jueves, 22 de junio de 2017

43. NALÚ. De Walmares


Yo era un párvulo morocho, miope de pies planos, peinado con raya en medio y el mechón rebelde de la frente sujeto con maternal saliva y pulso diestro. Ana Luisa, Nalú, era desde la cuna un agravio a la belleza, física y espiritual, de todo cuanto recababa a su lado, por inconsciencia o accidente, enfrentado a la comparativa que era una batalla perdida de antemano; de bebé repollo enrabietó a las otras madres, de niñita con pollera y trenzas soliviantó a sus compañeras y amargó el esperanzador divorcio a una maestra cuarentona;de universitaria con chaqueta de lana y puño en alto repercutió con mayor firmeza en las atolondradas mentes de los muchachos revolucionarios que las consignas que les marcaban sus líderes desde los libros rojos o las verdes selvas.
Para mí, era como la luna. Dicen que se formó de nuestro mismo planeta, que no es ajena. Que no hay misterio en su cara oculta. ¡Qué sé yo! Pero desde que el hombre es hombre, y la mujer es mujer, nos han fascinado, la mujer y la luna, digo, con igual entusiasmo.
En fin, algo deberían de tener, Nalú y la luna, que me tuvieron arrebatado una vida entera, y todavía me estremezco con el recuerdo de verlas surgir, a ambas, por el extremo del malecón al caer la tarde; conservo nítido el recuerdo de sus colmillos sedosos desgarrándome la yugular aún palpitante. Nalú libando de mi sangre como de una amapola, y yo observando la luna enquistada en el tul del cielo.

Seudónimo: Walmares

miércoles, 21 de junio de 2017

42. EL COLECCIONISTA. De Izel Hanifah


Esa tarde, bajo el camuflaje que le ofrecía la lluvia, se robó de un mercado la novena muñeca. Llegó a su casa y organizó rápidamente su pequeño quirófano. Había tijeras que harían de bisturí, silicón en pistola que supliría las suturas, y semillas de alpiste, que rellenarían cual vísceras y sangre. Primero, las acomodó a todas por sus nombres en orden alfabético. De Ana, cortó el cabello, largo y rizado, aunque éste no olía a lavanda. De las siguientes tres, Daniela, Elena y Gaby, cortó respectivamente brazo derecho, brazo izquierdo y ambas piernas. A Karla le sacó los ojos, unas hermosas canicas color esmeralda. La ropa sin dudarlo se la quitó a Mariana, le encantaba ese vestido morado. El tórax y el abdomen serían de Olivia, ya se las arreglaría para hacerle el ombligo saltón. Luego, a Pilar le recortó labios y orejas, para nunca olvidar aquella noche en que no podía callarse y él no podía dejar de escucharla. Finalmente Silvia, ella daría la cabeza, como lo hizo en la vida real. El hombre duró toda la noche cosiendo, pegando y rellenando, quería que fuera perfecta, una muñeca que simbolizara en forma fidedigna los últimos ocho meses de su vida. A las seis de la mañana, la muñeca sólo tenía en el pecho un área de cinco centímetros sin coser, le faltaba lo más importante. Ese toque final lo daría Zoe, cuyo corazón tenía veinticuatro horas inmóvil, esperando en el refrigerador. Ahí en la cocina terminó su obra maestra, la abrazó, la besó, y luego la dejó en una silla pues aún quedaba un pequeño cadáver por enterrar. Bajó al sótano y descubrió aterrado que las cadenas estaban sueltas, el cuerpo de Zoe había desaparecido. Sintió náusea cuando se apagó la luz del sótano. Estaba inmóvil, sólo las palpitaciones corrían veloces. Escuchó pasos descendiendo la escalera, y entonces las vio. Diez pares de ojos brillantes lo acechaban, todas estaban ahí, pálidas y nauseabundas. El hombre ahogó un grito cuando escuchó hablar a la muñeca recién terminada, en brazos de Zoe.
—Buenos días Don José, venimos a que nos enseñe su colección…

  Seudónimo : Izel Hanifah

41. REVELACIÓN. De Calixto


Saqué el viejo pesebre de yeso de la caja y lo puse en la mesa junto al arbolito. Era de mi abuela.
El pastor se cayó. Se le rompió la cabeza contra el piso.
Las ovejas se hicieron las dormidas.

Seudónimo: Calixto

40. VENGANZA ESLAVA. De Nahuel


Llevaba tres días, y sus tres noches, con el mismo sueño. Desde que me dejó Arcadia y su felicidad. Me iba a la cama, triste y abatido, y entonces, en sueños, mi almohada cobraba vida. Y me intentaba asesinar, ahogándome. Yo notaba esa presión y me deshacía de ella. Luchaba contra ella y al final conseguía vencer, pero notaba que esa presión era cada vez mayor. Llegaría el día en que ella podría conmigo. Me despertaba entre sudores y escalofríos. Y mi almohada estaba ahí. Inocentemente colocada dónde la dejé. Cambié de almohada, mi nueva almohada aparcó a la antigua entre la indiferencia y el olvido. Enterrada entre horas de sueños y de descanso mis pesadillas cesaron.
Pasaron los años. Me casé de nuevo. Tuve un niño. Un bebé hermosísimo de rasgos eslavos. De piel clara y ojos azules, la faz marcada con pequeña pecas y un color pajizo en el cabello. La alegría de mi vida, la esperanza de mi hogar. Un caso atípico en mi familia, desde hacía siglos no había habido descendientes eslavos.
Repentinamente, y sin previo aviso, volvió mi antigua almohada a recobrar vida, pero ya no me intentaba asesinar. La almohada salía de su funda. Reptaba por el pasillo y ahí perdía su pista.
Pasaron los días. La imagen se repetía una y otra vez, hasta que llegó la noche que marcó la venganza. Estaba soñando. La almohada se desplazaba por el pasillo y entraba en la habitación del niño, que dormía plácidamente, testigo mudo y anacrónico de la venganza. Cuando llegué sólo pude certificar su muerte por asfixia. Tenía marcas en el rostro y en el cuello.
Me atrapó la ira. Fui al cajón de mi cómoda y agarré la glock. Bajé al desván. Y vacié el cargador sobre ella. Hilillos de sangre brotaban de las plumas y un rostro barbado y rubio, de piel clara, marcado por la viruela y la vejez apareció entre ellas para deshacerse en humo blanco. El inconsolable y horrorizado rostro de mi mujer detrás de mí era un drama de proporciones épicas.

Seudónimo: Nahuel  

39. INGENUOS CRIMINALES. De León M. Duncan


— Siempre llegamos tarde señor, ya no podremos auxiliarle.
— Es inevitable ¿Cómo saber cuándo sucederá? Míralo, yace moribundo.
— ¡Ya no contaremos con tiempo para castigarle! ¡Por Dios! Que crimen
tan reiterado.
— ¡Estoy harto de pertenecer a tan inefectivo escuadrón!
— Mientras agoniza, dejémosle que corra…tal vez lo atrapemos para la próxima.
— Si hubiese tenido una justa razón.
— No es este el caso señor, y lo sabe.
—Alguna que otra vez nosotros estuvimos en su lugar.
— Lleva razón. El tedio o la inacción nos llevaban a asesinar el tiempo.
— Pero usted lector. No se preocupe. No hay mejor manera de matarlo
que con una buena lectura.

Seudónimo: León M. Duncan

martes, 20 de junio de 2017

38. UNA BESTIA EN LA TORMENTA. De Pastor de Letras


Su nombre era Río. Así lo bautizaron sus padres adoptivos hacía unos siglos. Hubo un tiempo en que su aspecto era humano, pero él era diferente: su carne nacía cada día, cada minuto, cada segundo, y también moría, cambiaba, evolucionaba, como el curso de un río. Esta capacidad de adaptación al medio lo había transformado en una criatura de habilidades increíbles, pero de aspecto monstruoso. Imaginad un ser antropomorfo capaz de saltar 10 metros en vertical; con una piel y un esqueleto tan duros como perder a una madre; dos pares de brazos, con los que realizar las tareas de un mulo y también las de un colibrí; visión telescópica; dos cerebros que se alternaban y, todo ello, sumado a la capacidad de regenerarse, que le hacía gozar de cierta inmortalidad.
Aunque él se consideraba un agricultor y un artesano, para el Rey era una máquina de matar en potencia. Cuando Río recibió una orden del monarca para enrolarse en el ejército, la desobedeció. Esta decisión lo convirtió en prófugo, por lo que tuvo que esconderse para no dañar a ningún humano. Abandonó sus tierras y su masía hasta casi morir de hambre. Pero su capacidad de supervivencia hizo cambios en su cerebro derecho, que tomó el control total de sus acciones. Se atrevió a pedir comida, se atrevió a robarla y finalmente mató. Fue en defensa propia, pero su odio crecía. Fue entonces cuando decidió luchar para el Rey, quien le perdonó sus crímenes mientras se frotaba las manos. Río se ganó el afecto de todos gracias a su nueva "virtud": la hipocresía.
Durante las campañas militares se convirtió en un héroe, una divinidad. Sus proezas eclipsaron el liderato del Rey; así que éste decidió deshacerse de la criatura a tiempo; pero ya era tarde. Cuando se ordenó la ejecución de Río, el ejército se rebeló a la casa real y ofrendó sus cuerpos al nuevo líder. Aquello hizo emerger su cerebro izquierdo, que, horrorizado, quiso volver a la masía. Pero también vio esperanza en todas las miradas. Ahora que era un verdadero monstruo se le respetaba, era venerado. "Una paradoja", pensó. Fue entonces cuando Río decidió dedicarse al pastoreo...

