viernes, 7 de julio de 2017

71. YES, BABY! De Yes, Baby!


Observaba el hipnótico giro de la pizza en el interior del microondas cuando el espacio sobre aquélla empezó a titilar bruscamente.
Desbordó la nada una grieta vertical e incandescente, una vagina cuyos labios carnosos, deseo rotundo, latían en la abrasadora atmósfera: sendas garras, diminutas y rojas como la sangre, la dilataron hasta permitir la salida, el orgasmo de una diablesa, súcubo viejo y horrendo, en la cama burbujeante de queso fundido. Eyaculada con un tridente, castigo y premio, dolor y placer, aquélla suspiró. Lasciva, trémula…
Reparó en el observador, tras el cristal. En el voyeur de peep show doméstico. Le sacó la lengua, insinuante. Hincó el pincho a modo de barra fija y rotó con el plato luciendo, girando, «¡Yes, baby!», su contrahecha, su repelente figura.
Empezó a revolcarse sobre la pizza, bullente colcha redonda, embadurnándose, inmunda, con cuajarones lácteos, «¡Aaaah…!», lujuriosa stripper hundida en el lodo.
El hombre salió de su estupefacta parálisis y arrancó el cable que conectaba la máquina a la red eléctrica: la luz interior y el zumbido, el movimiento, cesaron.
«¡Esto no puede ser verdad!», supuso, incrédulo. «No puedo haber visto lo que he visto». Intentó serenarse. Inspiró hondo y conectó de nuevo el aparato.
La masa y sus ingredientes volvieron a girar y a calentarse bajo el foco interior. En perfecto estado, ajenos a los destrozos producidos por el… ¿espejismo?
Sonó el timbre. El hombre abrió, suspicaz, la puerta acristalada sin descubrir nada extraño. Suspiró dispuesto a disfrutar la humeante delicia. La cortó, se introdujo una porción en la boca y… «¡¡Ay!!».
Para su asombro, extrajo un diminuto tridente, objeto sólido e incuestionable.
Se giró, aterrado: la puerta del microondas volvía a estar abierta.

 Seudónimo: Yes, Baby!

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