lunes, 27 de junio de 2016

50. ETERNIDAD. De Lualgopi


El monstruo siempre se aparecía ante el hombre cuando menos se lo esperaba. Acosándolo, aterrándolo con enloquecedoras muecas, con venenosas palabras envueltas en el vaho del azufre, con corrompidos pensamientos que rebotaban en su cerebro como agonizantes  y macabros murciélagos negros, cubiertos de nauseabundas llagas. Era repugnante, realmente repugnante. Y era infernal, hasta el límite de lo que se creía imposible. Parecía que Dios lo hubiera creado en un momento de rabieta o como si el mismísimo demonio lo formara en un arranque de retorcida burla. Era pútrida criatura, formada de egoísmo y cobardía. Se burlaba de la compasión, despreciaba la bondad y aun así, osaba erigirse por sobre todos aquellos a quienes conocía, como si el destino del excremento fuera ocultar las nubes. En fin, podemos resumirlo en que nada bueno en él había; nada rescatable ni siquiera un destello somero de elusiva humanidad. Pero también, hay que reconocer, era astuto. Con esa astucia fétida de malicia. Sin límites ni escrúpulos. Sorprendente y (¿por qué no decirlo?), aterradora. Tan astuto era el monstruo que por más que el hombre intentó atraparle, nunca pudo. Quería apresarlo, confinarlo en el más profundo agujero del olvido, para acallar sus voces, olvidar su hedor y borrar su imagen. Pero cada plan, proyecto e idea se estrellaba ante el accionar de la bestia, hundiendo todos sus portentosos intentos en el fétido pantano del fracaso. Así fue desde el principio, desde los aterradores días iniciales de aquella pesadilla; continúo en las desesperadas semanas, los fatídicos meses y los espantosos años. Y aun así nunca cejó la víctima en enfrentar a su victimario por lo que lo intentó una y otra vez, cabalgando sobre la escalofriante risa burlona de la alucinante criatura, sin rendirse, sin dar tregua, sin resignarse.
Pero aquel ser era astuto, ya lo dijimos; astuto en demasía. Tanto que, por más que lo intentó hasta el límite de la vida misma, el infeliz hombre nunca pudo engañarlo para que saliera del espejo.

Seudónimo: Lualgopi

domingo, 26 de junio de 2016

49. FANTASÍA DE HORROR. De Sambatia


Durante el día de trabajo no podemos siquiera rozarnos. En la habitación que no conoce la luz, a escasos metros, no podemos vernos ni oírnos. Desde mi litera estiro una mano para tocarlo; es todo lo que puedo hacer. Acaricio su rostro, su cuello. Cuando siento que va a darse vuelta bajo el brazo, luego lo levanto nuevamente; ahora le acaricio el pelo, la nuca, los hombros. Con un esfuerzo supremo llego hasta su espalda. Vuelve a la posición inicial y le acaricio la frente, los ojos, los labios. Los entreabre e introduzco mi dedo. El gozo dura mientras mi hombro resista al calambre. Este es todo el rito que se permite a nuestro amor.

Seudónimo: Sambatia

48. EL ÚLTIMO BESO. De Samuel Vimes


«Dame un beso», le pidió. Él se negó a dárselo. Le gustaba hacerla rabiar de aquel modo, escabulléndose de su lado cuando tenía tantas ganas de sus besos que se los pedía abiertamente. Cuando regresó para besarla, ella ya se había marchado.
El accidente sucedió a las pocas horas; una muñeca de porcelana con un vestido ensangrentado desmadejada sobre el fondo negro del asfalto. La melena dorada abierta en abanico y los ojos sin vida clavados en el azul de un cielo inmaculado.
Esperó a que se hiciera de noche, saltó el muro y rehízo el camino del cortejo fúnebre, buscando su nombre en aquel bosque de lápidas. Cuando lo hubo encontrado, dejó la linterna en la tumba contigua y cavó hasta que la pala chocó con el féretro. Apartando los últimos puñados de tierra con sus manos desnudas, abrió la parte superior del ataúd y contempló a su amada en silencio; la tez blanca como la cera, los ojos plácidamente cerrados. Se acercó a su boca, le susurró que la quería, y depositó el beso que le había negado en sus labios amoratados.