Seudónimo: Pastor de Letras  

lunes, 19 de junio de 2017

37. UN MAL BONACHÓN. De Oculta Entre Páginas


Allí estaba el dragón amarrado con cadenas. Gruñía, o eso parecía. En realidad lloraba. Todos se defendían de él, le clavaban las lanzas y arpones. Él no podía hacer otra cosa que intentar salir de allí. El dragón solo quería volver a ser feliz como antes; era inofensivo.
Lo habían encontrado en medio del bosque, detrás de la casa del alquimista. Los árboles estaban arrancados de la raíz y la casa del alquimista estaba destrozada. Todo el pueblo pensó que la bestia se había merendado al pobre anciano. «Eso le pasa por confiar en esa cosa horrenda», decían.
El dragón no se perdonaría jamás a sí mismo. Todos pensaban que era una bestia salvaje y agresiva. Y siempre se recriminaría por haber chamuscado accidentalmente a su amo y único amigo cuando este le pidió que cociera el pavo para la pócima.
No podía hacer otra cosa que demostrar que era una buena criatura. Así que, cara al invierno, sopló fuego de sus fauces para hacer una hoguera que calentase al pueblo. Lo calentó tanto que todos murieron. El fuego había perdido el control.
Y otra vez había metido la pata por dejarse llevar por sus impulsos de bondad.

Seudónimo: Oculta Entre Páginas

domingo, 18 de junio de 2017

36. UNIÓN SECRETA. De Rubén Levi


Él sabe que ella sabe; ella sabe que él sabe; viven juntos aunque no se aman; les une un terrible secreto.

Seudónimo: Rubén Levi

35. EL SECRETO DEL GATO. De Marlon C. Lewis


Las formas de una lámpara se esbozaron en mi cerebro. Debía encontrarme en una cama de un lugar desconocido en donde el techo resplandecía. También podía oírse un ruido monótono, lento y pausado como paso de tortuga. Ese ruido sí me sonó conocido, mas estaba como cuando bebo demasiado y no pude identificarlo de inmediato.
 Me pregunté dónde estaba; no recordaba cómo había llegado a ese sitio, y me sentía tan débil. Mi boca se movió de manera involuntaria, como si la pregunta en mi cabeza pugnara por salir a toda costa. Me percaté de que tenía un tubo conectado, y hasta pude sentir el sabor a goma. Por otro lado, el aire olía fuerte y nada agradable, de un modo tal que pude percibirlo aun en mis condiciones. Eso me llenó de terror, y éste creció cuando intenté moverme. El sonido pulsante se aceleró de pronto, y me recordó el que hace un camión con la reversa puesta. La única parte de mi cuerpo que se movió fue mi cuello.
En la cama cercana a la mía había una persona de rostro irreconocible. Tenía vendas y estaba tan rodeada de instrumentos, cables y tubos, que era horroroso. Del otro lado de la cama había una señora sentada. El rostro de esta última regeneró mi memoria y me sentí recuperado, o por lo menos durante un instante. Era mi esposa, aun cuando había envejecido mucho, sus ojos estaban rojos e hinchados, y tenía grandes ojeras.
–¡No! –grité sin emitir sonido cuando comprendí el significado de su presencia. Me pareció como si mis ojos intentaran salirse de sus órbitas–. ¡Mi niña no, coño!
El golpe fue demasiado duro. En mi pecho se instauró un dolor insoportable, como si un enorme peñasco me lo comprimiera. Mi respiración se hizo casi imposible. Mi vista se oscureció rápidamente. Y los pitidos cercanos a mí se fueron alejando a la vez que se estiraban como una liga.
–Tranquilo, hombre… si sólo llevas diez minutos en el simulador de vidas –dijo mi amigo Esteban y me sonrió cuando abrí los ojos de nuevo; otra vez tenía dieciséis años y aún poseía otros seis turnos.

Seudónimo: Marlon C. Lewis

miércoles, 14 de junio de 2017

34. UNA DURA DECISIÓN. De Máximo A. Campo


Todo empezó hace dos semanas atrás, cuando mi esposa decidió planificar un viaje al bosque. Hasta ese momento, mi vida era perfecta. Un excelente trabajo, muchos bienes lujosos, pero lo más importante una esposa que me ama. Pero este viaje está a punto de arruinar mi vida, y esto como es posible. Es simple, ya que en el bosque hay centenares de osos sedientos de sangres.
 Y como se esto sobre los osos, es muy sencillo. Ya que es la página número 46 del Manual secreto del hombre, aquel libro con el que cada hombre nace. Dice esto.
… Si por algún motivo de la vida, deben adentrarse en un bosque. Recuerden que los osos están sedientos de sangre, debido a que en el pasado los hombres los matábamos para probar nuestra fuerza. Y gracias a esto, ellos buscan venganza. Pero no preocupen hombres, ya que si llevan una tupida barba, se puede matar osos a mano limpia fácilmente. Así que si van al bosque, déjense las barbas y estarán a salvo….
Sabiendo como lidiar contra los osos, me empecé a dejar la barba. Pero lo malo, es como trabajo en un banco no me permiten llevar barba. Luego de algunos días, que la barba se notada demasiado. El gerente del banco me llamo, y ese día casi me despiden. Pero luego de explicarle porque me dejaba la barba, me permitió llevarla por unos días.
Pero una tragedia ocurrió la noche anterior al viaje. No sé que le habrá pasado por la cabeza a mi esposa, pero esa noche, mientras dormía tomo la afeitadora, y me la paso por toda la barba. Y como era de esperar, mi barba desapareció.
Y ahora estoy, pensando que hacer. Si ir al bosque sin barba, y poner en riesgo a mi esposa. O decirle toda la verdad, sobre porque no podemos ir al bosque, pero esto ameritaría contarle sobre el manual secreto. Y como todo hombre sabe, la primera regla del manual, es nunca contarles a las mujeres sobre el manual. Y ahora no se qué hacer, si revelar el secreto más antiguo de los hombres, o poner en riesgo al amor de mi vida.

Seudónimo: Máximo A. Campo

33. EL PRECIO DE LA VIDA. De The Green Worm


Los unicornios. Hace cien mil años estos seres se alimentaban de nuestra vía láctea cuando se percataron de lo sola que se encontraba la madre tierra. Acostumbrados a repartir alegría por la galaxia, decidieron obsequiarnos con sus heces, el avivador más potente conocido. Pero los humanos no apreciaban la vida sino la muerte, destruyendo a estos hermosos seres. Es así como el Regulador Intergaláctico castigó a los humanos haciéndoles pagar por el zumo de naranja natural su equivalente en sangre de unicornio.

