miércoles, 7 de junio de 2017

27. LA NONAGÉSIMA SEMANA. De El Dañino


Noventa millas es la distancia que separa la costa de Cuba de la de Estados Unidos.
A las seis de la mañana se sintió el primer movimiento, que duró dos segundos. Los que sabían de terremotos nos advirtieron que se trataba de otra cosa. Al mediodía se percibió el segundo. A las seis de la tarde el tercero. No eran temblores, sino tirones, encontronazos.
Estábamos atentos a las noticias, pero ningún medio nacional o internacional hizo referencia al asunto. Las conjeturas no proporcionaban evidencias de que la mayor de las islas del Caribe retumbara cada seis horas como si fuerzas extrañas la estuvieran halando o empujando hacia el norte. Las tropas de artillería e infantería del ejército se emplazaron en el litoral. Aumentaron los derrumbes en la parte antigua de la capital, pero el Estado, más carente de alma y sensibilidad que de presupuesto, no alarmó a la población. Varios científicos, de forma extraoficial, nos hicieron saber que se trataba de un insólito desplazamiento de la isla, a una velocidad de una milla por semana. A partir de entonces, ateos y religiosos coincidieron en que se cumpliría, por fuerzas magnéticas o espirituales, el sueño de la mayoría de los habitantes, quienes mantenían una confabulación tácita y esperanzadora: "En noventa semanas llegamos…". Los moradores de los edificios altos informaban:
"Anoche se vieron las luces…", "Hoy los edificios…". Hasta que una límpida mañana de la nonagésima semana, nuestras playas se unieron a las de la inerme península enemiga. Fueron los soldados los primeros en echarse al agua y nadar hasta la otra orilla.

Seudónimo: El Dañino

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