores y la carta de insectos ricos en proteínas cada vez era más escasa.
Notiplex decía que la Tierra estaba en un proceso de renovación. Las especies desaparecían y en breve serían sustituidas por otras evoluciones de las mismas pero mejor adaptadas al medio; al fin y al cabo cuando se cubrió de plasticemento la última hectárea  de suelo natural para salvaguardar la vida humana de los desastres geológicos del último siglo, las especies animales y vegetales debieron ser apartadas y mejoradas para evitar su extinción. Notiplex afirmaba que cuando su mejora genética hubiera terminado se adaptarían a la perfección a su nuevo medio ambiente y medrarían de nuevo como antes, pero era natural que hubiera daños colaterales y las subespecies e insectos serían las más afectadas, llegando en muchos casos a la extinción.
Notiplex decía que había que ser pacientes. Notiplex decía que debíamos ser austeros y que la crisis pasaría en pocos años.
Sin embargo éste iba a ser el décimo tercer año de crisis de renovación y los alimentos disponibles de origen natural se habían reducido ya a unas pocas especies insectívoras y a la PVAC (Proteína Vitaminada para Alimentación Complementaria) que se producía de forma abundante y a bajo precio para que fuera asequible a todos los bolsillos de las clases bajas.
El día en que se descubrió la Gran Mentira la respuesta fue la que cabía esperar, el hombre rico había devorado el planeta… Ahora el hombre pobre devoraría al rico, pero 100 millones de ricos serían pocos para 25 mil millones de pobres…habría que racionarlos y criarlos, como ellos habían criado insectos para sobrevivir.

Seudónimo: Loken

30. SIN REGRESO de Visor



Venía en la nave que explotó ayer al despegue en Marte.

Seudónimo: Visor

29. LA ENFERMERA



Cada día, la pequeña enfermera robot recibía un dibujo de su pequeño paciente y ella, aun sin entender lo que aquello significaba, lo guardaba con cuidado.
Cada día, la pequeña enfermera robot, atendía con esmero al pequeño enfermo, recibiendo sus sonrisas y besos con desconcertada indiferencia.
Cada día, sin faltar ni uno, hasta la mañana en que la pequeña enfermera robot encontró la pequeña cama vacía y, accediendo a su base de datos, supo que el pequeño enfermo ya no sonreiría, ni dibujaría, ni la besaría.
Ese día, la pequeña enfermera robot sintió que algo se rompía en su interior y quedó  temporalmente inoperativa.
En mantenimiento dijeron que había sido un cortocircuito.
Yo lo habría llamado dolor aunque, claro, yo no sé nada de robots...

Seudónimo: Lores Martín

28. UNA HISTORIA QUE SE QUEDÓ SIN TÍTULO POR EMPEZAR SIN AVISAR



Esta historia, esta que en este preciso momento usted está leyendo, está intranquila. Era su momento gloria y las cosas no están saliendo como lo había planeado. El personaje principal no ha llegado y sin protagonista no puede haber historia, o eso, al menos, es lo que dicen los cánones. "¿Por qué no llega?", se pregunta. "No me puede hacer esto", piensa irritada (se supone los lectores no pueden ver estos pensamientos y menos que la situación se está saliendo de control. Por eso este fragmento está entre paréntesis). Lo más delicado es que esta historia ya va para su novena línea y aún no ha pasado nada interesante. "¿Qué hago?", piensa. Es muy tarde. Ya ha quedado expuesta al público y lo peor es que el final está muy cerca. "¡Estoy acabada!", dice. Tiene razón.

Seudónimo: Esteban Dublín

27. HOMICIDIO EN OCASIÓN DE DESNUDEZ de Xenón Ominus



Desesperado, salí del baño como estaba; a decir verdad, no muy vestido. Encima, no tengo una figura agraciada, de modo que, en la calle, mis desnudeces no fueron celebradas con aplausos sino más bien con horror y frases que denostaban mi condición. Inútil fue decirles qué había pasado, de modo que seguí corriendo hasta encontrar un policía, que resultó mujer y que me miró con cara de pocos amigos.
—Hay un muerto en mi baño, oficial —le dije casi sin poder respirar. —¿Cómo murió? —me dijo mirando sin disimulo mis partes bajas. —Creo que yo lo maté.
—¿Cree? —dijo sacando su arma reglamentaria—. Acompáñeme a la Comisaría. —Pero… ¿Y el muerto?—No nos necesita —dijo (y tenía cierta lógica)—. Usted quedará encerrado hasta que se sepa qué le pasó. —Pero fue involuntario. No quise matarlo —dije. —Todos dicen lo mismo —contestó con una media sonrisa—. Vamos. De pronto, mi capacidad de moverme se anuló, quedé congelado en el vidrio. —¡Venga!—No puedo. Estoy congelado. Debe ser el miedo. No necesité decir más. Ella disparó tres veces. El espejo estalló en millones de pedazos. Algunas esquirlas, incluso, la lastimaron levemente. Cuando me encontraron en el baño de mi casa, desnudo y muerto de tres tiros de pistola de la policía, ella no pudo explicarlo y de nada sirvieron en su defensa todos los testigos que aseguraron ver pasar un espejo corriendo por la calle.

Seudónimo: Xenón Ominus

miércoles, 15 de mayo de 2013

26. ILUSTRACIÓN DEMONÍACA de Mandrágora



La mujer entró en el estudio de su marido tras asesinarle. 
Este había estado envenenándola a ella y a su hijo, y eso conllevaba un castigo.
El aroma a sulfuro penetró por su nariz obligándola a retroceder. Pero no debía. 
Se dirigió al ventanuco que adornaba la buhardilla y lo abrió. El soplo de aire fresco pareció renovarle las fuerzas y decidida se acercó a la mesa de dibujo. 
Allí estaba, esperándola, con una sonrisa de triunfo sobre su rostro maldito, el retrato a lápiz del demonio Arsis. Intentó destruirlo con el mismo cuchillo con el que había matado a su artífice, pero cada vez que lo acercaba al papel una fuerza extraña desviaba su brazo provocando que se hiriera y que  una risa maligna estremeciera sus sentidos.
Cayó al suelo sollozando de rabia. Y en un último acto desesperado cogió el papel demoníaco y se lo tragó. La ilustración luchaba por sobrevivir, pero la mujer no iba a permitirlo. A tientas buscó el cuchillo, apenas podía incorporarse, pero en su lugar encontró el lápiz afilado que su marido utilizaba para sus retratos y sin pensárselo se lo clavó una, dos, tres veces, en la garganta.
El último sonido que escuchó fue un negro grito de dolor y rabia.
                  «Mi hijo está a salvo».
Algunas semanas después, el notario entregó al huérfano un sobre que le habían confiado. En su interior se encontraba el dibujo en blanco y negro de un rostro adolescente muy familiar, al que le salían dos pequeños cuernos de la cabeza.
El joven levantó la vista y preguntó:
¿Me acerca un lápiz, por favor?

Seudónimo: Mandrágora

25. LA CENA ESTÁ SERVIDA de Maria Edith



Mi amigo el antropólogo era aficionado a la cultura mesoamericana. Tanto, que la noche que me invitó a cenar a su casa me recibió con los atuendos tradicionales de un sacerdote mexica.
No me fijé en el libro de antropofagia sobre la mesa, ni en el cuchillo de obsidiana.


Seudónimo: Maria Edith