Seudónimo: The Green Worm

32. EL ELEGIDO. De Martín Ximénez de Aibar


Sabía que debía dejar de mirar; que lo lógico era girarse y correr. Pero no podía despegar la vista de aquel dedo que, agarrado a la ventana como si tuviera una ventosa, sobresalía del cristal y apuntaba hacia él. Sus pies se deslizaron despacio, pero irremediablemente, hacia la ventana. En un último instante de lucidez, sacudió la cabeza, y trató de pestañear, pero estaba como hipnotizado y el postrero momento de resistencia consciente desapareció. En su cabeza solo existía ya aquel dedo que debía alcanzar como si fuera un premio. Su brazo se movió hacia arriba, lentamente, temblando un poco. Su nuez subió y bajó como si estuviera tragando, aunque en realidad tenía la boca seca. Ni siquiera era ya consciente de que seguía avanzando hacia el apéndice. Su mano se acercó al dedo, tan lentamente que parecía que se movía a cámara lenta. Y, por fin, lo alcanzó. Fue a llevárselo, pero su cuerpo no respondió.
Notó un fuerte tirón y un enorme estallido al que no siguió ruido alguno. Y en el silencio vacilante de la eternidad, se escuchó el sonido inequívoco de una ventosa al ser liberada. El sonido se prolongó durante unos instantes interminables. Hasta que, de pronto, todo regresó a la más absoluta de las afasias. Trató de sonreír, pero su cara, como todo lo demás, estaba paralizada. De súbito, todo se contrajo. Supo que estaba perdido, cuando el mismo sonido de vacío se replicó miles de veces, al tiempo que otros tantos miles de dedos se agarraban a todas las partes de su cuerpo. Mientras se quedaba pegado al cristal y notaba como si algo se lo estuviera tragando, solo tuvo tiempo de gritar una vez. Un alarido corto y ronco, que no le permitió más que coger una última bocanada de aire mientras el cristal se lo tragaba. Como toda oposición, solo logró estirar un poco su brazo derecho. Sintió un insufrible dolor que duró un instante eterno y que se fue tal y como había llegado. Todo se envolvió de nuevo en silencio. Y de su existencia solo quedó un dedo agarrado a un cristal que señalaba de frente, buscando al elegido.

Seudónimo: Martín Ximénez de Aibar

domingo, 11 de junio de 2017

31. ¡ARRE UNICORNIO! De Eslaba


Había una vez en un extraño lugar, un bosque mágico lleno de unicornios. Cada uno tenía una función para que todo marchase bien allí y en todos los lugares y para que ninguna persona dejase de soñar y de cumplir sus sueños. Cada unicornio llevaba la melena de un color diferente que significaba un sentimiento. Un sentimiento que deberían reforzar en las personas para que no se rindieran ante sus sueños. El unicornio de larga melena amarilla se dedicaba a llevar consigo la alegría hasta las personas que más tristes se encontraban mientras el unicornio verde regalaba esperanza allí por donde pasaba. El de la melena naranja transmitía fortaleza y el de melena roja regalaba la pasión. El unicornio rosa llenaba todo de paz y el violeta de un montón de creatividad. Pero para los casos más extremos existía el unicornio multicolor. Y era ese el que se había dado cuenta de que en el pueblo había un niño que había dejado de creer en los cuentos de hadas y príncipes, donde todo acababa bien y lo que es peor, había dejado de creer en los sueños. La verdad es que había tenido una vida bastante dura para su corta edad. Así que el unicornio salió a estudiar el caso para intentar sorprenderle y que volviera a soñar. El niño adoraba ver las estrellas y cuando llovía, le encantaba ver como se creaba el arco iris. El unicornio partió hacia la lluvia y cuando el niño esperaba en la ventana para ver como el arco iris nacía, apareció volando el unicornio más bonito del planeta. Era como si el arco iris naciera de su cola y eso la verdad no se lo esperaba, pues no creía en cuentos, ni en unicornios ni en las hadas. Los colores le hicieron sentir bien y la magia que acababa de ocurrir hizo que sus miedos lejos volaran. Y es así como empezó a creer en los cuentos, en los sueños y en la magia. Y así fue como creció fuerte, valiente y sonriente pasara lo que pasara. La vida había que cargarla de ilusión y eso le había regalado aquel extraño caballo de un cuerno cargado de colores.
Seudónimo: Eslaba


sábado, 10 de junio de 2017

30. ARLEQUIN CARNAVALIN. De Arlequin carnavalin


Surcando el Gran Canal, finalmente el carro naval alegórico por  peces gondoleros tirado a Venecia llegó disfrazado.  En cuanto aterrizó, me puse el antifaz, el traje rombado, calcé  las aletas volantes  y me mezclé con la multitud. Estaba sobrevolando  el  Campanario para captar lo extraordinario de esta juerga con mi disfraz fotográfico. Tras haber captado  la esencia carnavaleska que me alimenta,  busqué un sitio para abrir la puerta interdimensional. De golpe mi puntiagudo gorro sensorial estalló. Había acusado la presencia de una máscara fuera de lo normal…. era una guapísima chica que llevaba una careta apalomada con un gran tatuaje cadavérico en su cuerpo. Pero lo más raro era que cuanto más me le acercaba más su apariencia cambiaba… se parecía a una esfinge. Ahora la  sambista paloma roja me seducía, ¿por qué sería?, la perseguía incansablemente, abriendo paso por la mar de gente enmascarada,  ¿dónde estaría?, entonces gracias a mis poderes  telepáticos la descubrí… estaba en el Puente de los Suspiros suspirando… volé hacia ella, acto seguido estaba besándola y  pude darme cuenta de que su cuerpo no era virtual  sino hueco, hecho de piedra, sus labios tenían un sabor metálico, quemado y áspero que me absorbían el subidón carnavalesko.  Le quité la máscara….  Mientras tanto el dibujo espectral que había cobrado vida asumía una figura craneal que proyectaba un mensaje tridimensional …
"Una adivinanza te voy a poner Todo tendrás que acertar Tu alegría no quieres perder
Este espíritu quieres ahuyentar…"
Sí, era Colombina Cuaresmal que el martes de Carnaval elige un bromista y  le hace preguntas que sólo un artista puede contestar correctamente pues si no jamás volverá a disfrutar de esta fiesta."
-¿¡No sabes quién soy!? Nada me podrás hacer hoy! Me llamo Arlequín Carnavalín, Antes me llamaban Saturnalia, ahora me llaman también Carnaval. Soy la personificación carnavaleska que todo el universo imita…

Seudónimo Arlequin carnavalin

viernes, 9 de junio de 2017

29. LOS GRILLETES. De Miguel Lora


Mamá vino con el vaso de agua que le había pedido. Me cubrió con la sábana hasta el cuello, me dio un beso en la frente y bajó la persiana del dormitorio para que no entrara la luz. Cuando nos quedamos a oscuras, volvió a mi cama y me dejó la estaca debajo del almohadón. Y me dijo: "Si me acerco, ya sabes qué hacer".
Entonces oí cómo se alejaba hacia el fondo, se colocaba los grilletes y tragaba el somnífero.
-Hasta mañana, mamá.
-Te quiero, hijo. Que descanses.
Antes de quedarme dormido, me aseguré de que tenía el arma a mano. En las últimas noches, la pastilla había tardado en hacer efecto y la grieta de la pared no soportaría más tirones. Mamá también tenía mucha sed cuando se acostaba, pero nunca pudimos beber del mismo vaso.
Seudónimo: Miguel Lora



miércoles, 7 de junio de 2017

28. ÁMSTERDAM, 1650. De Primus Cálamus


Durante el asalto de Praga, al finalizar la guerra de los Treinta Años, Caramuel capturó a cuatro mercenarios suecos a los que perdonó la vida  a cambio de un servicio especial en Ámsterdam. Les ofrecía la libertad y un generoso predio cultivable perteneciente a la orden del Císter. La reina Cristina de Suecia había colaborado en el envenenamiento de Cartesius, al que había contratado como preceptor, pero no se encontró el autómata que se suponía oculto en las dependencias privadas del hereje. Debía estar en un lugar secreto de Ámsterdam, aunque Cartesius cambiaba frecuentemente de residencia para no ser localizado por la Inquisición. Caramuel y sus mercenarios suecos se dirigieron a la ciudad holandesa, ocultos en un convoy de materiales de construcción. Se introdujeron en el supuesto último domicilio de Cartesius, aquel desde el que había respondido por carta a las objeciones presentadas por Isabel de Bohemia a sus 'Meditaciones Metafísicas'.  No dudaron en asesinar a los criados y a la mujer de ágiles manos que tocaba el clavecín cubierta con una peluca de grandes tirabuzones rubios, vestida de seda azul bordada en oro. Saltaron chispas de sus mosquetes. Los cuerpos ensangrentados quedaron esparcidos en el salón. Los perros del vecindario comenzaron a ladrar y los vecinos dieron la voz de alarma. La expedición no pudo encontrar el objeto de su búsqueda: el autómata con el que Cartesius había querido devolver la vida a su propia hija y del que la Princesa Elisabeth de Bohemia había extendido por toda Europa el bulo de que mantenía relaciones sexuales con su padre después de muerta. Caramuel certificó ante el Santo Oficio que semejante objeto blasfemo no existía. Las autoridades holandesas recogieron los cuerpos y evaluaron los daños infligidos a la propiedad. Se subastaron los enseres encontrados. Un relojero suizo hizo la puja más alta para adquirir los engranajes que habían encontrado dentro de un vestido de seda azul, junto a un deteriorado clavecín.

