miércoles, 14 de junio de 2017

32. EL ELEGIDO. De Martín Ximénez de Aibar


Sabía que debía dejar de mirar; que lo lógico era girarse y correr. Pero no podía despegar la vista de aquel dedo que, agarrado a la ventana como si tuviera una ventosa, sobresalía del cristal y apuntaba hacia él. Sus pies se deslizaron despacio, pero irremediablemente, hacia la ventana. En un último instante de lucidez, sacudió la cabeza, y trató de pestañear, pero estaba como hipnotizado y el postrero momento de resistencia consciente desapareció. En su cabeza solo existía ya aquel dedo que debía alcanzar como si fuera un premio. Su brazo se movió hacia arriba, lentamente, temblando un poco. Su nuez subió y bajó como si estuviera tragando, aunque en realidad tenía la boca seca. Ni siquiera era ya consciente de que seguía avanzando hacia el apéndice. Su mano se acercó al dedo, tan lentamente que parecía que se movía a cámara lenta. Y, por fin, lo alcanzó. Fue a llevárselo, pero su cuerpo no respondió.
Notó un fuerte tirón y un enorme estallido al que no siguió ruido alguno. Y en el silencio vacilante de la eternidad, se escuchó el sonido inequívoco de una ventosa al ser liberada. El sonido se prolongó durante unos instantes interminables. Hasta que, de pronto, todo regresó a la más absoluta de las afasias. Trató de sonreír, pero su cara, como todo lo demás, estaba paralizada. De súbito, todo se contrajo. Supo que estaba perdido, cuando el mismo sonido de vacío se replicó miles de veces, al tiempo que otros tantos miles de dedos se agarraban a todas las partes de su cuerpo. Mientras se quedaba pegado al cristal y notaba como si algo se lo estuviera tragando, solo tuvo tiempo de gritar una vez. Un alarido corto y ronco, que no le permitió más que coger una última bocanada de aire mientras el cristal se lo tragaba. Como toda oposición, solo logró estirar un poco su brazo derecho. Sintió un insufrible dolor que duró un instante eterno y que se fue tal y como había llegado. Todo se envolvió de nuevo en silencio. Y de su existencia solo quedó un dedo agarrado a un cristal que señalaba de frente, buscando al elegido.

Seudónimo: Martín Ximénez de Aibar

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