miércoles, 19 de julio de 2017

106. REVERSO. De Hijo bastardo


La criatura se levantó sobresaltada. Como ganada  desde el sueño  por una fuerza desconocida y brutal. Una fría premonición le heló la espalda y por un momento sintió miedo de abandonar la cama. Se quedó un rato bajo la colcha húmeda de un sudor al que no estaba acostumbrada. Despacio, para no sobresaltar más  a sus miedos, movió el tejido grueso de su cobertor y enseguida se encontró con las dos manos. Eran un par de apéndices sin gracia. Dos extremidades endebles y pálidas con terminales absurdas y huesudas.  Cerró otra vez los ojos en el intento de que un golpe de magia lo devolviera a su rutina. Pero no funcionó. Aún aterrado por la sospecha de una desgracia, buscó el valor en lo más profundo de sus entrañas y saltó de la cama. Con pasos apenas coherentes logró sostener una postura que lo situara ante el espejo del cuarto. Con la imagen el pavor también se instaló en lo profundo de sus ojos. Su peor pesadilla se hacía realidad. Se había convertido en Gregorio Samsa.     

Seudónimo: Hijo bastardo

105. FENÓMENO. De Genoma


Luego de que una prolongada ola de calor derritiera los glaciares perpetuos de Briksdal, una turba antiquísima quedó al descubierto. Los antropólogos anunciaron el hallazgo de una gran cantidad de restos fósiles humanos esparcidos por los cañones y las vertientes de las montañas.
Después de las primeras pruebas paleogenómicasen el Instituto Max Planck, la comunidad científica se sorprendió al confirmarse la existencia de una nueva especie humana contemporánea con sapiens, neandertales y denisovanos. Esa misma semana los ADNs nucleares de varios cráneos revelaron otras cuatro especies humanas. A partir de entonces la sinfonía de descubrimientos fue creciendo por día a ritmos exponenciales. Incluso pequeños molares y falanges portaban en su interior semillas desconocidas por la ciencia.
Cuando ya se contaban casi medio millar de especies homínidas ordenadas metódicamente en los armarios, tocaron a la puerta.
Apenas abrí entraron en tropel varios policías del departamento de investigaciones criminales de la ciudad.
–Doctor London…–se dirigió a mí el que parecía teniente–. ¡De espaldas contra la pared y con las manos en alto!

Seudónimo: Genoma

104. LUCES EN EL OCASO. De Rambriez


Silencioso el ambiente, al centro el postrado y al lado el practicante en vigilia,  cabecea hasta quedar inconsciente; luces tenues suficientes para distinguir la sombra que acecha, rojos los puntos que encandilan, agudas las garras proyectadas sobre la tela; las miradas se cruzan, cada una sabe su papel, llegó la hora y el aquejado aguarda el zarpazo, la parálisis no permite movimiento,  pero con esfuerzo tenaz, el moribundo pudo cerrar los ojos, aunque no aleja el hedor que marca la aproximación de la muerte.
Vuelve el recuerdo de la aciaga hora cuando se diagnosticó al monstruo que come células.  Allí, al voltear el reloj de arena por última vez, pidió con fervor conmutación de la pena, el espectro acudió a la cita y le cambió esencia por un extraño poder; él ofreció  la vida de otro, a cambio de honor y reconocimiento, pues gris había sido la existencia.  La riqueza sobrevino en inusual concesión, ser amo del tiempo y manejarlo a placer, ser el mejor para revertir el gris que siempre lo acompañó; así ocurrió, por un año fue el más veloz, se cubrió de oro en competencias a pesar del otoño, ganó fama y el mundo lo idolatró, líder con el balón, novio de la madrina y popular varón.  La vida perfecta, dinero, fama y poder, todo lo soñado lo recibió, pero la vendimia estaba por desaparecer.  El horror le partía el sentimiento al ver como el villano arrancaba la piel, comía las entrañas y bebía la sangre; la bestia devoraba al acompañante que resultó ser el primogénito del postrado; no había manera de luchar, la paraplejia lo sorprendió en el último encuentro,  apenas le dejó sin herida los párpados aunque no pudo dejar de ver.
Ingrato momento, el paralizado tranzó el alma del acompañante, quien era normalmente un asalariado o una enfermera de bondad; taimado el maligno que el día preciso dobló la voluntad del hijo que esa noche quiso ocupar el lugar.  El espectro lo sabía, el mueve los hilos, lo arrastró a la compañía; doble victoria del mal, arrancar luz al inocente, mientras sufre el costal, es que no hay manera de ganar en vida  por faltas a la moral.

Seudónimo: Rambriez

martes, 18 de julio de 2017

103. VISITA. De Dew 21


Ya no dejan poner floreros con agua. Es por el dengue, dicen.
De pequeña, solíamos venir con mis hermanas a jugar entre las tumbas.
El olor a flores mustias al entrar al cementerio era parte de un ritual que empezaba con el orgulloso mármol de las capillas de las familias fundadoras del pueblo y terminaba a ras del suelo con blancas cruces.
Buscábamos el muerto más joven, el más viejo, el más feo. Pasando la capilla central nos reconocíamos en las fotos familiares: las mismas cejas pobladas, los ojos penetrantes pero sonrientes.
La muerte entonces era visita de domingo y aroma dulzón.
Deslizo distraídamente los dedos por las lápidas y un ruido extraño me sobresalta. Al darme vuelta veo a una anciana encorvarse sobre la tumba de su esposo.
Pero que tonta soy. No debo inquietarme. Siempre sé cuando han llegado.
Me asomo de puntillas y por encima del muro los veo. Me aliso el pelo y aprieto  mis manos sobre los pliegues del vestidito blanco.
Estoy preparada. Aquí los espero.
Donde mi muerte es sol de invierno.
Seudónimo Dew 21


102. MUERTE CELESTIAL. De Turkesa


La escena del crimen es exquisita y perfectamente propicia para esclarecer el homicidio. La silueta del detective deja entrever un sombrero "sherlockholmesiano" que arranca sonrisas a quienes no lo conocen. Sus sospechas se confirman.
Los tres cuerpos inertes, en el suelo de la habitación, hablan de amor y desamor, de razones y sin razones: dos que se abrazan desnudos sin el mundo a su alrededor. Adulterio. Inesperada llegada. Rápidos pensamientos para una escapatoria. Escasez de tiempo. Crimen. Suicidio.
Debe verse muy rápido porque todo cambia mágicamente. Ahora el sitio se asemeja a un campo desolado, con tres cuerpos inmóviles. Sus sospechas se disipan.
De repente, no queda nada. No se pueden reconstruir los hechos sin escena, sin arma homicida, sin culpables, sin testigos, sin cuerpos. Todo se va transformando con la misma prisa que llevan las nubes en su afán de recrear, en el cielo, lo que ocurre en la tierra.
A lo lejos, comienzan a aparecer las figuras de dos galeones españoles; seguramente cargados de algún tesoro robado en cualquiera de los mares cercanos. Se aprestan para el combate. Nadie puede predecir cuál saldrá victorioso…, si antes no se hunden.
Contemplar las nubes es una maravilla para la imaginación. Siempre fue un juego divertido. Ahora es mi fuente de inspiración y de misterios. Todo lo que quiero mi naturaleza me lo ofrece. Solo hay que saber percibirlo.