Seudónimo: Primus Cálamus

27. LA NONAGÉSIMA SEMANA. De El Dañino


Noventa millas es la distancia que separa la costa de Cuba de la de Estados Unidos.
A las seis de la mañana se sintió el primer movimiento, que duró dos segundos. Los que sabían de terremotos nos advirtieron que se trataba de otra cosa. Al mediodía se percibió el segundo. A las seis de la tarde el tercero. No eran temblores, sino tirones, encontronazos.
Estábamos atentos a las noticias, pero ningún medio nacional o internacional hizo referencia al asunto. Las conjeturas no proporcionaban evidencias de que la mayor de las islas del Caribe retumbara cada seis horas como si fuerzas extrañas la estuvieran halando o empujando hacia el norte. Las tropas de artillería e infantería del ejército se emplazaron en el litoral. Aumentaron los derrumbes en la parte antigua de la capital, pero el Estado, más carente de alma y sensibilidad que de presupuesto, no alarmó a la población. Varios científicos, de forma extraoficial, nos hicieron saber que se trataba de un insólito desplazamiento de la isla, a una velocidad de una milla por semana. A partir de entonces, ateos y religiosos coincidieron en que se cumpliría, por fuerzas magnéticas o espirituales, el sueño de la mayoría de los habitantes, quienes mantenían una confabulación tácita y esperanzadora: "En noventa semanas llegamos…". Los moradores de los edificios altos informaban:
"Anoche se vieron las luces…", "Hoy los edificios…". Hasta que una límpida mañana de la nonagésima semana, nuestras playas se unieron a las de la inerme península enemiga. Fueron los soldados los primeros en echarse al agua y nadar hasta la otra orilla.

Seudónimo: El Dañino

26. QRUQ. De Masmédula


Se conocieron en la estación  minera de Nébula 14, donde se reunía una gran cantidad de seres procedentes de todos los cuadrantes de la galaxia. Ella se llamaba Amanda y era terrícola, el Qruq y era un molio procedente de Trenbolan. Los molios son seres de superior inteligencia,  pero a diferencia de la mayor parte de las especies conocidas, su cuerpo no tiene una base de carbono, sino de neutrinos. Amanda se enamoró de Qruq desde el primer momento en que lo vio. Le gustaba su cuerpo  fuerte, bruñido y tornasol. Durante largo tiempo estuvo lanzándole indirectas sin  que le correspondiera.
Llegó el día de la fiesta de navidad de la compañía minera. "No importa de qué medio me valga pero tengo que hacer que Qruq repare en mí" se dijo Amanda.  Durante toda la fiesta intentó platicar a  solas con él,  lo invitó a  bailar,  pero Qruq, sin ser grosero,  rechazó sus insinuaciones. Esto picó más el orgullo de Amanda. ¿Por qué no estaba interesado en ella que era joven, atractiva, con humor y mundo?  ¿Cómo podía  Qruq estar  más interesado en platicar con los aburridísimos lasperios que apenas y tenían conversación?  Finalizaba ya la fiesta, todos los asistentes comenzaban a retirarse, algunos riendo estrepitosamente, otros trastabillando, sosteniéndose de las paredes para apoyarse.  Amanda también  había bebido su dosis de licor vestasiano  y su buen juicio se tambaleaba al igual que su cuerpo. Solo  eso puede explicar  su acción impetuosa y espontánea: al ver que Qruq se retiraba, se abalanzó sobre  él y lo abrazó con todas sus fuerzas. Amanda tenía que haberlo sabido: los neutrinos que forman la composición básica de la estructura orgánica de un molio  se mantienen estables pero  la sensación de una amenaza inminente acelera las partículas y eleva la temperatura corporal cientos de grados.  Eso fue exactamente lo que sucedió. Amanda experimentó una gran felicidad pero fue sólo un instante, inmediatamente sintió que su cuerpo se quemaba y que se desvanecía en el aire.  Finalmente, emitió un intenso resplandor de blanca alegría  y desapareció, una parte de su cuerpo se evaporó,  la otra se precipitó al suelo convertida en un montón de cenizas.

 Seudónimo: Masmédula

sábado, 3 de junio de 2017

25. EL VETERANO. De Koljaiczek


 Ya sé lo que dicen los libros de Historia. En el año 5142, según el calendario de Mayicien, las hordas de Terlae salieron de Hardanthon para atacar el corazón del mundo civilizado. Ocho años de guerra, que señalaron el fin de la Era del Desequilibrio y dieron inicio a la Era del Despertar. Los niños recitan como papagayos los nombres de sus protagonistas. Taircon demi Elercón, Legionado Supremo que consiguió defender Elenún frente a un enemigo mucho más numeroso. Sondar demi Tiar, el líder de los Dundamael, una pequeña escuadra de élite que nos enseñó que algunos mitos eran reales, y peleó  contra los horrores abandonados en este mundo por los dioses, que llegaron desde las estrellas.
No me deis lecciones, no. Yo estaba en las murallas de Raidel cuando la guerra empezó. Fui el primero en divisar las huestes de la Liga de los Reyes, el día que abandonaron sus puntos de partida para conquistar el mundo. Recuerdo el miedo, instalado en las tripas, sacándome un insulto y una ventosidad, mientras intentaba tocar el cuerno. Yo tenía veinte años, y sólo era un soldado sin galones, aficionado a los hombres, las cartas y la cerveza. Pero supe que ese día se acababa mi existencia. Vivo o muerto, a la mañana siguiente ya no sería el mismo. Sería transformado por esa marea de lanzas, caballos y máquinas de asedio. Veinte mil hombres contra dos mil.
Tengo noventa años, pero mi memoria no se ha estropeado con las décadas. Os puedo contar lo que significa combatir durante varias horas, sin otro remedio que mearse y cagarse encima, tan cansado que se llega a pedir la muerte. Otros viejos os adornarán la guerra, para darse lustre, pero yo no. Si queréis registrar mi testimonio, sea. Hablaré mientras no me falte la cerveza. Sobreviví lo suficiente para participar en la Batalla de la Rosa de los Vientos, y no importa contarlo. Pero mis palabras serán sucias, serán amargas, y estarán manchadas de sangre. Olvidad la Historia, que ha sido escrita por los poderosos para respaldar sus propios intereses, y escuchad la verdad.

Seudónimo: Koljaiczek

24. EL ENCUENTRO. De Niadán


"Apenas faltan cinco minutos para la medianoche. Entonces tocarán fantásticamente las campanas de la iglesia y sus graves ecos recorrerán las calles sin nadie que los oiga excepto yo. El vacío de las ruinosas casas vibrará presa de la maldición. Habrá llegado el momento. La temperatura desciende paulatinamente y no consigo dominar el temblor de la mandíbula.  A mi alrededor, furiosas ráfagas de viento arremolinan impetuosas las hojas secas levantándolas con rabioso gesto del suelo mientras las copas de los árboles, en frenético vaivén,  recortan la  inquietante negritud celestial. Sólo quedan tres minutos. Va a venir. No en vano pronuncié su nombre según la temible fórmula ancestral arrodillado sobre una estrella de cinco puntas que pinté con la sangre del carnero. El olor silvestre de las flores se oculta ahora tras un agrio hedor repulsivo y desde cada rincón me siento escrutado por alguna figura que cruzase fugaz. Un minuto. Quizás no suceda nada fuera de mi perturbada imaginación y,  finalmente, en este pueblo abandonado de la comarca de Uzruk  la noche no sea tan distinta a cualquier otra invernal y solitaria noche de noviembre".
Cuando las campanas iniciaron el lóbrego tañer,  su cuerpo fue súbitamente elevado en el aire y retorcido en imposibles contorsiones hasta que desapareció desintegrado, devorado por  horribles sombras cambiantes. Su último alarido coincidió con la duodécima campanada. Después todo quedó sumido en un tétrico silencio: el encuentro se había consumado.