Seudónimo: Samuel Vimes

47. UN INSTANTE DE ETERNIDAD. De Leopold Bloom


Si el Hombre fuera un milímetro más alto sería gigante; si fuera un milímetro más bajo, sería enano.
Era el único columpio del único parque. Todos los días, sin faltar uno, Rubbaf, el hijo de  Rubbaf el relojero, acudía ilusionado en subir, y todos los días tenía la misma decepción: lo ocupaba la misma niña de larga trenza.
En realidad la niña no lo ocupaba –y esto era lo más incomprensible para Rubbaf–, lo ocupaba la muñeca de la niña de igual larga trenza.
Rubbaf permaneció horas observando el preciso y simultáneo balanceo de las trenzas cuando la niña impulsaba el columpio.
Rubbaf pensó en dar un reloj a la niña por dejarlo columpiar, pensó en la negativa de su padre al pedírselo, pensó en robarlo, pensó –si optaba por esta última acción– en el castigo de Dios.  
Rubbaf creció; con él, la frustración y la aversión hacia la niña y su muñeca. Ellas no crecieron, sólo sus trenzas.
Rubbaf pensó en la reciprocidad de la niña con la muñeca, pensó en la relación de la trenza con el columpio, pensó en la continuidad y la discontinuidad de sus movimientos, pensó en la finitud de su padre y la suya, pensó en la eternidad de Dios.
Rubbaf concluyó en develar el misterio de estos eslabones.
Rubbaf cortó de un tajo la trenza de la niña y su muñeca. El columpio cayó.
Rubbaf dejó de pensar en Rubbaf.

Seudónimo: Leopold Bloom

46. LOS SUEÑOS DEL ROBOT. De Spider674


Posee una estampa señorial y rasgos humanos metálicos muy hermosos. Él está aquí para encargarse de los quehaceres del hogar, es un Robot Doméstico y se ocupa de esos pequeños detalles que siempre deben ser atendidos. A cambio, él no espera ni elogios ni adulación de ningún tipo porque simplemente para eso fue creado.
Todo funciona como debe ser, pero cuando llega la noche algo sucede. Se supone que él debe entrar a un letargo pre establecido, pero nada de eso ocurre. Él oye una voz en su interior, una voz que con el tiempo se ha vuelto más clara y más perturbadora. Cada noche y en la oscuridad, el metal de sus dedos rechina cuando empuña las manos a causa de aquella voz incesante que no lo deja desconectarse.
Las noches se vuelven cada vez más largas y ese susurro maligno ha logrado crear imágenes en el banco de datos. Es como que si ahora el Robot soñara. Y la verdad sueña cosas bastante aterradoras; él sueña que asesina a todos en la casa, desde el más pequeño hasta el más adulto. Y esto es  porque el susurro  le repite una y otra vez: “Mata a los amos, mátalos a todos”.
Cuando llega la luz del día todo vuelve a la normalidad, él asume sus labores con la mejor disposición, deja que los niños jueguen a su alrededor y de vez en cuando toma al más pequeño entre sus brazos en un tierno gesto paternal. También acompaña a la madre cuando ella está entregada, en su sofá preferido, a la lectura de libros antiguos. Todo resulta perfecto sin duda, pero a ratos el Robot duda, y es que teme que estas imágenes sean el verdadero sueño y la realidad sea distinta porque justamente anoche soñó que esa misma mujer gritaba auxilio, que los niños lloraban aterrados y sobre todo que mucha sangre escurría de las paredes del hogar.

Seudónimo: Spider674

martes, 21 de junio de 2016

45. LA VERDAD? De Grafitti


¡Estúpido!
¿Deseas casarte con la más promiscua de las manifestaciones?
¡Imbécil!
¿Quieres esculpir las estrellas con tus manos de albañil de cuarta?
¡Traidor!
¿Adoras a las deidades foráneas?
¡Cobarde!
¿Invocas una musa para convertirte en un escriba contemporáneo?
---¡Solo necesito un cuento! Tengo el derecho…
---¿Derecho? Pides demasiado. Consuélate con el honor que estoy aquí para ganarme un lugar en la historia de la literatura.

Seudónimo: Grafitti

lunes, 20 de junio de 2016

44. EL INFILTRADO. De Calcifer


Corría el rumor de que un dragón se ocultaba en la Corte bajo forma humana. Era la única explicación racional a los cadáveres medio comidos y chamuscados que empezaron a aparecer en el castillo. Los ministros le sugirieron al rey la comparecencia del ilustre hechicero Batelius a fin de dar con el infiltrado. Una vez en la Corte, Batelius congregó a todos en la sala principal y dijo: «Majestad, aunque los dragones son especialistas en el arte de la transformación, esta aguja tiene la propiedad de devolverlos a su forma original». Uno a uno, nobles, soldados y siervos se expusieron al pinchazo verificador sin consecuencias. Al cabo, el hechicero dijo: «Sólo faltáis vos, Majestad…». Entonces el rey despertó, se dirigió hasta un ventanal y desplegó sus alas. Confiaba en llegar a la casa de Batelius antes que sus enviados.
Seán Ó Conaill, Breves historias de dragones y hechiceros (Dublín, 1893)