Seudónimo: Turkesa

101. PULGARCITA. De Trabalenguas


Me llamaron Pulgarcita porque sus nombres siempre deben hacer referencia a otras cosas. Me criaron en una cáscara de nuez para salvaguardar mis sueños, o los suyos, no lo sé. Me raptaron y me ayudaron a escapar para mostrarme que la libertad siempre se puede negociar. Volé sobre la espalda de una golondrina para darle la espalda a un pasado que nunca me forjé. Amanecí en una flor para sentir el rocío de un papel que me fue predestinado encarnar. Desde entonces vivo bien en el mundo de las pequeñeces. Algunas veces saco a pasear a un perro minúsculo y le tiro fuerte el tallo de una planta, para que corra, corra mucho, corra lejos.

Seudónimo: Trabalenguas

100. UNA CASA JUNTO AL MAR. De Roberto Volandri


Me sacudí los zapatos de arena y señalé una mansión con las paredes ennegrecidas, a pocos metros de la playa. El hombre de la inmobiliaria se puso contra el viento, tratando de encender un cigarrillo.
—El dueño era un viejo marqués sin hijos. Durante una tormenta, una piedra del tamaño de un hombre rodó desde el acantilado y cayó en su jardín. El marqués pasó varias horas bajo la lluvia, desnudo de cintura para arriba, tratando de moverla. Parecía Ahab luchando contra la ballena blanca. Al poco le sobrevinieron unas fiebres y murió.
Dio una profunda calada, echando el humo por la nariz.
—Un sobrino se presentó a reclamar la herencia. Tras franquear la reja de la entrada, notaron la ausencia de la roca. Solo quedaba un pequeño cráter y las flores marchitas de la buganvilla que había crecido alrededor. Sin embargo, al subir al primer piso la hallaron frente a la ventana, sólida y brillante. El sobrino no se dejó impresionar, pidió que pusieran en venta la casa y fijó un precio desorbitado. "No tengo prisa", mintió. Al abandonar el pueblo se salió de la carretera y cayó por el acantilado. Cuando lo encontraron, las gaviotas le habían comido los ojos y la lengua.
El hombre de la inmobiliaria arrojó la colilla y la enterró en la arena.
—Y bien, ¿sigue interesado en la casa del marqués?
Entorné los ojos y me pareció distinguir, en el balcón, una porción de roca negra escrutándome.

 Seudónimo: Roberto Volandri

lunes, 17 de julio de 2017

99. EL JARDÍN. De Olifante


Las margaritas, las petunias, azaleas y rosales, con su maravillosa mezcla de aromas y colores, así como los dos abetos, el cedro, el añoso olivo, la jacaranda, por no hablar  de cuidado césped, daban verdadera gloria verlos. Su jardín era la envidia del vecindario, estaba en boca de todo el mundo. Ella pasaba en aquel lugar horas y horas absorta, trabajando, disfrutando simplemente con ver crecer sus árboles y plantas, quizá los únicos seres vivos a los que tenía aprecio. Sin embargo, cuando le preguntaban cuál era su secreto para tener aquella maravilla, su semblante cambiaba, su gesto se tornaba huraño y la sonrisa desaparecía de su boca. Sabía que corrían algunas habladurías y que la gente, malpensada por naturaleza, podría llegar a sospechar, si no lo hacía ya. Enseguida comenzaba a repasar mentalmente cada uno de sus pasos durante las pasadas jornadas, desde la última vez, hasta que conseguía tranquilizarse. Todo parecía estar bien, no había motivos para perder la calma.
No obstante, pensaba que quizá sería oportuno variar sus costumbres, utilizar otros métodos y no dar más pábulo a los cotilleos, porque al final alguna mente retorcida podría hacer conjeturas, atar cabos y, en suma, llegar al punto de relacionar la noticia de una nueva y misteriosa desaparición de un jovencito, con su costumbre de trabajar con la azada algunas noches en el jardín.

Seudónimo: Olifante

98. A LA BÚSQUEDA DE MARIPOSAS. De Nat Domínguez


Samuel de 10 años, debía hacer un trabajo sobre las mariposas para el colegio y preguntó a su padre:
-Papá ¿podemos ir a ver las mariposas?
-Sí, pero si no las encontramos no quiero que te enfades.
-Vale, voy a coger la cámara de fotos.
Después de dos horas, llegaron al pie del monte, dejaron el coche y subieron por un camino de tierra estrecho y lleno de arboles. Samuel vio una mariposa amarilla con motas negras, la siguió hasta una explanada, donde se abrió una puerta invisible dejando ver un mundo lleno de mariposas parlantes y lleno de flores gigantes. Samuel se escondió detrás de una flor y comenzó a hacer fotos. De repente, una mariposa de color azul le sorprendió y le dijo:
-Hola, no deberías fotografiarnos este es muestro mundo, nunca visto por los hombres y así, debe seguir. Los humanos no respetáis la naturaleza y allí donde vais la destrozáis.
-Es para un trabajo del colegio. Yo no quería…
Samuel fue convertido en mariposa para saber cómo se sentían, cuando eran perseguidas, capturas y finalmente, disecadas. Abrieron la puerta invisible y le dejaron solo. Samuel sobrevoló la zona hasta encontrar a su padre. Su padre al ver una mariposa de color turquesa, intento capturarla y Samuel le gritaba:
-¡Papá, papá!, estoy aquí. ¡Ayúdame!
Samuel se despertó cuando su padre le zarandeo diciéndole:
-Samuel, hemos llegado. ¡Vamos a por las mariposas!
Samuel abrió los ojos y se preguntaba si todo fue un sueño o una advertencia.

Seudónimo: Nat Domínguez

97. EL ESQUELETO. De Montresor


Julián Garbarino despertó y se encontró dentro de la cripta familiar. ¿Cómo llegó ahí? ¿Quién había querido jugarle esa mala chanza?
Sus amigos, seguramente fueron ellos; siempre hacían esas bromas de mal gusto.
Estaba completamente solo.
Encontró una linterna en el suelo. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada por fuera con un enorme candado. Gritó, pero nadie acudió en su auxilio.
La fetidez le revolvió el estómago.
Recorrió la cripta y el horror estalló en un alarido cuando se topó con un esqueleto que se había caído de su ataúd. Aún tenía restos de carne adheridos y las moscas inauguraban su festín.
El joven conjeturó que eran los huesos de un enterrado vivo. El hombre había logrado escaparse del féretro, pero al encontrarse con la cripta cerrada, murió allí, deshidratado.
Su asombro fue aún mayor cuando la luz de su linterna enfocó una inscripción que decía "Julián Garbarino. "12-08-80 – 15-06-98"

Seudónimo: Montresor

96. EL SOL DEL OTOÑO. De Adrian Perez


Es la  tarde de un día de trabajo extraordinario. Me  dirijo a un bar de comidas, bajo el sol del otoño. Cerca del edificio hay un descampado  donde he aparcado el suzuqui. Tengo hambre. Entonces entra un compañero de trabajo, con sus  hijos.  El también tiene hambre. De pronto comprendo que no piensan atendernos en aquel lugar.  Luego mi compañero regaña a su hija, y esta llora desconsoladamente. Yo le digo que cuando regañe a un niño le explique siempre por qué lo hace. Le digo que es lo que yo hacía, cuando vivía mi hija. Luego nos vamos.
Días después voy conduciendo un todoterreno por una carretera de montaña. Oscurece  y hay restos  de nieve. Entonces el coche se  va ladera abajo, hasta que los troncos detienen su caída. Estoy  herido. Se que allí  voy a morir de frió, bajo el sol del otoño. Pero súbitamente  aparecen unas luces, y una mujer anciana entra dentro del coche.  Con agilidad desmentida por sus  muchos años,  llega  al lugar donde me encuentro: el asiento del conductor. Aquella mujer transmite seguridad. Conoce perfectamente el modelo de coche, y sabe lo que hay que hacer para sacarme de allí.
Es la muerte

Seudónimo: Adrian Perez

95. MI PERRA AMARILLA. De Munda


Nació con tres ojos, nadie excepto yo la quiso.  Fuimos muy felices, conversábamos por horas hasta quedarnos dormidas.   Cierto día, me miró con esa cara extraña de querer decirme algo. Se echó en el piso con la cabeza gacha.  Al día siguiente noté que le estaban saliendo alas en el lomo. Ella me miraba y sonreía en silencio.  Al pasar de los días, estas fueron creciendo y tornándose plateadas.
Un domingo muy por la mañana, se acercó a mi cama, me miró y ladró un adiós eterno. Se acercó a la ventana abierta, levantó el hocico, extendió sus inmensas alas y se marchó.
Hoy, es tres puntos amarillos en el infinito.