Seudónimo: Niadán

23. VIDA. De Mara


Curvó crónicamente su cuerpo durante varios segundos. El movimiento continuo y de forma ascendente le permitió superar la fuerza de gravedad e impulsarse hacia arriba, saliendo a la superficie. El aire lo envolvió. Reptó y se arrastró durante varios minutos por aquél terreno húmedo e irregular, sin perder de vista le meta a la cual se dirigía. Tenía el cuerpo débil y bastante golpeado. Cada centímetro de suelo que dejaba atrás se cobraba un poco de su energía. Las raíces, el humus y todos los elementos constituyentes del terreno por el cual se arrastraba, parecían afirmarse a él sujetándolo e impidiendo que avanzara. Contra todos los pronósticos continuó hasta dar exitosamente con la pronunciada elevación que se desplegaba frente a él. Eligió uno de los extremos, el menos pronunciado, para iniciar su recorrido de forma ascendente. A medida que avanzaba, la pendiente se volvía más articulada. La dificultad en el traslado aumentaba, al igual que el miedo por perder la compostura y caer. Pronto, divisó la cima. Con las últimas energías de las cuales disponía, se arrastró hasta la cumbre y rodó hasta dar con un sector más blando y ahuecado que el resto. La superficie era rojiza y laxa, y parecía ser lo suficientemente profunda como para resguardarse durante un buen tiempo. Repentinamente comenzó a oír golpes y estruendos, que muy rápidamente se volvieron más claros y cercanos. Un fuerte golpe se descargó sobre él: lo estaban atacando. El impacto lo desestabilizó e interrumpió su ingreso al hueco protector. Un segundo embate aún más violento que el anterior lo embistió y quebró su cuerpo en dos partes. La agresiva fuerza lo arrancó de la empinada elevación y arrojó con violencia hacia la húmeda superficie, para luego cubrirlo pesadamente y por completo hasta extinguir su vida.
El policía retiró su bota de la húmeda tierra atestada de insectos en la cual se había hundido, al tiempo en que gritaba con desesperación el nombre del forense y quitaba con ambas manos los cientos de gusanos que cubrían las heridas abiertas y sangrantes de la muchacha que yacía tendida y desnuda sobre aquel patio trasero, asesinada.

Seudónimo: Mara

miércoles, 31 de mayo de 2017

22. OJOS DESORBITADOS. De Pulpo


Nunca pensé que los ojos podían salir de sus orbitas a voluntad. Quizás fue el susto de verle lo que provocó que mis lóbulos oculares quedaran colgando de mis mejillas. El corazón me late enloquecido cuando pienso en las imágenes fragmentadas que llegaban a mí cerebro mientras corría presa del pánico, sosteniendo delicadamente mis balanceantes ojos.
No debí mirar. Siempre sospeche que vivía dentro de aquel jarrón de flores. Extrañas señales me advirtieron de su presencia: muchedumbres de insectos entrando y saliendo diariamente como si recibiesen órdenes, y aquel olor penetrante a carne podrida.   
Por la noche el tropel era mayor. No podía conciliar el sueño ni hartándome de somníferos. Así que me llene de valor. Pasada las dos de la madrugada me desplace descalzo en la oscuridad y con agilidad prendí la linterna y mis ojos se colaron en el interior del jarrón.
Una maraña de antenas y patas me erizó la piel y desee gritar a todo pulmón pero no pude. Entre el enjambre vi aquel par de ojos descoloridos que ejercieron presión sobre los míos como un gran imán. Volví a mirar a mi odiada esposa a la que creí lejos de mi vida para siempre.
Su dedo medio con el anillo de piedra azul era transportado por un enjambre de hormigas hacia el interior del florero. En ese instante supe que regresaba a la vida recomponiéndose pieza a pieza. Solo arrancándome los ojos dejaría de verla deambulando nuevamente por la casa.

Seudónimo: Pulpo

martes, 30 de mayo de 2017

21. GIROS. De Helerda


El bosquecillo estaba a la vista, tal vez a doscientos metros. Si podía llegar y ocultarse en el mismo, seguramente estaría a salvo. Pero en esos doscientos metros no había refugio ni escondite. "¿Qué hacer: arriesgarse en una corrida o esperar a la oscuridad?".
Mientras recuperaba el aliento, trató de recordar cómo había llegado hasta ese lugar. Esa mañana estaba dictando su clase habitual en la Universidad cuando súbitamente se interrumpió la energía eléctrica, enmudecieron los teléfonos móviles y el tránsito en la calle se volvió caótico. Sus alumnos abandonaron el aula en tropel y a los gritos, y quedó solo, boquiabierto y en penumbras.
De alguna manera había llegado a la autopista, pero cuando la misma se vació de vehículos, comenzó a caminar por un trigal hasta que vio la pequeña colina en cuya cima se encontraba en ese preciso momento.
"¿Y si el bosquecillo era una trampa?". Tal vez lo estaban esperando y solo les estaba facilitando la tarea. Era imprescindible adoptar una actitud diferente, rebelde, inesperada.
Lentamente comenzó a quitarse la ropa y a doblar las prendas con sumo cuidado. Las apoyó sobre el piso y desnudo se sentó sobre ellas.
Cuando los vio llegar, se levantó, colocó los brazos en cruz y comenzó a girar despacio: tres giros en un sentido, tres en el otro, tres giros en un sentido, tres en el otro…
Mientras seguía girando, una breve sonrisa apareció en su rostro: su extraña conducta generaría discusiones y un montón de hipótesis erróneas. ¿Cuántas, cuáles?, no lo sabía, pero seguía girando.

 Seudónimo: Helerda

20. SUPERVIVENCIA. De H. Melville


Aquella fue una época difícil. Los meses de constante nevisca hacían que escasearan los alimentos y la oportunidad de conseguirlos. La gente subsistía a como diera lugar. Eran tiempos de supervivencia. Nosotros habíamos logrado extender las escasas provisiones por varias semanas, pero ya comenzaban a disminuir. Nos sentábamos a la mesa y descubríamos en nuestros rostros el miedo, la cada vez más creciente preocupación por los días venideros. El frío y el hambre amenazaban con arrasar nuestra existencia. Fue entonces que —para sorpresa y angustia de todos— la abuela cayó en cama abatida por una depresión. Desesperanzada ante aquellas condiciones que nos habían tocado vivir, aseguró que la muerte era todo cuanto necesitaba para terminar con su arruinada vida. Esa misma tarde preparamos la cena más fastuosa que nuestros suministros nos permitieron. Durante el banquete la observábamos y sonreíamos al tiempo que nos abrazaba la certeza de poder sobrevivir, al menos, otro invierno. Eran tiempos de supervivencia y aquella noche, la querida abuela, no cesaba de agradecernos por la enorme bondad que albergábamos en nuestros corazones.

Seudónimo: H. Melville

19. JONBAR MUNDIS. De Hawthorne Abendsen


Venía leyendo las últimas páginas mientras se aproximaba a la estación de tren. Fascinación absoluta por "La plaga de la langosta".
Extraordinario, pensó, como a alguien se le pudo ocurrir un mundo así de alternativo pero tan creíble.
Al llegar a la estación levantó la vista pues le encantaba mirar la cúpula. Vio los símbolos nazis y los uniformados. Se espantó por todas las manos derechas en alto.
Se abrió paso a los codazos a diestra y siniestra y se bajó del colectivo. Corrió aterrada hasta que la camioneta la atropelló y quedó tendida. La ambulancia llegó enseguida pues estaba en la misma esquina.
Cuando recuperó la consciencia, notó que un paramédico de cara familiar pero extraña ya le había colocado un cuello. Tenía en una mano el libro que venía leyendo en el bus.
Ella señaló hacia la estación, hacia la doble fila de brazos en alto.
—Entiendo —le dijo él mientras miraba la tapa—. Pero no te asustes tanto, están filmando una película con Brad Pitt, por eso los símbolos nazis.
Ella señaló otra vez hacia arriba.
—Te molesta el sol ¿verdad?.
Él, sostuvo el libro en lo alto con una mano para que le proyectara sombra. Con las otras dos, le acomodó la tabla espinal.0

Seudónimo: Hawthorne Abendsen

domingo, 28 de mayo de 2017

18. MICROCÁPSULA. De Microcápsula


Entro nerviosa e impaciente  en el cuarto de baño. Saco del bolso el minúsculo envoltorio que apenas puedo sostener entre mis manos temblorosas. Me cuesta creer que algo tan pequeño esconda tanto poder.
Fui bien advertida sobre su fragilidad. Debía tener especial cuidado, cualquier golpe podría alterar el compuesto e inutilizarlo por completo. No me atrevo  ni  a considerar siquiera la posibilidad de que algo así ocurra. La sola idea de tener que renunciar a lo que ansío me aterra.
Observo con anhelo el paquete  y, antes de abrirlo, repaso mentalmente las instrucciones recibidas.
"La microcápsula debe ser introducida bajo la uña del dedo pulgar. Después, para facilitar la rápida absorción de los compuestos, debe acostarse. En pocos segundos quedará dormida  y, cuando despierte, el proceso se habrá completado en su totalidad".
El momento que estoy viviendo es tan importante que me demoro adrede en los prolegómenos para gozarlo con mayor intensidad. Por eso ahora me miro en el espejo y observo  por última vez la imagen que me devuelve, la imagen de un rostro perfecto, un artificio esculpido con la maestría de un artista, pero en el que ya nada queda de mi. Mis  ojos buscan un rasgo familiar que no encuentran y, frustrados, van en busca de la cápsula que sostengo entre los dedos.
………..
Sobre la cama yace el cuerpo de una mujer desconocida. Su rostro, surcado de profundas arrugas, casi sonriente  en su hieratismo, recuerda vagamente a alguien. Mientras, en la radio, la voz flegmática de un locutor cualquiera comienza el relato de las noticias:
"La llamada INVERSIÓN DEL PROCESO es un avance científico denostado, rechazado por la mayoría. Hoy por hoy se encuentra en fase experimental, tratando de anular los graves efectos secundarios que, al parecer, puede producir".        

