viernes, 7 de julio de 2017

68. SANGRE. De Aldai


Cuando todo estaba dispuesto para la esperada diálisis, el paciente, despierto de golpe, quiso coger, como quien roba agua en un oasis, los frascos de sangre nueva sobre el aparador de cristal con esquinas plateadas que estaba junto a la cama. También cayeron éstos al suelo. Y tras el ruido y el líquido derramado se fue el paciente que, a cuatro patas, comenzó a lamer el suelo con salvaje avidez. Quisieron retirarle de tan grotesca postura y se revolvió peor que una leona preñada. Cristales y sangre dibujaban unos patrones repulsivos en el suelo del quirófano.
-¡Una camisa de fuerza! - gimió no se sabe quién.
Mientras, el paciente lamía y lamía. Cuando, como un perro sediento dejó limpio el suelo para volver la mirada a los que le rodeaban. Y cuando todos gritaban esperando lo peor, cayó desvanecido.
Varios días después (cuatro, cinco ¿quién podría contarlos?) pasó y repasó la sangre nueva las arterias y las venas del paciente que dormía profundamente. La boca era casi un pico de águila sometido al tormento de un ácido como proveniente de la retorta de una bruja. Las manos, los dedos, quedaron sobrecogidos y amenazantes, como en espera de no se sabe qué repentina reacción.
-Se repondrá- aseguró el doctor tras tomar su pulso y observar la pupila de sus ojos. Iba ya a pasar al siguiente enfermo cuando el paciente de las mil sangres reventó en una carcajada seca y metálica. Hubo entonces un gran silencio. Casi doloroso.

Seudónimo: Aldai

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