Seudónimo: Munda

domingo, 16 de julio de 2017

94. NUNCA TOQUES. De Alexander Cross


Dos chicos fueron a ver el museo, sin saber lo que realmente se escondía entre sus cuadros de suaves pinceladas y sus estatuas de buena talla. Estos jóvenes que solo iban al museo para pasar el día, empezaron a tocar las cosas, y como todo el mundo sabe, no se deben tocar las exposiciones de los museos, pues podrías despertarlas.
Separándose para ver mejor las cosas, Mario se acercó a una gran estatua de bronce y se sentó sobre sus hombros. La estatua despertó de su placentero sueño muy irritada. Alzó los brazos, agarró al chico y lo tiró al suelo. Bajó de su pedestal acercándose a Mario. Le sostuvo y lo levantó, abrió la boca de bronce mostrando unos afilados dientes. El pánico inundó al chico, inmóvil observó cómo la estatua lo introducía entre sus filas de dientes. Arrancó su cabeza, masticó y tragó. Despacio fue engullendo todo su cuerpo hasta que desapareció. Regresó a su pedestal cubierta de sangre.
Alfonso paseaba toqueteando los cuadros mitológicos del ala oeste. No vio las grandes cabezas de lagarto que surgieron de uno de los lienzos. Un gruñido le sobresaltó, al darse la vuelta no vio nada. Continuó andando por el pasillo vacío hasta volver a oír el mismo gruñido. Esta vez sí había algo detrás, una gran cabeza de lagarto de color gris violáceo. Alfonso corrió por el pasillo lo más rápido que pudo, pero la cabeza le atrapó. Entonces aparecieron otras dos cabezas más. Empezaron a pelearse por el dulce aperitivo que era el chico, despedazándolo a partes más o menos igual para que las tres cabezas de la Hidra de Lerma quedaras saciadas. Con manchas de sangre chorreando entre sus largos colmillos regresaron al lienzo del que habían salido.
Los chicos desaparecieron para siempre y jamás fueron encontrados, pues ¿quién en su sano juicio sabría verdaderamente dónde buscarlos?
Si tú no quieres acabar como estos dos insensatos, te recomiendo que guardes bien esas manos durante las visitas a los museos.

Seudónimo: Alexander Cross

sábado, 15 de julio de 2017

93. EL ESPEJO. De Nicolás Ferro


No sé cuánto tiempo más me tendrán encerrado en este cuarto. No me atrevo a mirar al cristal desde el que me observan. Debo permanecer callado. ¡No! Tengo que convencerles de que no estoy loco. Tienen  que escucharme; tengo que explicarles…
Pero ¿Explicarles, qué? ¿Que esta mañana, al mirarme en el espejo he visto el rostro de mi mujer reflejado en lugar del mío propio? No a un lado o detrás de mí, sino que mi cara era la suya.
Mi sorpresa   se convierte en inquietud al comprobar que estoy solo en el baño, pero ahí sigue estando ella, su rostro en el espejo, con mis brazos, con mi cuerpo. Corro al dormitorio, ella no está, recuerdo que se marchó de madrugada al trabajo.
 El miedo me viste  más deprisa de lo que yo solo puedo salgo al rellano y llamo frenéticamente al ascensor. El sonido de una campanilla anuncia la llegada del elevador. Un pequeño sonido que consigue traerme cierta alma al comprobar que algo sigue funcionando como ayer, como todos los días.
Abro  la puerta del ascensor y me quedo paralizado al ver la imagen del conserje del edificio reflejado en el espejo y ocupando un lugar que no le corresponde, el de mi rostro.
Bajo corriendo por las escaleras, que se  hacen eternas. Sólo quiero salir de este edificio maldito. Sin embargo, dejo de correr  cuando me miro  en el gran espejo del hall; los rostros que se han mirado en ese espejo anteriormente,  se van  turnando para adueñarse de mi cara a cada paso que doy.
En la calle ya no tengo miedo, sólo me siento abatido. No entiendo nada de lo que ocurre. Me giro hacia un escaparate y pregunto a ese señor que viste mi ropa. El tipo del otro lado del cristal, gesticula como yo, dice lo mismo que yo y se enfada al mismo tiempo que yo.  Pierdo los nervios. Grito,  le amenazo con el puño, el otro me imita. Nos lanzamos el uno sobre el otro y nos estrellamos, al mismo tiempo, duramente contra el cristal. En mi conmoción   escucho a lo lejos las sirenas que me han traído hasta aquí.

Seudónimo: Nicolás Ferro

92. MAI NDOMBE. De Alvaro


Patrice arrugaba su anciano rostro escrutando el camino entre los gigantescos manglares que dormían la angustiosa humedad de la selva. Su oscura leyenda entre la tribu de los nteke se extendía más allá del lago Tanganika, hasta donde llegaban las terribles historias de espantosas muertes que el brujo provocaba a sus víctimas. Con pócimas a base de raíces y hojas que solo él conocía era capaz de despojar del alma al más creyente o de hacer creer al más juicioso que era una bestia de la jungla para luego desaparecer bramando enloquecido en la verde espesura. Durante días se encerraba en su choza de adobe y techo de palma rodeado de cientos de amuletos, objetos sagrados, fetiches con poder sobrenatural para conjurar los males de ojo. Olores a incienso y oleos mágicos, a locura y muerte, animales disecados, calaveras, colgantes de semillas y dientes humanos atiborraban la estancia que nadie se había atrevido a visitar. Los vecinos corrían despavoridos a esconderse al sentir el crujido de las bisagras de su desportillada puerta antes de que su enjuta figura se dejase ver y dejara caer sobre ellos el poder de sus terribles gri-gri. Esa mañana esperaba paciente en la colina hasta que por fin divisó la vieja camioneta descendiendo entre las parcelas de mandioca. Con gesto solemne el brujo agitó hacia el cielo su amuleto de huesos de antílope y plumas de oca invocando todas las fuerzas del mal. Un ejército de furiosas hormigas inundó el interior del vehículo donde su víctima se ahogaba en un repentino olor a náuseas y muerte. El conductor perdió el rumbo para precipitarse a lo largo de la escarpada ladera. Al fondo, las aguas ensangrentadas del rio Kuango devoraron para siempre a la camioneta como habían hecho antes con muchos otros que habían osado desafiar al brujo. Hacía años que a aquel lugar se le conocía como Mai Ndombe, aguas negras. A menudo se veía a Patrice pasear por su orilla antes de que inexplicablemente no se volviese a saber nunca más de alguno de los vecinos de la aldea.