Seudónimo: Microcápsula

jueves, 25 de mayo de 2017

17. ENIAC. De Jota Ese


Una molestia cardíaca hizo que el señor J. Presper dejara en manos de la máquina jefe la gerencia del complejo. Comenzaron entonces los reclamos y el descontento de los operarios. El régimen violaba  los acuerdos laborales existentes y los preceptos de la Convención Interamericana de Derechos Humanos.
Resultado: convocatoria urgente del sindicato para declarar el estado de alerta. La medida ocasiona la calentura del jefe y una sanción disciplinaria colectiva, porque los obreros se fugaron a la reunión tres segundos antes de sonar la sirena. El sindicato designa altos comisionados para entrevistarse con ENIAC, en el departamento de mandos de la empresa, donde se ventilan circunstancias extremas.
El artefacto los recibe con frialdad y altanería. Sus programas y memorias no contemplan piedad, consideración, buenas relaciones con los trabajadores. Él fue instalado para controlar  la firma, sus pertenencias, el personal, los guarismos, la seguridad, la producción, los rendimientos. Todo. En consecuencia, para la adecuada marcha de la factoría los dirigentes del motín quedarán cesantes de inmediato y además… En vista del comportamiento atrabiliario del jefe, uno de los afectados corta los cables de alimentación con el hacha de emergencias. El ataque a mansalva provoca síncope fatal, cortocircuito y deceso inmediato de las neuronas electrónicas. Infortunadamente, nadie sabía que ENIAC controlaba a distancia el marcapasos del señor J. Presper,

Seudónimo: Jota Ese

lunes, 22 de mayo de 2017

16. EL ORIGINARIO. De Sheridan Le Fanu


—Ellos llegaron y descendieron con sus naves sobre nuestro suelo. Con sus trajes blancos y sus escafandras impenetrables se posicionaron, plantaron su bandera para decir: «este mundo y todo lo que hay sobre él ahora nos pertenece»…
—Pero los documentos afirman que no había vida en la Tierra. Es decir, tan solo enormes animales carnívoros y plantas gigantes. ¿Cómo es que no dice nada sobre ustedes? —El entrevistador cruzó las piernas, y lo miró con una mezcla de ironía e indiferencia. El interlocutor sonrió apenas, pero sus ojos oscuros, burlones, decían más que la falsa sonrisa que ensayó en el rostro grisáceo.
—Ustedes solo hablan de vida humana. Lo que no es como ustedes no existe. Por supuesto que no dice nada, nosotros estábamos de más, o nos convertíamos en «humanos» o nos exterminaban con el famoso meteorito… —La sonrisa y la burla desaparecieron, y dieron paso a una expresión feroz en su cara—. Solo yo logré sobrevivir: soy el último de los originarios.
—¿Qué ha estado haciendo durante todos estos milenios que se mantuvo oculto?
—Los estuve observando, estudiando su modo de vida.
—¿Estudiándonos? ¿Por qué? ¿Cómo?
—No se puede modificar lo que no se conoce… He tenido tiempo suficiente para empaparme de conocimientos y técnicas científicas. Pero, cierto… nuestra inteligencia fue lo primero que  subestimaron…
—¿Cuál es el motivo de esta entrevista? —preguntó impaciente el periodista, al ver que la expresión en el otro se tornaba amenazante—. ¿Para qué me buscó? Yo podría haber revelado su paradero… —No pudo continuar, el originario le desgarró el pecho con las zarpas  que luego escondió. La minicámara siguió grabando, para horror del resto de la humanidad que veía cómo aquel era devorado por una pujante generación de originarios.

  Seudónimo: Sheridan Le Fanu  

15. CONVERSACIONES BAJO LA MESA. De Catulo


El puntero nunca se movía. Intacto permanecía bajo la mesa. El tablero estaba escondido. La abuela lo había ocultado para que ninguno de mis amigos se pudiera mofar de esas cosas tan respetuosas. Mis amigos eran muy educados y jamás se habrían burlado de nadie, pero esa tarde teníamos ganas de jugar. Como por arte de magia hallaron el tablero y debajo de la mesa nos pusimos manos a la obra.
Era simple. Las reglas estaban claras. Nos situábamos dos a la derecha y dos a la izquierda. Unos hacían preguntas, otros contestaban de manera estrafalaria montando un conjunto de sinsentidos, que hubieran provocado paranoia a cualquiera que lo hubiera leído. Pero lo que de verdad hizo especial esa tarde fue la llegada de mi abuela, que decidió jugar con nosotros. Era la primera vez que hacía el juego de la copa conmigo, por eso me extrañó, siempre me había dicho que ese juego no era cosa de niños.
Ya estábamos terminando cuando mamá me llamó:
-¡Alfonso!-.
-¡Estoy en la cocina, mamá!-.
Mi madre, que me conocía perfectamente, se acercó y levantó el roído mantel negruzco que mantenía la mesa en pie.
-¿Ya estás otra vez aquí? ¡Venga! ¡Termina de vestirte! Nos tenemos que ir al hospital. La abuela está malita. Tranquilo, no es nada...-.
Me levanté y sonreí "a mis amigos". Mientras yo me iba a mi dormitorio, mamá veía boquiabierta como ellos movían el puntero debajo de una mesa vacía.

Seudónimo: Catulo

14. SIN PENA NI GLORIA. De Dragones de Artemisa


 Siempre pensé que te necesitaba, y fui a buscarte. Te encontré una tarde solitaria y te quise.  Tu brillo me enloqueció y sumisa, tan oscura, entre mis brazos, te cobijé. Me diste todo lo que te pedí y nunca pensé que en la cama íbamos a pasar tanto tiempo. No me cansaba de
mirarte y de tocar tus negras formas.
Planeé viajes para disfrutar juntos en la penumbra de mis pensamientos. Mi vida iba a
cambiar y era mejor contigo, ya no me imaginaba el mundo con tu ausencia, y solo me aseguré de que estuvieras siempre bien, fría a mi lado, como nadie  estuvo jamás.
Tu compañía sería mi puerto, mi sangre en las noches, mi apacible música, mi lazo con el más allá. No había nada más. Y sin embargo, algo pasó, no sé qué, pero pasó.
Nuestros primeros días fueron gloriosos y casi pude ver un sendero de felicidad que nos
unía, pero por alguna razón que no comprendí, una mañana me miraste displicente desde tu
cara angulosa y bella, y no me hablaste. Mis caricias no te estremecían, nada te complacía.
Te pedí por favor, lloré por ti, y por mí, con un miedo tremendo. Tanto tiempo esperando por vos y ahora que te tenía, mi cariño no te importaba nada. Solo querías morir, sin mí.En una desazón inconmensurable me deshice en ruegos. Solo una explicación, solo una te pedí, pero nada. Una palabra, un destello, pero nada. Y nada te conmovió de mí y me pregunté si me había equivocado tanto ¿Qué fue, qué te hice, soy yo? Nada. Tu silencio me dolió hasta la médula, y vi todos mis planes por tierra, solo por vos, por tu cruel abandono. Pasaron las horas y dar vueltas a tu alrededor no resultó, ni tocarte, ni hablarte, ni gritarte cuando ya mis nervios estaban destrozados. Los ojos inflamados y la voz quebrada, y vos nada. Los rituales no te trajeron de vuelta, ni los sacrificios, ni la magia, ni vender mi alma. ¿Cómo pudiste hacerme ésto, no tenías derecho. Yo te quería, aún sabiéndote sin corazón. Ya está, no importa, yo resucitaré, como hice siempre, como siempre me levanté del fondo de mis angustias, y en mi soledad continué con mi vida. Porque es mi vida, y nadie, ninguna como vos, ni vos, me van a joder la vida ¡maldita tablet!