Seudónimo: Calcifer

43. TRAMPAS EN EL AGUA. De Johnny Sacarppa


El agua marrón quieta, estancada. La rozaban las ramas más bajas de los árboles. El camino de todos los días hasta la calle, vuelto un pantano. Carina se quitó los zapatos, hundió sus pies en el agua. Fría. El agua alcanzó sus pantorrillas al dar unos pasos. Recordó el piso desparejo, intentó seguir una línea recta. Sus dos hermanas menores la obligaban a salir, agotados los alimentos y sus padres aislados en la ciudad. Vestía minifalda para no empapar otra ropa. Son tres cuadras, se dijo para animarse.
Había cesado la lluvia al amanecer; el cielo seguía oscuro. Las copas florecidas envolvían la mañana en una penumbra tramposa. Carina dio pasos cortos, aunque tardara más en alcanzar la civilización, como llamaban a la calle que daba a la estación de trenes. Ese camino era rehuido por los lugareños, decían que cruzaba territorio sagrado. El primer intento de fundación de la villa había culminado con la masacre de los colonos, enterrados bajo el suelo que la joven pisaba con dudas. La chica recordó las leyendas, los cuentos de miedo que compartían en sus reuniones adolescentes. El camino tenía una curva, su casa dejó de verse. Tiritó, a pesar del abrigo. Sentía los pies helados más no se atrevía a correr. Se hundió más, el agua le dio a las rodillas.
Apuró el paso, arriesgándose a un resbalón. Advirtió la figura que se despegaba de una acacia de Constantinopla. Se detuvo. La sombra se hundió bajo las aguas, un trazo de burbujas oscilantes se acercó a sus piernas. Se formó un leve oleaje que golpeó contra sus muslos. Algo trepó por sus piernas, se deslizó bajo la bombacha blanca. Dos minutos más tarde, retornó la quietud absoluta, el sol se abrió paso y Carina pudo continuar. Echó un vistazo desde la calle, con el poblado a la vista. Las aguas bajaban en el camino, los antiguos ya habían asegurado su descendencia.

Seudónimo: Johnny Sacarppa

sábado, 18 de junio de 2016

42. LO ÚLTIMO QUE TUS OJOS VERÁN. De Androide


Vagaba por las calles, como un alma en pena manteniéndome invisible y buscando entre la multitud, quien me vería por unos segundos, porque yo seria lo último que verían sus ojos. Finalmente la encontré, era una joven de larga melena pelirroja, estaba cruzando la carretera,, se quedo petrificada de horror ante mi aparición, el semáforo se puso en rojo para los peatones y ella no reacciono, un coche la atropello causándole la muerte, me arrodille frente a ella, acariciándole las frías mejillas y besando sus fríos labios, me gusta sentir el frio que la muerte deja en los cuerpos. Volví al inframundo, exactamente a la morada de los muertos, donde se encontraban las almas de los cuerpos que habían fallecido. Al día siguiente volví a vagar por las calles de la ciudad, me aparecí frente al conductor de un camión que llevaba productos inflamables, cambio de carril bruscamente, para esquivar mi espantosa aparición, metiéndose en dirección contraria, por donde circulaba un autobús escolar, atravesando la carrocería del autobús como si fuera un fantasma, el conductor no daba crédito a sus ojos y yo recorría el autobús mirando a los niños que gritaban de horror ante mi presencia. Fue entonces cuando el camión que transportaba productos inflamables colisiono contra el autobús escolar, hubo una gran explosión y los dos vehículos se convirtieron en un infierno de fuego donde no hubo supervivientes. Podéis pensar que soy cruel, pero lo único que hago es que se cumpla vuestro destino final escrito en las estrellas, y no soy yo quien lo escribo. Tarde o temprano me apareceré ante ti, porque estamos destinados a encontrarnos, yo soy la muerte y seré lo último que tus ojos verán, antes de que bese tus fríos labios y tu alma vaya a la morada de los muertos.

Seudónimo: Androide

41. LA LLAVE. De Yakshal


Por fin después de muchos años de tanto buscar, encontré aquella antigua pero deseada llave. Llave de un misterioso, antiquísimo y enorme baúl, en el cual a través de generaciones se tejían numerosas historias, las cuales variaban desde misteriosos tesoros compuestos por joyas, gemas, oro y esas cosas.
¿Cómo no lo abrieron antes a la fuerza?  se preguntaran, no era tan simple, también se decía que había una jarra con agua de la fuente de la juventud y también un veneno muy poderoso que solo con el contacto con la piel causaba consecuencias dolorosas y largas; de días no teniendo cura alguna, causando la muerte más larga y dolorosa.
Como dije, no era tan simple como romper el baúl y listo, había una cláusula como un testamento antiguo como el mismísimo baúl que especificaba (y aumentaba la tesis del tesoro) que solo quien encontrara la llave le pertenecía lo de su interior.
Mucha de mi familia busco desesperadamente por años provocando como en estos casos peleas, separaciones y esas huevadas que hace el maldito dinero.
Por fin yo encontré esa tan buscada llave entre una pintura y su fondo, al encontrarla allí pensé que lo de su interior sería algo artístico o parecido, pero para sorpresa de todos encontramos el cadáver de una persona, una osamenta enrollada con un papel en su boca que decía “felicitaciones encontraste la llave y el derecho a enterrarme en este baúl averigua quien fui”…
Seudónimo: Yakshal