Seudónimo: Alvaro

viernes, 14 de julio de 2017

91. PARTE DE INCIDENCIA. De David Hal


ESPECIE: Homo Sapiens Sapiens.
SEXO: Hembra.
EDAD: 25 años según la medida convencional de tiempo establecida por su civilización.
PESO: 51 kilogramos, tomando como referencia el campo gravitatorio local.
ORIGEN: Planeta denominado Tierra por su especie dominante.
ALIMENTACIÓN: Omnívoro.
HÁBITOS Y COMPORTAMIENTO: Capaz de articular sonidos que indican el uso de un lenguaje estructurado. Gran habilidad en el manejo de instrumentos y gran capacidad expresiva de las emociones.
PARTE DE INCIDENCIA: Desde el óbito del ejemplar macho permanece en un estado de ánimo melancólico, cercano a la anhedonia, lo que ha significado que abandone sus ocupaciones habituales (en particular, las creaciones artísticas producto de su habilidad con el uso de pigmentos y demás instrumental). Pasa las horas del día echada en el camastro; las de la noche, apoyada en la baranda de su hábitat. Ello está afectando a su popularidad, disminuyendo su valor como reclamo entre los visitantes.
VALORACIÓN Y PROPUESTAS: Sería aconsejable adquirir un nuevo ejemplar macho en la Tierra a fin de que su compañía la saque del estado anímico actual. No obstante, si los costes de una nueva visita al sistema solar significaran una importante desviación del presupuesto, proponemos que el ejemplar sea recolocado en un hábitat menos destacado y más pequeño. En su lugar se podría instalar la criatura recién adquirida en Orión, la cual parece encandilar a los visitantes infantiles del zoo.
Firmado:
Responsable de la explotación del parque zoológico de Sirius.

Seudónimo: David Hal

90. FRASQUITO. De Menxu


¿Quieres un poco de sueño? Puedes coger, si quieres, un puñado de ese frasquito azulado; sí, ese que brilla con la luz de las estrellas. Pero ten cuidado, una vez que entras en la dinámica de los sueños, no podrás volver a escapar.
Hace mucho que descubrí el paradero de los sueños, de los vuelos interminables por el infinito azul, de las constelaciones cambiantes y de las sonrisas anhelantes. Aquel mundo en el que puedes hacer lo que quieras, seas quien seas. Sin embargo, hay que tener mucho, mucho cuidado, porque si tan solo se te cae un pedacito de sueño, vagarás para siempre entre pesadillas.
Por pocos es sabida esta dinámica. Solo algunos conocemos lo que es atravesar esa puerta, llena de guirnaldas de todos los colores que se transcurren en lapsos de tiempo cambiantes. Tan solo nosotros, los que no tenemos nombre –o no al menos un nombre que pueda ser concebido por el resto de las personas–, tenemos conciencia de ese universo en el que los sueños ocurren bajo estrellas, bajo lunas, bajo soles, bajo lluvia… Nosotros los dominamos.
Puedes cogerlo. Venga, cógelo. Abre ese frasquito. ¿No es hermoso? Fue creado por entes desconocidos, hace demasiado tiempo como para ser recordados. Si lo abres, no podrás volver a cerrarlo. Y me refiero a tu corazón, a tu mente. Divagarás. Volarás. Nadarás. Acariciarás las nubes y con las yemas de los dedos tocarás el azul infinito.
Merece la pena.
Venga, ábrelo. Sueña, déjate llevar. No es más que otro mundo alejado de la realidad, y sabes que llevas toda tu vida deseando este momento. ¿Por qué tienes miedo, entonces? ¿Vas a echar de menos eso de lo que querías escapar? No, hazme caso: una vez te adentres en el mundo de los sueños, lo único que importará será soñar.

Seudónimo: Menxu

89. LA CRIATURA. De La sirena


El agua está fría y es salada. Todo ante tus ojos es una oscuridad densa y opaca. Sobre tu cabeza la luna se refleja sobre la superficie del mar en calma y alguno de sus rayos más valiente traspasa el agua y roza tu espalda. Pero tú no puedes verlo. Tampoco puedes sentirlo. Todo se ha reducido a esos ojos oscuros como el fondo del océano que te miran. El rostro que tienes delante sonríe y en vez de dientes de madreperla ves colmillos tan brillantes como la luz de la luna por encima de vuestras cabezas. Sus ojos profundos como fosas submarinas no sonríen. En ellos no brilla nada, ni siquiera se refleja el miedo y la emoción que destellan en tus propias pupilas. Tiene sujeta tu cara con dos manos más frías que el agua y uñas más afiladas que su sonrisa. Se inclina hacia ti, y su beso es húmedo, frío, viscoso, sabe a sal. Juega con tu lengua y parece querer arrancarte el alma por la boca. En ese momento despiertas del hechizo y un rosario de burbujas huye hasta la superficie en forma de grito ahogado. Te parece oír a los hombres maldecir y gritar que te has caído del barco. La criatura que ya no te parece tan hermosa sonríe y se te hiela la sangre. Te coge de la muñeca con su garra y comienza a arrastrarte hacia el fondo del mar. Su cola larga, oscura y flexible te roza la cara y las burbujas huyen de tu boca conforme descendéis. Poco a poco los rayos de luna y los gritos de los hombres quedan atrás, y todo se reduce al ardor de tus pulmones, lo mucho que aprieta tu mano la sirena y la oscuridad que comienza a envolverlo todo.

Seudónimo: La sirena

jueves, 13 de julio de 2017

88. LA NOCHE. De Cosme Lunar


El ciego llegó a tientas hasta el borde del río. La luna, inútilmente, iluminaba generosa las formas. La oscuridad perpetua de sus ojos era como una noche densa y honda, preñada de melancolía y resignación. Se inclinó, arrodillado, para mojarse la cara en sus aguas. Desde el reflejo, su propia imagen lo mirada espantada y muda; torcía la boca y tornaba los ojos brillosos de espanto. Gritaba, inaudible, la desesperada persuasión al escape. Le advertía de los cuerpos a la orilla deshaciéndose al vaivén de la corriente, del silencio traicionero del bosque, de los seres etéreos y perversos que lo miraban, acechantes, desde la espesura negra de los árboles.

Seudónimo: Cosme Lunar

87. EL DUELO. De Guiyo


Recibe el sobre. 
 -Ábrelo cuando quieras… pero hoy no…- le dijo ella con lágrimas en los ojos.
Había sido el amor de su vida, compañera de sueños, muleta en días tristes, descorchar de champagne en los felices. Hoy lo dejaba.
La carta rehusó abrirse. O explicaba el amor perdido, o juraba amor… en otros brazos; dos calles al mismo abismo. Necesitado del duelo sentimental, incineró todo recuerdo, menos la misiva. Sosteniendo que cerrada acrecentaba la indiferencia, se atormentó con la intriga por años.
Hoy se anuda la corbata antes de ir a su trabajo. En la televisión pasan el trágico accidente, donde la única víctima es… la autora de la epístola. Sensaciones encontradas. Tristeza por la que fuera alma gemela; paz, por este martirio que encuentra final. Parte con el escrito; cree que ningún contenido tendrá efecto.
Sentado en su puesto, de cajero de Banco, duda, se debate entre utilidad o desperdicio del tiempo en cuestiones del pasado.
Lo emocional siempre pudo más que lo material. De un brío rompe el sellado. Observa con atención. Se sorprende. En el papel ella cuenta una obstinada pesadilla, donde él lee una carta minutos después que ella muere; pero aún más preocupante, él también deja el mundo de los vivos… cuando termina de visualizar las líneas.
Ruidos y gritos. Dos delincuentes armados ingresan a la entidad bancaria.