Seudónimo: Dragones de Artemisa

jueves, 18 de mayo de 2017

13. PLAN B. De Magopitágoras


"¡Maldito trabajo!", pensó Rod mientras contemplaba como el misionero bajaba de la nave espacial y se adentraba en la espesura de la selva. Durante el último mes había sido testigo de la misma escena una docena de veces y sabía que siempre finalizaba dramáticamente. Él elegía para aterrizar un lugar no explorado de aquel enorme y boscoso planeta y allí abandonaba a su suerte a un religioso cuyo objetivo era expandir la palabra de su dios por todo el universo. Rod ni siquiera conocía para qué ser divino estaba trabajando; había muchos en el mercado. En todo caso, no le pagaban lo suficiente para soportar mentalmente lo que ocurría allí sin volverse loco. Y es que en cuanto los indígenas localizaban al misionero lo mataban a sangre fría, lo sacrificaban probablemente en honor a otro dios diferente y se lo comían. ¡Bárbaros caníbales! Daba igual si el lugar de aterrizaje se encontraba a miles de kilómetros del anterior, si era costa o montaña, selva o desierto. Todo el planeta se hallaba infestado de caníbales. ¡Y todo el universo parecía lleno de misioneros lo suficientemente estúpidos para dejarse devorar en nombre de su dios! El voluntario de turno, esta vez una mujer, se giró y le saludó antes de perderse entre la vegetación. Parecía feliz. A Rod se le escapó una lágrima por ella.
Lo que el piloto desconocía era que los misioneros no fallecían en vano. Por su sangre circulaban millones de nanorobots que se encargaban primero de insuflar en ellos la euforia necesaria para atreverse a realizar tan gran sacrificio y después, ya dentro del organismo de los caníbales, provocaban en ellos visiones oníricas y delirios religiosos que se convertirían más tarde en la semilla de una nueva religión. Dios siempre disponía de un plan B.

Seudónimo: Magopitágoras

12. EL SEGUNDO ADVENIMIENTO. De H. Hellpop


"Cuando Walter Elias Disney despertó del sueño criogénico, miles de Sus criaturas antropomorfas- endriagos de la ingeniería genética- se congregaban en el templo aguardando el segundo advenimiento que por fin les redimiría. En la fecha y hora fijadas la capsula de criogenización se abrió y Disney resucitó, como vaticinaban los libros proféticos. Le cubría hasta los pies una túnica blanca con bordados de oro y un fulgor de luz láser le rodeaba como un halo. La parte humana de la híbrida naturaleza de los engendros les obligó a postrarse al unísono ante la presencia de su Señor. Los incensarios apenas paliaban el espantoso hedor de la congregación. Algunos devotos de las primeras filas se arrastraron de rodillas para besar con el hocico el pliegue de Su túnica. Mansamente se fueron acercando decenas de feligreses que pugnaban por abrirse paso hasta Él. Poco a poco cientos de criaturas asediaban suplicantes a su Hacedor. Él impuso la mano sobre la cabeza de uno de ellos, un remedo atroz de Mickey Mouse, que al contacto de la mano que lo diseñó gruñó y se revolvió mordiéndole como si estuviera rabioso. Roja sangre manó de la herida y excitó la parte animal de los engendros. Un estremecimiento recorrió toda la congregación y se alzó en el templo un rumor salvaje de bramidos. De repente las reverenciantes criaturas se tornaron feroces, se arrojaron sobre su Redentor, lo despedazaron y lo devoraron en una eucaristía bestial y desenfrenada. Así se cumplía la última profecía de la Iglesia de Disney y Sus criaturas fueron redimidas.    
 A TRV"  
Seudónimo: H. Hellpop


11. S/T. De Papasoto


El Mago esperó la oscuridad para efectuar el ritual. Sosteniendo mi espada hacia el fuego, empezó el conjuro, lo observé instantes antes de caer inconsciente.  El  dolor era insoportable, mis labios estaban resecos, el sol caía lentamente sobre mi despojos, traté de levantarme y el mundo giró sobre mí, cayendo de nuevo al suelo, el Mago ya no estaba a mi lado, mi espada clavada en la tierra quedó, todo empezó a oscurecerse y volví a desfallecer. La lluvia devolvió mi alma al cuerpo, observé alrededor, amanecía cuando logré incorporarme, tambaleante busqué mi espada, el Mago desapareció sin dejar rastro, sólo el estigma en el suelo, toqué mis heridas, sorprendentemente estaban casi curadas, siendo profundas y graves, deben haber pasado muchos días, pensé, así que debía apurarme, mi  ejercito debe estar muy lejos y debo llegar con ellos a la batalla contra Zohor. Busqué mi caballo en la espesura del bosque, estaba amarrado cerca del lugar donde acampé estos últimos días, estaba alimentado y listo para partir, el Mago se había encargado de mantenerlo presto para el viaje, monté el majestuoso animal, emprendí el viaje a todo  galope.  Los caminos parecían laberintos, pero mi instinto me guiaba directamente a mi destino, cruzaba ríos, saltaba obstáculos, y en ese afán por llegar a tiempo, estuve cabalgando sin parar durante días, me detuve unas horas para que el  caballo descansara y pudiera continuar. Anochece, estoy cerca del castillo de Amilonht, donde mis hombres combaten las fuerzas del malvado Zohor; un fuerte torbellino me obliga a parar mi galope, entre la turbulencia aparece el Mago, dice que levante mi  espada y la mire. Dime: ¿Qué refleja su metálica hoja? observo la gran espada dorada.  Anciano, la espada refleja para lo que fue hecha, es la guía que abrirá el camino hacia la luz y la esperanza. No se doblegará ante ningún enemigo, si la sostiene un alma íntegra y un corazón justiciero. Un ser impío no podría ni levantarla pues su peso es la medida de su verdad. El anciano levantó lentamente su mano, desapareció tras una lluvia de estrellas. Antes del crepúsculo voy al encuentro de los desencuentros.

Seudónimo: Papasoto

10. ALTA FIDELIDAD. De Arácnido


Se agachó a recoger el pedazo más grande de su corazón destrozado. Curioso, lo miraba como si no fuera algo suyo, como carne barata y medio podrida. Al fondo, una chica lloraba lágrimas de metal, con otro pedazo de corazón en las manos. ¿Se habrían visto alguna vez anteriormente? Algo parecido a un amor de tuercas enmohecidas se abría paso. Sin saber qué hacer, solidarizándose en la amargura, unieron los restos mecánicos con una mirada. Encajaban perfectamente. Un mecanismo de alta fidelidad.

Seudónimo: Arácnido

lunes, 15 de mayo de 2017

9. IMAGINE. De El otro Beatle


Este piano que ves aquí no se parece demasiado al Steinway de pared con el que John Lennon compuso la canción de Imagine en 1971 y que, años después de su muerte, se vendió en una subasta en el Hard Rock Café de Londres por algo más de dos millones de euros. De hecho, para ser una réplica, es una pésima imitación. No. Desde luego que este piano no es el auténtico, pero tienes que conseguir que alguien lo quiera y se lo lleve a su casa por propia voluntad porque está sometido a una maldición.
Por las noches, cuando toda la casa permanece en silencio, comienza a sonar Imagine. Pero más que la canción en sí, el piano repite la composición; las mil y una veces que Lennon la practicó hasta que, por fin, consiguió terminarla. Las que suelen salir bien son las notas del principio: sol, sol, sol, sol, si, si, la. El resto son notas inconexas que, a menudo, acaban de forma abrupta tras un acorde estruendoso.
Solo puedes librarte de la maldición, si consigues que alguien se lo lleve de forma voluntaria. Tarea que, advierto, no es nada fácil. El piano está viejo, desafinado, prácticamente roto por los múltiples maltratos que ha sufrido a lo largo de su baqueteada vida. A los arañazos y al recital de golpes recibidos para que calle, se añade el poco cuidado de los trabajadores de mudanza que lo trasladan de un lugar a otro.
La primera vez que comienza a sonar, es necesario estar solo. Si hay alguien más a tu lado, el piano no suena. Por eso, a veces, ha pasado desapercibido. Parece ideal para casados, pero si uno de los dos abandona el hogar, y deja al otro pasar, aunque sea, una noche solo, el piano empezará a tocar. Siempre las mismas notas. Sol, sol, sol, sol, si, si, la. Y al final, un acorde estruendoso. De nada te servirán ya los tapones, ni marcharte de casa. Una vez que hayas escuchado la canción, te acompañará, a ti y solo a ti, todas las noches, aunque estés rodeado de gente, en una discoteca o embarcado en un ballenero, a mil kilómetros de distancia.

