jueves, 11 de mayo de 2017

4. LOS SIRVIENTES DEL HOMBRE. De Arsivad


Cuando el último ser humano murió entre los restos humeantes y tóxicos de la devastación, ya no hubo quién recordara aquel lejano tiempo en que fueron construidos al amparo de inmensas fábricas de altas chimeneas y entrañas de hierro y concreto; con potentes máquinas de monstruosas dimensiones trabajando día y noche, moldeando, ensamblando y conectando, de modo que en pocos días muchos estuvieron listos, cientos de ellos… miles.
Y nadie recordó aquella luminosa mañana de agosto en que, mientras el sol resplandecía orgulloso en el exterior, en las enmarañadas profundidades de las fábricas los autómatas finalmente despertaron. Sus ojos encendiéndose con una luz interior, los enjutos brazos vibrando y zumbando al moverse, los dedos de nervios de alambre crispándose sobre sus articulaciones engrasadas; la energía fluyendo a través de las venas de cobre revestidas de caucho y los microprocesadores trabajando a velocidades inauditas.
Nadie recordó que los autómatas, hechos por la mano del hombre y modelados a semejanza del hombre, impulsados por una vida sintética, se irguieron zumbando, pitando y resonando con chasquidos eléctricos. Y que, a una señal, todos marcharon fuera de las fábricas en huestes ordenadas, como apacibles ríos de mercurio. Y avanzaron reverberando al sol, fluyendo en un mismo movimiento mecánico, serenos, coordinados, obedientes; deslizándose sobre pies de acero hacia las ciudades humanas. Y allí, en los umbrales de las casas, en los balcones y azoteas, o asomándose de las amplias ventanas de los edificios, la gente aguardando con los rostros expectantes, sonrientes y estremecidos de emoción, como el de un niño que espera impaciente su nuevo juguete; irrumpiendo en exclamaciones al oír el crepitar electrónico en el cálido aire estival y vislumbrar los primeros destellos de plata en la distancia sobre los caminos asfaltados, celebrando la llegada de los nuevos sirvientes del Hombre.

Seudónimo Arsivad

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