Seudónimo: Guiyo

86. PANICO EN LA NOCHE. De Ginebra


El hotel parece cómodo, la habitación espaciosa, el baño limpio y la temperatura agradable. La jornada de trabajo ha sido agotadora con reuniones interminables. Deposito la maleta y me tumbo en la cama en busca del merecido descanso.
En algún momento de la noche siento una presencia indefinible, no estoy sola; la puerta está cerrada, ¿por dónde ha entrado?,¿quién es?. Se acerca a mí una sombra, oigo su respiración pausada, no tiene rostro. Sumida en una oscuridad absoluta mi mano intenta activar el interruptor de la luz; imposible lograrlo, se encuentra paralizada al igual que el resto del cuerpo. Quiero gritar, abrir los ojos, pero mis párpados permanecen cerrados como losas. No consigo emitir ni siquiera un débil hilo de voz. El se acerca sigilosamente, ¿qué me va a a hacer?. Me invade una angustia inmensa, el miedo se torna terror. Que alguien me ayude: ¡¡Socorro¡¡¡.Quisiera llorar, no brotan las lágrimas. Huele a algo indescriptible , entre embriagador y repugnante. Reúno toda mi fuerza y energía pero no puedo expresar y actuar, sólo pensar. Impotencia. Indefensión.
Se acerca más. Llega a mi lado. Sólo queda claudicar, rendirme. ¿me va a doler’. He perdido la batalla. Me someto, estoy a su merced. Las defensas se desvanecen. Derrotada, me resigno a morir, triunfa El Otro.
Me incorporo sobresaltada, ha sonado el despertador. Estremecedor silencio. Todo está en su sitio. Una rendija de luz anuncia el amanecer. Respiro aliviada, un temblor incontrolable recorre mi cuerpo. Lentamente recupero el control.
Al franquear la puerta, maleta en mano, recorro con la mirada la estancia y sonrío. Todos mis fantasmas se han confabulado esta noche. Me propongo firmemente no volver nunca más a este céntrico hotel.

Seudónimo: Ginebra

miércoles, 12 de julio de 2017

85. EL ARMA DE CHÉJOV. De Harry Haller


En una habitación desconocida se halla un hombre. La habitación no tiene puertas ni ventanas. En su centro hay una mesa; sobre la mesa hay un revólver. Aturdido, nervioso, el hombre escudriña la estancia en busca de una salida, de una suerte de salvación oculta, sin éxito. Se lamenta. Grita, en un primer momento, pidiendo auxilio; luego, de manera irreflexiva. Se desespera. Llora.
Transcurre un tiempo indefinido. El hombre se calma. Divaga. Juzga su situación imposible; se convence de que todo es un mal sueño. Realiza movimientos erráticos en derredor de la mesa, en silencio, la mirada fija en el revólver. Advierte que el oxígeno se agota. Recuerda el precepto del «arma de Chéjov». (El arma de Chéjov es un principio dramático que determina que cada elemento de la narración debe desempeñar una función expresa y necesaria, o de lo contrario ha de ser eliminado. Su autor lo expresó así: «Si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí.»)
El hombre se complace en su razonamiento. «El revólver es el arma de Chéjov.» Llega a la conclusión de que si lo dispara, despertará. Coge el revólver. Amartilla. Deduce que el disparo debe tener un objetivo: se apunta a la cabeza. Respira. Aprieta el gatillo…
No ocurre nada. El tambor no tiene balas.

Seudónimo: Harry Haller

84. FANTÁSTICA. De Hebe Noemí


La primera vez que la vi creí que era la marihuana o el clonazepan. Si Rafaela Carrá apareciera ahora tendría muchos años o mucho plástico, pero difícilmente las piernas de la Rafaela Carrá que ante mí aparecía ciertas noches. En un body de lentejuelas plateadas. Y la música de Fiesta, como si yo fuera el protagonista de una película de Sandro, una orquesta irrumpe en la calle silenciosa y desierta, una orquesta invisible acompaña mientras ella canta y baila con su corta melena rubia. Canta y baila para mí.
Yo no sueño con Rafaela Carrá pero la encuentro ciertas noches. Quisiera que aparezca en el trabajo y la jornada se volviese una comedia musical, todos bailando sobre los escritorios, a veces en pareja, a veces en grupo, para quemar cualquier indiferencia que la plusvalía y la verticalidad configuran. Quisiera que aparezca en el colectivo, en el subte, para desterrar los celulares, las caras de calor y lejanía. En Corrientes y 9 de julio para que el baile sea la única velocidad y su brillo, la única necesidad. Quisiera ver a la gente bailar, no estoy loco, no alucino, es ella, Rafaela Carrá.
Esta vez quiero hablarle. Bailo como si mi vida dependiese de mis pasos. Me acerco lentamente y le digo que me encanta. La canción ha terminado. Enciende un cigarrillo, dibuja círculos de humo desde una boca profundamente rosa. Gracias por venir, Rafaela, es muy lindo para mí. Me mira con los ojos bien abiertos. ¿Tomamos un café? Nuestras caras están muy cerca. Más cerca. Su lengua es revoltosa. Cada tanto siento sus dientes y gusto a frutilla. Sus pechos parecen inconmensurables igual que su cola. ¿Tomamos un café? Sonríe otra vez y me da la espalda. Camina despacio, entre los autos y los umbrales, los astros y mi soledad. Se transforma en un punto plateado.
Esa fue la última vez que la vi. Rafaela, fantástica, fantástica mi Rafaela.

Seudónimo: Hebe Noemí

83. CABALLERO AL NOMBRE DE DIOS. De Búho azul


El bosque irradiaba un escalofriante aspecto, ya sea porque la luz del sol no podía avanzar hasta esa zona y todo se veía de un color grisáceo o porque las incesantes ramas cubrían en gran parte el camino que llevaba al pueblo más próximo. El suelo estaba cubierto de lodo a causa de las constantes lluvias que caían.
Esa zona casi siempre tenía el mismo aspecto uniforme ya que pocos viajeros se animaban a caminar a través de esos territorios. Sin embargo, había algo que no correspondía a ese sitio. Huellas se abrían paso y junto a ellas se veían unos rojizos charcos de sangre. Ambos creaban una senda que recorrían gran parte del bosque, y al final de esa ruta encontrabas a un caballero apoyado contra un árbol aferrándose con todo su ser a lo último que le quedaba de vida. La sangre emanaba por varias heridas de su cuerpo y cubrían la armadura de rojo, incluso ocultaba esa cruz que llevaba en el pecho de su armadura.
El caballero había matado a paganos en nombre de Dios y le habían prometido el cielo cuando él muriese, pero aun así tenía miedo. La última chispa de vida se le escapaba del cuerpo, y cayo con violencia al suelo. La armadura pesaba demasiado y sabía que ya no iba a levantarse más. Los ojos se cerraban y empezó a ver lo que estaba prohibido para los mortales. Inició como una oscuridad pero, como su líder había prometido, después pudo ver el cielo. Un majestuoso lugar que transmitía serenidad y en él se veía a un hombre, la luz del lugar era tan fuerte que sólo se podía atisbar su silueta.
 El caballero no tuvo que pensar mucho para adivinar que se trataba de su Dios. Una sonrisa invadió el rostro del caballero mientras el hombre se acercaba a él, la sonrisa se volvió en estupefacción cuando pudo ver la cara de su Dios. Se trataba de una imagen cambiante que emulaba los rostros de todas las victimas que el caballero había matado. Después de eso sólo vino oscuridad. 