Seudónimo: El otro Beatle

8. EL TORBELLINO. De Longobardo


En los archivos de mi parroquia, se guardaba un antiguo manuscrito con relatos de procesos de brujas. Describía a personas como la vieja Jerónima, viviendo en una choza, junto con un cuervo y dos gatos negros. Un día, Jerónima halló a una chica en el bosque que "caminaba sin dejar huellas, sin siquiera tocar el suelo con los pies". Si Jerónima fuera una mujer piadosa, encerrada en una celda del convento, su visión hubiera sido clasificada como celestial… ¿Pero una mujer desamparada que ve fantasmas, lo que podría esperar? La picota, la tortura, tal vez el fuego...
Estaba estudiando el manuscrito, una noche de invierno, en la sacristía desierta. Me tomó un trago de sueño, sin falta perdí la noción del tiempo. Me encontré solo en la iglesia, en la primera luz de la mañana. Entró una mujer atraendo mi atención. No sé por cual razón la seguí, saliendo a la calle cubierta de nieve. Era una vieja mujer de hacer agradable, su nombre era Teresa, una experta en pociones, sabía hacer caldos y tónicos, había conocido a Jerónima y se ofreció a acompañarme en el campo, hasta el lugar de la aparición. No era fácil caminar en la nieve alta, derretida por el sol y luego endurecida por el frío de la noche. Mis pies estaban mojados y fríos. De repente, un torbellino apareció, asumiendo la forma de una chica etérea, demacrada, fría, cubierta de una larga camisa blanca, un lazo rosado en su pelo largo, pies desnudos fuera de la nieve. Me quedé paralizado por la sorpresa. Cuando me giré, Teresa había desaparecido. El torbellino se desvaneció, la niña diáfana desapareció. Una pequeña cinta de color rosa flotaba en el aire. La agarré. Distante, inalcanzable, veía el bosque de robles y los tejados de la ciudad, con sus torres y campanarios, cubiertos por la nieve.
La mañana, me despertó el sacristán. Yo estaba con la cabeza apoyada en la mesa. Una cinta rosada, húmeda y descolorida, estaba apoyada contra el lado del libro, en el punto que describía la visión de Jerónima.

Seudónimo: Longobardo

sábado, 13 de mayo de 2017

7. ENCUENTRO PELIGROSO. De Ema Lyn


Beatriz no sabía que existían los hombres-lobo, por eso se entregó sin reservas cuando conoció a Martín, un hombre que trabajaba de noche y amaba de día
Él había pasado media vida tratando de equilibrar sus dos mitades, sin embargo no siempre lo había conseguido. Cuando conoció a Bea, no sabía que existían las mujeres-gatos… Ella era discreta y misteriosa.
Se fueron a vivir juntos y cuando pudieron confesarse sus secretos, ya era tarde para arrepentirse.
Cuentan los vecinos que por las noches se escuchaban corridas, rugidos y maullidos, pero de día eran amorosos amantes lastimados.

 Seudónimo: Ema Lyn

6. RECUERDOS DE MI MANO. De Ortiga


Hace bastante que me corté la mano derecha por escribir demasiadas cosas humanas, perplejo de lo que hacía, usando un hacha de utilería que mi padre había traído a casa de una filmación casera de "Ana Bolena". Fue una estupidez, porque la izquierda escribía mejor ya que soy zurdo y era más humana, si cabe, porque me pertenecía originariamente. La cortada era una descerebrada y por eso más emocional. Escribía cosas tristes a la noche, las más tristes. Trató de hacer un catálogo de estrellas vinculándolas con mujeres que conocí en mis viajes y, si no mujeres, al menos seres que tuvieran sexos complementarios al mío (de paso señalo que, originalmente, nací varón, con tanto de pene y barba y esas cosas). Pero la izquierda asumió, desde la ablación ceremonial, el deber de escribir también cosas humanas, demasiado humanas. Y yo, ay de mí, con una mano perdida, no podía, por supuesto, cortarme la otra.
La enfermera Vitalba vino anoche para el masaje reparador en el muñón astillado y varias veces curado por el Dr. Mc Coy, aunque con las heridas que dejó el hacha de la Bolena fuera imposible, como predijo. Por suerte, ella era del sexo adecuado a nuestras mutuas apetencias y yo podía dejar de escribir cada tanto para repasar con ella algunas ceremonias prohibidas en público. Fue la misma noche en la que el capitán Kirk me pidió que me dejara de joder con la mano que me quedaba y la que me faltaba y empezara a calcular, con todos los tiempos y contratiempos transcurridos, qué edad teníamos cada uno de nosotros. Al estilo del emperador que decapitó a los sabios que dijeron que la distancia entre el emperador y el arco iris era mayor que la del emperador al Sol pero que estaba detrás de él, el comandante quiso degollarme con su cuchillo de abrir cartas cuando dije que mi edad era la del abuelo de Shakespeare si continuara vivo y que él habría podido nacer el año en que Colón todavía estaba analizando los vientos africanos. Él mismo quiso cortarme la mano izquierda, pero ella se lo impidió del peor modo. Ahora sí que estamos perdidos.

Seudónimo: Ortiga

5. BLOQUEADO. De La escriba sentada


—Espejito, espejito. ¿Quién es la más hermosa de este reino?: "Acceso denegado".
—Soplaré, soplaré y la casa tiraré: "Acceso denegado".
Lo mismo una y otra vez. Nos habíamos reído al elegir la contraseña de acceso a la cabina, pero no conseguía recordarla, seguramente a causa de la tensión acumulada tras la avería en el sistema principal de propulsión. A la deriva, avanzábamos hacia el sol, con un capitán que, enajenado y encerrado en la cabina de control, me había negado el permiso para intentar una última maniobra de retroceso. Comprendí que no había ya nada que hacer.
—Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Apoyé el arma. El estruendo del tiro en mi sien sepultó el chasquido de la cerradura al desbloquearse.

Seudónimo: La escriba sentada

jueves, 11 de mayo de 2017

4. LOS SIRVIENTES DEL HOMBRE. De Arsivad


Cuando el último ser humano murió entre los restos humeantes y tóxicos de la devastación, ya no hubo quién recordara aquel lejano tiempo en que fueron construidos al amparo de inmensas fábricas de altas chimeneas y entrañas de hierro y concreto; con potentes máquinas de monstruosas dimensiones trabajando día y noche, moldeando, ensamblando y conectando, de modo que en pocos días muchos estuvieron listos, cientos de ellos… miles.
Y nadie recordó aquella luminosa mañana de agosto en que, mientras el sol resplandecía orgulloso en el exterior, en las enmarañadas profundidades de las fábricas los autómatas finalmente despertaron. Sus ojos encendiéndose con una luz interior, los enjutos brazos vibrando y zumbando al moverse, los dedos de nervios de alambre crispándose sobre sus articulaciones engrasadas; la energía fluyendo a través de las venas de cobre revestidas de caucho y los microprocesadores trabajando a velocidades inauditas.
Nadie recordó que los autómatas, hechos por la mano del hombre y modelados a semejanza del hombre, impulsados por una vida sintética, se irguieron zumbando, pitando y resonando con chasquidos eléctricos. Y que, a una señal, todos marcharon fuera de las fábricas en huestes ordenadas, como apacibles ríos de mercurio. Y avanzaron reverberando al sol, fluyendo en un mismo movimiento mecánico, serenos, coordinados, obedientes; deslizándose sobre pies de acero hacia las ciudades humanas. Y allí, en los umbrales de las casas, en los balcones y azoteas, o asomándose de las amplias ventanas de los edificios, la gente aguardando con los rostros expectantes, sonrientes y estremecidos de emoción, como el de un niño que espera impaciente su nuevo juguete; irrumpiendo en exclamaciones al oír el crepitar electrónico en el cálido aire estival y vislumbrar los primeros destellos de plata en la distancia sobre los caminos asfaltados, celebrando la llegada de los nuevos sirvientes del Hombre.

Seudónimo Arsivad

3. OLVIDO. De Molu


—¿Padre?
—¡Hijo mío! ¿Qué te han hecho? Pagaran por esto toda la eternidad.
—¿Por qué cosa, padre?
—Por lo te han hecho. Es horroroso.
—Padre, estoy perfectamente bien. Nada me ha sucedido.
—Las potencias celestiales están indignadas. El oprobio cósmico se transmutará en la naturaleza que sangrará tu sangre hasta el fin de los tiempos.
—Padre, ¿me escuchas? Estoy bien.
—¿Estás en el Gólgota?
—¿En el Gólgota? No, padre. Ese es el lugar al que llevan a los que van a crucificar.
—¿Y tú no estás ahí?
—No, padre. ¿Acaso debería?
—No, no. Igual pagaran...
—Padre, ¿otra vez has olvidado contarme las cosas?
—No lo creo. Aunque no tendría forma de comprobarlo. Si he olvidado algo, no lo recuerdo.
—Olvida lo que quieras, padre… Pero no olvides enviarme el carro de fuego de Elías. No vaya a ser que estos ignorantes se crean la historia del Mesías.
—No lo olvidaré, hijo. Lo juro.

Seudónimo: Molu