Seudónimo: Búho azul

82. S/T. De Sinclair


No sentía mi cuerpo, no era yo quien corría. Solo estaba como montado en una cabina situada a la altura de mis ojos, anonadado con lo húmedo y lúgubre del lugar. Miré hacia abajo y mis pies descalzos atropellaban sin sentido los cuerpos regados, que hicieron volcar mi memoria hacia aquellas estrellas eternas del cielo antiguo que fueron arrasadas por el huracán de la renovación. En un momento todo fue borroso, y miré mis manos y miré mis pies y lo miré atrás mío y no miré más. Había perdido un sentido, y el olfato y el oído escalaron unos peldaños para servirme con penosas sensaciones capaces de ahuyentar hasta el alma de un bosque virgen. Escuché tanto que al final solo era su voz tenue, truculenta, que devino luego en agudos gritos iridiscentes; me pedía correr derecho porque maltrataba su colección de cuerpos. Después de eso, un silencio voraz iba carcomiendo mi cuerpo y el sonido de mis pasos. Solo quedaba la guía del olfato y es mentira si te dicen que no hay peor miedo que el de la muerte. El saber que prefieres morir antes de recibir el último y letal golpe del desconocido es una sensación que te aparta  de tus límites humanos, eres puro polvo de vida reunida en el puño del destino y solo esperas un soplido, un milagro. Todo oscuro. Ahora no sentía el aire entrar a mis pulmones, solo fuego que empezaba en algún lugar de mi cara y terminaba en real hediondez. Allí no había más sentido. Era ahora un espíritu desnudo, tal vez.
Parecía llegar un halo amarillo o naranja por allá. Y un grito celestial destapó mis oídos, y unas fresas me atraparon por la nariz, y vi un tronco del árbol más viejo alzado frente a mí. Y pensé que había muerto, que el paraíso me había abierto las puertas. Y el demonio salió de entre las nubes blancas y se cagó de la risa en mi reino mientras miraba directo a mi esperanza colgada en un letrero.
Miré mis manos fijo y parpadeo, parpadeo: en mi lecho, bajo las sábanas empapadas de sudor, y un trono mundano y pasajero que es la vida terrenal.

Seudónimo: Sinclair

81. YO, INMORTAL. De ElyAngelOfDeath


Hola, déjame que me presente, mi nombre es Erzebeth y soy una "presa de la inmortalidad", "bebedora de sangre", "vampira" o como demonios quieras definirme y vengo a relatar mi historia de como llegué a convertirme en quien soy: Nací en la Primavera del año 1.865, en el seno de una familia acomodada de origen húngaro que se afincó en Londres hace años por negocios familiares. Una mañana, cuando yo había cumplido 17 años de edad, mis padres me comprometieron con un muchacho unos años mayor que yo, pero nuestro matrimonio apenas duró pues dos meses después el murió de tuberculosis. Un día de Invierno me desperté con una sensación terrible, la nieve caía con fuerza y Londres estaba impregnado por un hedor insoportable. Una voz en mi cabeza me decía que debía de visitar la tumba de mi fallecido esposo... pero en la intimidad de la noche. Fue un error. La noche era oscura y pestilente e iba acompañada de un frío que te calaba en los huesos. El cementerio estaba completamente oscuro, andé torpemente hasta llegar a la tumba de mi esposo. Una sensación extraña envolvió todo mi ser cuando, de repente, vi a un hombre alto con sombrero de copa que se giró en el momento que oyó mis pisadas. Vi sus brillantes ojos y su sonrisa torcida. El pánico se apoderó de mí a la medida que él se acercaba donde estaba con paso decidido... Rápidamente, me agarró de manera brusca del brazo y me examinó con su penetrante mirada. No podía soltarme... De pronto, sentí el tacto de sus dedos en mi cuello, abrió la boca y pude ver sus colmillos. Era un Vampiro. Comencé a gritar y a patalear con todas mis fuerzas pero ya era demasiado tarde... Hundió sus afilados colmillos en mi cuello sintiéndome morir en el acto, cuando empecé a sentir que en mis labios entreabiertos caía sangre que tragué de inmediato. Mi tez palideció, mis visión aumentó y noté como dos colmillos crecían en mi boca. Me había transformado en un ser tan terrorífico como él... Me convertí en una hija de la noche, en una criatura cautiva del tiempo que solo los seres como yo sabemos apreciar.

Seudónimo: ElyAngelOfDeath

80. CASA. De Mate-O


Una pared se hizo amiga de un techo y juntos se hicieron amigos de un piso. También invitaron a jugar a un pasillo que ya se había hecho amigo de unas cuantas habitaciones, un baño y una escalera. Cuando se aburrieron de jugar solos, invitaron a una cocina, a un living y a otro baño que ya habían hecho buenas migas con una puerta de entrada y varios ventanales. Juntos hicieron una casa.

Seudónimo: Mate-O

lunes, 10 de julio de 2017

79. EL MUERTO. De José Solares


Juan no sabía nada, trató de recordar algo, se esforzó realmente, pero nada venía a su mente, intentaría buscar una respuesta, iría a preguntar… Alguien podría ayudarle. Sin embargo, cuando trató de moverse intuyó que algo grave le había sucedido… No podía. Sus ojos a lo mejor sí se movían porque alcanzaba a ver algo de lo que tenía a los lados, pero no podía cerrarlos y la sequedad se estaba volviendo insoportable. ¿Era de noche? Parecía ser de noche, las sombras lo cubrían todo… O estaba encerrado.
¿Había total silencio o él se había quedado sordo? No podía escuchar ni el viento, ni una voz, ni el insignificante ruido de los insectos que solía escuchar por la noche en su casa. Aquel silencio le hacía sentir hueca la cabeza y la soledad le parecía cada vez más inmensa.  La nariz estaba picándole, o sólo lo estaba imaginando, pero no podía moverla. Empezó a sentirse triste, vacío, incompleto. ¿Qué le faltaba? No lo sabía, Juan no sabía nada. Ya no importaba, porque cada vez se sentía más vacío, más muerto. 
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La niña estaba muy cerca, su madre alcanzó a tomarla del brazo y tirar de ella a tiempo antes de que pateara la sangre pegajosa que rodeaba el cuerpo. - ¡Cuidado, hija, no patees al muerto!

Seudónimo: José Solares

78. ALBUNEA. De Ulises


-¡Corre, no pares, corre! –Se decía Hugo, mientras, perseguido por la manada de lobos grises y famélicos de ojos glaucos, atravesaba aquel valle iluminado por los tres soles de la constelación de Centauro. Hugo era un elfo cósmico, un ser mágico, pequeño, ágil y rápido, al que Zeus había encomendado la guarda y custodia del Huevo Sagrado: un huevo de fina porcelana de color cerúleo que albergaba el embrión de la ninfa náyade Albunea. Los lobos casi dieron alcance a Hugo, quien, de forma casi milagrosa, logró alcanzar el refugio que le proporcionó el tronco de un árbol, gracias a lo cual pudo acceder al manantial de Tívoli. Era vital que el Huevo Sagrado tuviera contacto con el agua sulfúrea de ese manantial para el óptimo desarrollo del embrión de Albunea, llamada a ser la próxima reina ninfa que pusiera fin al caos que sometía a aquella constelación. Licaón, el cruel rey de Arcadia, había sembrado el terror en la federación de constelaciones, asesinando y destruyendo de manera despiadada a todo ser vivo que se ponía por delante, y amenazó con apropiarse del Huevo Sagrado para eliminar a la futura reina ninfa, del que Oráculo predijo que sería la salvación de las constelaciones vecinas, ya que, según auguraba, tras esposarse con Zeus, daría muerte a aquél y a su manada de lobos. Hugo bajó por la rampa natural que formaba el tronco del gran abedul y aproximó el Huevo Sagrado a la orilla. En aquel lugar, frondoso y húmedo, el embrión comenzó a iluminarse y el cascarón, empujado por la presión interior, se resquebrajó de modo lento y definitivo: Albunea emergió desde la orilla, creciendo e incrementando su tamaño a medida que se desprendía de la cápsula protectora. Por fin, la reina ninfa había nacido. Sin embargo, débil aún por la energía desatada en aquel acontecimiento y sin poder recibir el auxilio del joven elfo, fue presa fácil de uno de los terroríficos lobos de Licaón que la acechaba y, atrapándola entre sus fauces, la trasladó al galope hasta la constelación de Lupus.

Seudónimo: Ulises

77. LOS INTRUSOS. De Sombra


No quiero cerrar los ojos, pero los párpados me pesan mil toneladas. Me escuece hasta el último milímetro cuadrado de cada esclerótica y sé que las tendré inyectadas en sangre, igual que las de Christopher Lee cuando se convertía en Drácula. Pero no puedo cerrarlos. No debo.
Lucho contra las cincuenta horas sin dormir que acumulo, aunque sé que es una batalla perdida de antemano. ¿Cuánto más puedo soportar? ¿Otras diez horas? ¿Quizás veinte? Pronto comenzarán las alucinaciones y, entonces, estaré perdido. Ya no distinguiré entre lo que es real y lo que es imaginario. Y no podré seguir manteniendo a raya a esos cinco seres que me acechan, al final del oscuro pasillo que comunica mi habitación con la sala de estar. Seres extraños, de unos dos metros, delgadísimos, por lo que alcanzo a vislumbrar en la penumbra del tercer anochecer de mi sitio. No les veo los ojos desde aquí, pero sí sus enormes bocas erizadas de dientes, que lanzan destellos en las sombras. Creo que me queda poco tiempo.

Seudónimo: Sombra

domingo, 9 de julio de 2017

76. LADRONES DE MENTES. De Sísifo


Desliza el cuchillo, cortando el cuello de Calio IV, mientras recuerda que hace veinte años aún se sentía humana. Ahora es qualle, bailarina, prostituta, esclava y hoy, en el día en el que los siervos se alzan provocando la caída del Imperio balaur, asesina.
                                                                            ***
"Nave colonial Orestes. EL FUTURO DE LA RAZA HUMANA. Las luces se apagan y se encienden. Sirenas. ATENCIÓN, LA NAVE ENTRA EN MODO HIBERNACIÓN. Despertar en otro cuerpo, voces de serpiente, burlas: El capitán os vendió mientras dormíais. Traficó con vuestras mentes. Grandes lagartos bípedos. BALAURAS".
—¡Bienvenida a Kaloss, capital del Imperio balaur! —la voz del chambelán, rasposa, siseante, la saca de su ensimismamiento.
Todavía le cuesta caminar en su nuevo cuerpo de qualle, criatura anfibia similar a una enorme medusa azulada. Pertenece a la corte imperial, es una "Danzarina de los Mares", un mero entretenimiento. En la cara, un tatuaje la señala con el nombre de su dueño.
A su alrededor, edificios de cúpulas irisadas se recortan contra un cielo azul intenso. Las calles rebosan vida con el trasiego de seres "mixtos" como ella: simios de verde pelaje encargados del transporte, ninfas aladas repartiendo correo, gigantes microcéfalos responsables de la limpieza... Todo un festival de bullicio y color.
—El emperador Calio III ama lo humano —continúa el chambelán, soberbio, como todos los balauras— pero aborrece vuestras formas aburridas y simples. Por eso transferimos las mentes a nuevos cuerpos, mucho más interesantes a nivel morfológico.
—¿También ellos son humanos? ¿Cómo es posible? ¿Cómo lo permite la Federación?
—A la Federación le conviene, económicamente, hacer la vista gorda. Nadie os busca. Todos los "mixtos" que ves son humanos transferidos —el chambelán sonríe confiado—. Ellos, al igual que tú, han elegido lo más sabio, trabajar por la grandeza del Imperio.

"Es lo más sensato", piensa ella tragándose la rabia. "Solo debo aguardar mi momento".

Seudónimo: Sísifo 

75. FE DE HECHOS. De El místico vendedor de papas fritas


Detesto este país. Para ser objetivo, esta ciudad; para ser claro, esta colonia; para ser conciso, esta calle; para ser exacto, este cementerio.          
   Expongo los motivos:
   En detrimento a mi prestigio de profanador de tumbas ostentosas, fui sepultado, por una negligencia burocrática administrativa de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en la zona reservada a criminales sin alcurnia y políticos rapaces, en lugar de los floridos céspedes designados a los hombres ilustres.
   Como agravio adicional manifiesto la humillación de haber sido exhumado clandestinamente por un ruin cava huecos, un vulgar abre féretros inescrupuloso, quien, creyendo literalmente los comentarios elogiosos expresados por familiares y amigos hacia mi persona, durante el velorio, me vino a escalpar los hilos de plata, a extirpar el corazón de oro y el alma de niño, a cercenar la mano santa, a succionar la sangre azul y la flema inglesa.
   Declarado lo anterior, solicito a usted,  notario público, aún bonachón y gozante de saludable entereza, rectifique mi status asentando este lamentable exabrupto en mi acta post mortem.
   Proceda inmediatamente, por favor, antes que la inminente putrefacción infeste su rechoncho cuerpo.  

Seudónimo: El místico vendedor de papas fritas

74. LA RUBIA DE KENNEDY. De Jorge Santhos


Si vas por Avenida Kennedy y ves una rubia de abrigo de piel blanco haciendo dedo, no la lleves. De lo contrario, la señorita se pondrá a gritar y llorar antes de desaparecer fantasmagóricamente de tu auto. Este caso explotó y se hizo popular en 1979 con decenas de denuncias en la comisaría de Las Tranqueras. Un año antes, una chica había muerto tras una cena con su pareja,  en un accidente automovilístico en dicho sector, en las esquinas de Avenida Kennedy y Gerónimo de Alderete ¿Coincidencia o no?. El diario "La Segunda" afirmó que un familiar de la víctima, había llamado para ratificar el hecho: La mujer era Marta Infante que trabajaba en la Corporación de la Madera, y murió el 8 de agosto de 1978.
Una de las versiones de la leyenda de "La Rubia de Kennedy", del folclor chileno urbano contemporáneo.
Corría 1979 en Santiago de Chile, y Verónica, novia errante y bruja se aparecía y desaparecía por las esquinas de Kennedy, entre Américo Vespucio y  Gerónimo de Alderete. De ahí los diarios la apodaron "La rubia de Kennedy". Por las esquinas de la avenida Kennedy, entre Américo Vespucio y  Gerónimo de Alderete. Francisco se encontró con Verónica, y se enamoró de ella, pero le contó que su padre le quitaba sus novias, entonces Verónica no fue a la cita, y de esta forma, se ve a un conductor errante que maneja un Chevrolet Opala rojo buscando a una joven alemana.

 Seudónimo: Jorge Santhos

73. EL VALLE DEL EMBOLSADO. De Chamánico


En el Perú, más cerca del cielo que de la tierra, existe un valle acurrucado en la serranía: el Valle del Embolsado. No figura en los mapas y su acceso es tortuoso. Allí llegamos por azar con las últimas luces de un rojo atardecer. Tres éramos los de la partida. Tres jóvenes más imprudentes que valerosos. Nos habíamos propuesto conocer los restos dislocados del antiguo mundo incaico a través de rutas no frecuentadas. Pero tras cuatro días de vagar perdidos y famélicos por la montaña, dar con aquel grupo de viviendas miserables fue para nosotros como avistar un espléndido reino de El Dorado.
En el valle se nos recibió con entusiasmo. De hecho, había mucho jaleo, pues se celebraba "La Fiesta del Embolsado". No hicimos indagaciones al respecto. Nuestra única prioridad era conseguir alimento y techo. Y así fue que, luego de concertar un precio razonable, nos dimos a comer, beber y mascar coca a capricho. Tanto que, momentos después, estábamos demasiado locos como para lograr pegar un ojo. Los voceríos de los festejos, por contraparte, eran ensordecedores. A pedido nuestro, fuimos guiados hasta el epicentro de la celebración. ¡Extraño divertimento! Se trataba de dar puntapiés a un costal de peso considerable. No obstante, las patadas eran tan surtidas que había gran revoleo. Repartimos puntapiés como el que más, hasta quitarnos toda la locura de la bebida, de la yerba y las angustias de los últimos días. Cuando todos quedaron exhaustos, el que parecía liderar los festejos tomó la bolsa en sus manos, y, luego de desatar las cuerdas que la anudaban, arrojó sobre tierra el contenido.
Ahora bien, cada mes, mediante sorteo, se escogía a un miembro de la aldea al objeto de servir de entretenimiento en la Fiesta del Embolsado. Se lo metía vivo en un saco y allí comenzaba la brutal celebración. Esto es, que lo que aquella noche vimos verterse ante nuestros ojos horripilados, bajo un cerco de antorchas y el estruendo de mil aclamaciones y aplausos, fue la papilla formada por la carne, los huesos y demás despojos del infeliz embolsado al que acabábamos de moler a puntapiés.

Seudónimo: Chamánico

72. HIPERCONSCIENCIA. De Birdy 333


Siempre quise destacar de entre todos los humanos: ser el más fuerte, guapo e inteligente de todo el Planeta. Aunque mis genes no me lo permitieran en un principio, la hipertecnología avanzada sí. Fui el primero, y el único, en experimentarla en sus propias carnes. Después de decenas de intervenciones nanoquirúrgicas y de ciberimplantología cortical, me había convertido en un superhombre, muy superior a todos los demás habitantes de la Tierra. Mi nivel de consciencia aumentó extraordinariamente, hasta un valor casi tres veces superior a la media humana. La ciencia actual clasifica a los organismos, según su grado de Consciencia (u.C.), en la siguiente escala ascendente: organismos unicelulares (1-5 u.C.); algas, hongos, invertebrados simples, plantas (20-80 u.C.); insectos sociales, crustáceos, pulpos y calamares (120-300 u.C.); animales vertebrados no humanos (200-900 u.C.) y humanos (1200 u.C.). ¡Y yo había alcanzado las 2900 u.C.! Aunque muy satisfecho con los resultados, mi comprensión renovada de la "Realidad" me abrumaba. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo que ahora me parece tan evidente? ¿Cómo hacérsela comprender a los demás? Pronto empecé a sentirme solo e incomprendido en este mundo. Con el paso del tiempo, la estancia en la Tierra se me hizo insoportable, hasta que el 12 de noviembre de 2419 la fortuna me sonrió. Una nave alienígena, procedente de Alfa Centauri Bb, aterrizó con el propósito de establecer lazos interplanetarios. Gracias a mi "Don", fui el único ser humano capaz de comunicarse con ellos, seres con un grado de consciencia por encima de las 5000 u.C., que en seguida comprendieron la inutilidad de intentar entablar relaciones con las sociedades humanas actuales. Antes de irse, me invitaron a subir a su nave ¿Y qué hice yo...? Que os voy a decir, ¡Me encanta la doble puesta de sol en Alfa Centauri Bb!
Seudónimo: Birdy 333


viernes, 7 de julio de 2017

71. YES, BABY! De Yes, Baby!


Observaba el hipnótico giro de la pizza en el interior del microondas cuando el espacio sobre aquélla empezó a titilar bruscamente.
Desbordó la nada una grieta vertical e incandescente, una vagina cuyos labios carnosos, deseo rotundo, latían en la abrasadora atmósfera: sendas garras, diminutas y rojas como la sangre, la dilataron hasta permitir la salida, el orgasmo de una diablesa, súcubo viejo y horrendo, en la cama burbujeante de queso fundido. Eyaculada con un tridente, castigo y premio, dolor y placer, aquélla suspiró. Lasciva, trémula…
Reparó en el observador, tras el cristal. En el voyeur de peep show doméstico. Le sacó la lengua, insinuante. Hincó el pincho a modo de barra fija y rotó con el plato luciendo, girando, «¡Yes, baby!», su contrahecha, su repelente figura.
Empezó a revolcarse sobre la pizza, bullente colcha redonda, embadurnándose, inmunda, con cuajarones lácteos, «¡Aaaah…!», lujuriosa stripper hundida en el lodo.
El hombre salió de su estupefacta parálisis y arrancó el cable que conectaba la máquina a la red eléctrica: la luz interior y el zumbido, el movimiento, cesaron.
«¡Esto no puede ser verdad!», supuso, incrédulo. «No puedo haber visto lo que he visto». Intentó serenarse. Inspiró hondo y conectó de nuevo el aparato.
La masa y sus ingredientes volvieron a girar y a calentarse bajo el foco interior. En perfecto estado, ajenos a los destrozos producidos por el… ¿espejismo?
Sonó el timbre. El hombre abrió, suspicaz, la puerta acristalada sin descubrir nada extraño. Suspiró dispuesto a disfrutar la humeante delicia. La cortó, se introdujo una porción en la boca y… «¡¡Ay!!».
Para su asombro, extrajo un diminuto tridente, objeto sólido e incuestionable.
Se giró, aterrado: la puerta del microondas volvía a estar abierta.

 Seudónimo: Yes, Baby!

70. TRABAJO EN EL CAMPO. De Pantry of reading


Ya estaba empezando a chispear de nuevo, menos mal que se había traído las botas viejas, su mujer le mataría si llega a casa con las botas nuevas llenas de barro otra vez. Se había olvidado la chaqueta, así que no se iba a librar de la bronca por empapar el jersey.
Llegó a su destino, y tiró del freno de mano. Hoy sí que le daba pereza llevar a cabo su trabajo y encima solo, dado que sus compañeros estaban de baja: a uno le había dado un tirón descargando bultos del coche y al otro le habían dado un balazo en un pie.
Se bajo del coche, abrió el maletero y cogio la pala. Encontró un buen lugar para cavar el hoyo, estaba rodeado por un grupo de árboles con lo cual estaba poco a la vista, el único problema es que con la lluvia el lugar se había encharcado y todo seria un poco más complicado. Mientras cavaba no paraba de pensar en que habría hecho su mujer para cenar, le apetecía un puré bien calentito, para remediar el frío que se había calado en sus huesos. Se acordó de que ese dia por la mañana su hijo había tenido examen de mates, a saber como le habría ido, no se le daban precisamente bien.
Cuando acabó de excavar el hoyo regreso al coche y lo cargó en sus brazos. Lo llevó hasta el lugar que acababa de preparar y lo tiró violentamente al agujero. Volvió a empuñar la pala y realizó el proceso inverso depositando la tierra donde antes la había quitado.
Al terminar el trabajo se examinó de arriba a abajo antes de subir al coche, lo iba a poner todo perdido de barro. Tenía que haber llevado ropa para cambiarse, su mujer se lo había advertido numerosas veces. En fin, se subió al coche y arrancó en dirección a su hogar. Se preguntó si su jefe le pagaría más por cargarse a aquel tío dado que se suponía que era una persona importante y ademas habia demostrado una resistencia casi sobrehumana a ser asesinado.

Seudónimo: Pantry of reading